Aromas

Mariana Ruíz

Bebé

La expectativa terminó, tanto tiempo la esperó y al fin llegó. Una hermosa mañana de verano advertía que el calor en Buenos Aires sería fuerte e intenso. Se despertó por los acelerados movimientos de su casa, mientras que en la radio anunciaban que era el día del médico, además  de promocionar las grandes ofertas para las compras navideñas. La habitación, semi oscura en donde dormía, se vio interrumpida por la aparición de su abuela anunciándole que ella había nacido y que iría a conocerla.

Cuatro años de edad no la hacían una nena grande, tampoco engendraban responsabilidades, aunque si le daban el privilegio de ser hermana mayor, un cargo sumamente importante que llevaría la vida entera.

Entre los brazos de su madre la vio por primera vez, estaba envuelta en una pequeña manta de color blanco, con diminutas perforaciones que parecían darle respiro a esa frazada tan gruesa, y tenía los cachetes rozagantes, los ojitos cerrados y un gorrito en la cabeza. Pensó, mientras se acercaba a ella, que ya no estaría más sola, podría jugar a las muñecas, armar historias de princesas, pintar y conversar. Su vida a partir de ese momento fue diferente.

La pequeña bebé, de su largo viaje, le trajo un regalo en agradecimiento por cómo estaba comportándose y por todo lo que estaba haciendo por ella. Muchos besos le dio y orgullo sintió, aunque se preguntaba cómo sabía lo que tanto anhelaba: las pinturitas Tammy. El aroma de la manta y de la  recién nacida quedaron impregnados en su nariz, una sensación que no olvidaría fácilmente.

Antes de irse a dormir, con la excusa de darle el beso de las buenas noches, se acuclillaba en la cuna para contemplarla y saber si la manta arropaba el cuerpito de su hermana. Los brazos cortos no le permitían llegar a la prenda, cuando algún movimiento brusco de la beba la corría al costado.

Los meses pasaron, el calor en la ciudad aumentaba y el cuerpo de la bebé crecía, cada vez estaba más gordita, más grande, mientras que la manta permanecía a veces a un lado de la cuna o guardada en el placar. Hasta que un día, definitivo, quedó apilada junto a sábanas y toallas a la espera de surgir otra vez.

La sensación de palparla quedó retenida en el tiempo, en esa habitación. No volvió a ver la manta, nunca supo si la regalaron, si la volvieron a usar, si se perdió. Eso sí, lo que no pudo olvidar es la primera sensación que tuvo de niña, la de estar parada frente a un bebé, la de sentir la textura suave de la piel.

El recuerdo de la manta y el bebé permanecen como una cicatriz marcada en su cuerpo, algo que nunca podrá quitarse ni borrar, porque más allá del tiempo y la adultez, más allá del distanciamiento y las elecciones que tomaron en la vida, quedaron bien guardadas en lo más profundo del corazón, y, como en un baúl de los recuerdos, la mente rescata ese acontecimiento; cuando un bebé en la familia nace y una nueva manta aparece para envolverlo y protegerlo.

El aroma circunda los cinco sentidos del cuerpo, una vez más.

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