Mi planeta de chocolate: “Cuando duermen las olas”

Manuel Cortés Blanco

Mexique

La vida es un baile de sueños, y el que no sueña está muerto.

Puerto de Burdeos, en el país de los franceses. La tierra donde el vino se doctora, allá donde la uva se convierte en una forma de vivir. Armónico, redondo, grácil, equilibrado. Adjetivos para esa cata de una añada excepcional.

Miércoles, 26 de mayo de 1937, año del buey en el calendario chino. No hay frase del día. El buque Mexique, perteneciente a la Compañía Trasatlántica Francesa con línea regular entre México y Europa, se prepara para realizar su viaje más famoso. Aquel por el que pasará a los anales de la historia, a las voces de una enciclopedia. Ese por el que dejará de ser una estadística.

Para ello no precisa chocar con un iceberg, resistir un abordaje bucanero o dar la vuelta al mundo sin escalas. Tan solo algo tan sencillo, tan complejo, como hacerse a la mar con 455 niños a bordo, 162 mujeres y 293 varones de entre cuatro y diecisiete años, rumbo al nuevo continente.

Según la versión oficial, esa que luego sale en los diarios, la mayoría son huérfanos de guerra o hijos de combatientes republicanos en España. Atendiendo a la ficha de los interesados, hay muchas más mayorías. En cualquier caso, todos pioneros del exilio.

Les acompaña un grupo de funcionarios españoles, en calidad de tutores. Maestros, cuidadores, personal sanitario… y un montón de profesiones auxiliares hasta hacer una treintena de adultos. Consolar al triste y enseñar al que no sabe. En ese principio descansa su doctrina.

Amparados por el presidente del gobierno mexicano y su esposa, junto a una marabunta de altos funcionarios, el Comité Mexicano de Ayuda a los Niños del Pueblo Español organiza el evento. Su embajador en Madrid realiza las gestiones diplomáticas. El gobierno español delega en los ministerios de Sanidad y Asistencia Social, y de Educación. El consenso ha sido total. Hablando de lo que hablamos, no podía ser de otra manera.

 Serán quinientos niños huérfanos españoles los que lleguen al país… El gobierno mexicano se hará cargo de ellos y atenderá a su subsistencia y educación.

 Ambos ministerios reclutan a los pequeños mediante anuncios, invitando a sus padres a que los pongan a salvo. La prensa y la radio animan a su enrolamiento. En esta guerra absurda no hay lugar para los desvalidos. México es nación amiga, y allí estarán bien. Eso sí, en cuanto ganemos en esa primavera prometida, retornarán.

A pesar de la elocuencia de los titulares, no alcanzan el número previsto. Faltan cincuenta, si bien parecen suficientes. Tampoco se inscriben tantos huérfanos, y muchos son hijos de familias en retaguardia. Ni siquiera se han cubierto algunas de las regiones más castigadas por el conflicto, pero eso es lo de menos. La verdad radica en lo que digan los medios, en el mensaje que cala en la ciudadanía, en esa foto a pie de puerto clamando justicia.

Uno de los chavales no puede subir al barco pues padece una infección. Si no fuera porque es escarlatina le echarían la culpa a un virus. Ha de quedarse en Burdeos, bajo la tutela del cónsul mexicano. Definitivamente, hay dos clases de médicos: los que dan mucha importancia a todo y los que no le dan ninguna.

El resto comparte dictamen: útil y apto.

Al margen de acuerdos y fricciones con Ladilline (ese antiparasitario que se publicita con el célebre No pasarán), las historias se agolpan en la bodega de aquel vapor. Cada maleta describe un sacrificio sin que nadie juzgue a nadie. Dentro del fardo de todo emigrante queda un hueco para la frustración. En sus pueblos hay trincheras, allá donde van hay pan. Cualquier padre lo entendería. Además, la correspondencia está garantizada y en cuanto sea posible regresarán.

El pequeño Saturnino del Campo Rey figura en la lista de embarque. Al nombrarlo, Benito le suplanta. De nuevo sumido en el anonimato: nadie comprueba sus credenciales. Aspira a guardar ese secreto hasta el último día. Y allí, nada más pisar cubierta, reconoce a dos chiquillos con quienes compartió infancia en el monasterio.

-¡Benito! –le aclaman a dúo.

-¡Simón… qué alegría!, ¡Nicesio… qué casualidad!

La tripulación contempla tanto abrazo, mas ninguno advierte el desarreglo. Los funcionarios se entretienen ordenando su equipaje.

No querer ver es peor que no ver.

Después de los recuentos, discursos e himnos, el capitán alza su voz.

-¡Abadernar la trinca!, ¡enjarciar los aparejos!, ¡desvirar al cabestrante!

Para ser un buen marino hay que tener diccionario.

Sube el ancla, suena algún silbato. Un bosquejo de sol da la salida. Aprovechemos el impulso del enemigo. Detrás de las nubes, América nos espera.

La felicidad subyace en la búsqueda, no en los logros.

-¡Rompan filas!

El tiempo no piensa esperar.

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