Cumpleaños

Francisco Segovia

Hoy cumple 90 años y es una feliz tatarabuela. Porque nueve decenios dan para mucho, piensa la mujer. Sobre todo cuando se ha vivido donde y como se ha vivido.

Sus primeros recuerdos son de la pequeña plaza del pueblo. Uno de esos municipios pequeños y acogedores cercanos a la capital. Tan cerca y, a la vez, tan lejos de la gran urbe. Después, entre vacíos de memoria, está el viaje a la gran ciudad, donde con poco menos de dieciocho años comenzó a trabajar de maestra, tras acabar el Magisterio.

Allí conoció a su esposo, Carlos, ya fallecido, y allí vivió los primeros días del Alzamiento y la guerra civil que asoló al país. En la vorágine y el caos que sobrevinieron tuvieron tiempo de amarse y tener un hijo que les ha dado varios nietos. La guerra, se dice, no paraliza la vida, ni embrutece los sentimientos, aunque sí es cierto que los vuelve más ligeros, como si estuviesen cogidos por pinzas y a punto de irse en un movimiento brusco del viento de la historia.

Sonríe a su tataranieto, al que acuna en esos momentos en sus brazos. La criatura tiene dos añitos y se parece mucho a su difunto esposo. ¡Ay, el bueno de Carlos! Él estuvo dos veces en prisión; la primera nada más terminar la contienda, después de ser condenado por haber luchado contra los vencedores; la segunda, pocos años antes de la muerte del dictador, cuando ambos militaban dentro del Partido y él fue detenido una noche tormentosa, víctima del chivatazo de un topo. A ella no la condenaron porque ninguno de sus compañeros la denunció. Aún se siente culpable por no haber compartido con ellos la cárcel, pero siempre tuvo el apoyo de su esposo, que le decía que ella debía hacerse cargo de la casa. ¡Ay, el bueno de Carlos!

Noventa años da para mucho, sí, piensa Candela. Dan para ver como las esperanzas de volver a una democracia desaparecieron de golpe con los acuerdos entre la dictadura y el presidente Eisenhower; y como solo volvieron, muchos años después, con la muerte del dictador y el regreso de los exiliados. Recuerda la alegría que sintió, compartida con su esposo y sus hijos y nietos, cuando los presos políticos salieron de las cárceles

Su tercer hijo, Carlos, se le acerca y la besa con cariño. El mismo que estuvo muchos años trabajando en Suiza. Uno más de millones de emigrantes. ¿Cómo tenemos tan poca memoria? se pregunta, y rememora imágenes de inmigrantes en pateras que ahora viajan hacia aquí para buscarse la vida. En el país helvético Carlos se casó con una suiza y tuvieron un nieto precioso que ahora, ya hombre maduro, la mira y le dice cosas simpáticas con ese acento de la Suiza alemana que tanta gracia le ha hecho siempre.

Se siente feliz rodeada de todos sus familiares. A pesar de los años, que son muchos, no se siente pesarosa, ni triste. Al contrario; está alegre por haber sobrevivido a tantas penurias que la acometieron, y de no haber perdido esa fuerza de carácter que la hizo criar en soledad a sus hijos y salir adelante, con sus ideas y sus economías, en un país del que tantas cosas quería cambiar.

Aquí los tiene a todos y todas, rodeándola, amándola, a pesar de sus noventa años de edad. Cada uno es como es, con sus defectos y sus virtudes, reflexiona la anciana, pero son los suyos, los que la heredarán en sus convicciones y en sus luchas. Son la viva herencia de aquella pareja de jóvenes enamorados que, allá por los años treinta, contrajo matrimonio y vivió en un país destruido por la guerra y vaciado de emigrantes.

Sonríe, sabedora que el futuro es prometedor si se sabe administrar bien, y si no se pierde la esperanza.

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