Tú, el inmortal

Francisco Segovia

Hombre

Ibn Mohamed fue el primer hombre que nació inmortal. Aunque esto solo lo descubrieron los científicos, cuando lo estudiaron una vez cumplió los ciento treinta años: para entonces aún mantenía el vigor y la apariencia de un hombre de cuarenta. La comunidad científica quería saber qué extraño mecanismo biológico hacía posible tal longevidad… y descubrió que las células de Ibn Mohamed se regeneraban continuamente, incluidas las neuronas cerebrales. Era, sin lugar a duda alguna, un hombre inmortal.

Se intentó ocultar el acontecimiento, sobre todo porque hubiese podido provocar unas expectativas inusitadas en la población y, por consiguiente, un interés desorbitado por parte de los gobiernos nacionales de forzar a Ibn a “confesar” de dónde había obtenido su inmortalidad. El pobre hombre, sin embargo, no hubiera sabido qué contestar: él era un hombre sencillo, de campo, y se limitaba a cuidar a su rebaño de cabras, sin pedir nada a cambio y sin meterse en la vida de los demás.

A fin de evitar el acoso de los medios y –por qué no decirlo- que cayese en “malas manos”, un comité de sabios, apoyado por los más poderosos estados, recluyó a Ibn Mohamed en una isla paradisíaca en mitad del océano Pacífico. Allí, alejado del mundo y protegido por una cohorte de duros y adustos soldados, el inmortal podría vivir sin molestias del mundo exterior. Y también podría seguir siendo estudiado por esos científicos ávidos de conocimiento.

Todo el mundo pareció conforme… salvo el pobre Ibn Mohamed que, sentado sobre una roca frente al mar, añoraba cada día su lejana tierra, árida pero agradecida, en la que había dejado a su gente y a su querido rebaño de cabras…

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.