El feo

José Ramallo

Nariz III

A Raúl nunca le había gustado reconocer que era feo, pese a que era consciente de ello. Pero una circunstancia de la vida lo obligó a hacerlo. En aquélla ocasión, se había topado con una diosa griega personificada. La desbordante hermosura de Casandra, provocó que no pudiese hacer otra cosa que quedarse mirándola como un idiota. Sin poder siquiera balbucear una palabra, se quedó inmóvil frente a aquel primer plano de cabellos oscuros, tez blanca y ojos grises.

Ante semejante rendición, Casandra comenzó a abusarse de él. Con gestos de desconcierto, ella fruncía su entrecejo y sonreía con picardía. Pese a su cruel acto, dicha sonrisa seducía y conquistaba más y más al muchacho. Decía entonces que fruncía su entrecejo, sonreía y, con dos dedos de su mano derecha, apretaba la nariz de su víctima exclamando: “¡Qué horrorosa nariz! ¡No sólo es demasiado extensa sino que además tiene una enorme joroba en el centro!”. Luego, sin soltar la nariz, tiró con su otra mano de los labios inferiores para poder examinarle los dientes. Allí, la bella Casandra, dio otra clara señal de sorpresa al abrir bien grande sus dos perlas grises, soltar una carcajada y dictaminar: “¡Dios mío! ¡Qué asquerosos dientes: manchados, cariados y desparejos!”

Para ese entonces, Raúl  había bajado la mirada porque las ganas de llorar lo podían. Pero Casandra, en su perfecta maldad, lo tomó de los extremos de sus orejas y violentamente las jaló hacia arriba. Entonces sentenció: “¡Largas como las de un murciélago y sucias como nunca en mi vida he visto!”. Allí, habiendo logrado que Raúl la volviese a mirar a los ojos, dibujó en su rostro una mezcla de risa con llanto. Y esto se debía a que había llegado a una verdad absoluta, y ni ella ni nadie podían ya negarlo. Era una realidad que la apenaba, la maravillaba y la sorprendía a la vez. Entonces con completa convicción exclamó: “¡Sos el tipo más feo que ha de existir sobre la faz de la tierra!”.

La muy sensual jueza no salía de su asombro, en tanto que Raúl, ya no pudiendo contenerse, lloraba desconsoladamente como un niño.

Para terminar de desmoronar completamente al pobre feo, sólo hacía falta un último golpe. Y fue llevado a cabo a la brevedad. Casandra quitó sus manos de las orejas y, en un movimiento seco y veloz, le arrancó todos los botones de la camisa. Le penetró el pecho con una mirada, y, sin importarle la multitud de transeúntes que los habían rodeados estupefactos, le gritó: “¡Qué horror! ¡Estás cubierto de pelos! ¡Pareces un animal!”.

Raúl estaba aniquilado, ya no sabía si llorar, pedir por misericordia a sus espectadores, salir corriendo o arrojarse al piso y adoptar la forma de un feto.

Fue en ese preciso instante cuando, entre llantos propios, carcajadas de terceros y dedos que lo apuntaban, sintió unas tibias manos posándose sobre sus mejillas. Procuraban calmarlo y reubicarlo frente a la perfecta Casandra. Ella, sin soltarle las mejillas, al susurro de un apasionado: “Te amo…”, lo besó en los labios larga y profundamente…

Los espectadores, emocionados, lloraban y aplaudían…

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