El murciélago de colores

Manuel Cortés Blanco

ElMurcielagoColores

Ilustración de Raquel Ordónez Lanza

Esta era una vez que había un Murciélago que destacaba de entre todos los mamíferos por ser el único que podía volar. Era el más lindo, el más altivo en sus piruetas, el más elegante… Y también el más presumido, hasta el punto de que llegó a solicitar a Dios tener plumas para así convertirse en el animal más hermoso de la creación.

Sorprendido por aquel deseo, el Señor le autorizó a que pidiera a cada ave una sola de sus plumas. Y así lo hizo. De manera que obtuvo una del Pavo real, otra del Flamenco, una tercera de la Oropéndola y así, una a una, de los pájaros más atractivos que sobrevolaban la faz de la tierra.

Poco a poco aquel Murciélago fue adquiriendo un aspecto tan llamativo que atraía cualquier mirada, recordando en sus recorridos la estela del arcoíris. El resto de la fauna estaba deslumbrada por su imagen, dedicándole cientos de piropos. Fue entonces cuando un arrebato de soberbia se apoderó de él.

-Soy el ser más bello de cuantos existen –se repetía a sí mismo-. No hay nadie que ni de lejos pueda parecerse a mí.

A aquella crisis de vanidad le siguieron otras muchas en las que menospreciaba sin recelo a las demás criaturas. Se burló del Gorrión por sus colores tan grises, de los Avestruces por esa silueta espigada, de los Colibríes por tan pequeño tamaño… Sembrando con ello el descontento entre las aves que, precisamente, le habían prestado sus plumas.

-¡Así nos lo agradece! –se quejaba el Arrendajo.

-¡Así nos lo agradece! –insistía algún Loro parlanchín.

Aquellas quejas se fueron sucediendo hasta llegar a oídos del Creador, quien decidió llamarle para que rindiera cuentas por su actitud.

Ante tal aviso, el Murciélago pensó que Dios le hacía subir al cielo para contemplar in situ su belleza. De manera que su ego se elevó hasta el infinito, convirtiendo desde entonces sus desplantes hacia los otros en auténtica humillación.

-Siendo tan rastrera, a ti nunca te llamará –le reprochaba despectivo a la Gallina.

Al llegar al cielo y encontrarse en presencia del Señor, comenzó a alardear de nuevo con respecto a su hermosura. De hecho, estaba tan contento, que aleteó y aleteó sin control, desprendiéndosele con el movimiento cada una de las plumas que le habían regalado. Y así, sin apenas darse cuenta, quedó casi desnudo, sin una sola de ellas.

Al verse en tal estado cayó en una profunda depresión. Arrepentido y avergonzado descendió a los suelos, refugiándose en una cueva y negándose a sí mismo la visión.

Cuentan que durante unos días llovieron plumas de colores que no quiso contemplar. Y que desde entonces, el murciélago vive recluido en la oscuridad, lamentando aquel comportamiento y añorando lo que un día fue y que nunca más será.

Y como dice don Crispín, este cuento tan bonito llegó a su fin.

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Cuento incluido en el libro “Nanas para un Principito” (M.A.R. Editor)

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