Adriana Lisnovsky
Detrás de la pared asomaba la mano temblorosa. En la calle, otra vez, por fin. Entre los dedos atemorizados, la brasa del cigarrillo titilaba como una diminuta estrella roja. Ahora qué. Buscar al Negro, a quién sino.
La brasa entreabría un canal de luz mortecina en la bruma de la noche. La luz por momentos agonizaba, desaparecía, para volver con nuevos destellos dorados. El cuerpo, invisible, envuelto en la negrura de sombra y cemento. Desde que lo habían largado, ésa mañana, tenía la impresión de que lo seguían. Deambuló todo el día por calles secundarias, dándose vuelta cada dos veredas, comprobando, testeando caras que pudiesen develar un gesto, ese gesto, tan conocido, que se antepone al arma clavándose en su cintura y al frío de las esposas en las muñecas. Al caer la tarde, se metió en el zaguán de una casa que parecía abandonada. Estaba paralizado, sin atreverse a otra cosa que fumar. Pero le quedaba un cigarrillo. Uno. Ni un mango en el bolsillo, sin pistas del Negro. Desde que lo habían metido en cana, no tuvo más noticias de él, lo habrían agarrado, o el muy turro se había borrado para no quedar pegado.
Adentro no le fue muy difícil conseguir merca, sometiéndose al hijo de puta del Rengo. Después de pasar tres días de insomnio y con un temblor incontrolable en las manos, el chabón le dio un papel en el patio, donde le decía qué quería de él y qué le daría. Así se convirtió en su buchón y en algo más.
– Te quedó claro, pendejo – el Rengo tenía la voz finita, parecía una mina-. Quiero saber todos los movimientos del Rafa y su gente.
– Y a cambio, qué –se escuchó decir y el eco de la pregunta le produjo mareo y ganas de vomitar.
– Y a cambio, Beto ¿Beto te llamás, no? A cambio te doy lo que vos querés, drogón de mierda.
– Sí, marcamelós –las facciones del Rengo parecían las del Guasón, una sonrisa descolgada de la cara, como pintada de rojo, el mismo rojo que el lápiz de labios de su madre. Una sonrisa inmunda-. Dame ya, desde que entré que no tomo.
– Pará, Betito, vos primero empezá a laburar y después hablamos –el Rengo se reía como el Guasón , su cara se le borroneaba y las náuseas aumentaban. Le dieron ganas de bajarle los dientes, de agarrarlo de la cabeza y dársela contra la pared hasta que reventara, y la sangre salpicara las paredes, la sangre roja como el lápiz de labios de su vieja.
– Decime qué tengo que hacer –le dijo apremiante, para comenzar ya, ahora, dónde estaba, quién era el Rafa, haría lo que fuese, cualquier cosa, rápido, ya-ya-ya.
Así, sometiéndose, consiguió la dosis diaria para no volverse loquito. El Rafa era cumplidor. Los canas se hacían los giles, ahí a nadie le importaba nada.
Cuando se cumplieron seis meses de encierro, fue la última vez que su madre fue a visitarlo.
-No puedo venir más, Betito –le dijo la mujer de pelo platinado y tez cetrina, con los ojos secos-. Sabés como es el Cholo, un tipo derecho. Cada vez que se entera que te vengo a ver, me da una paliza. Me dijo que, si se entera que vuelvo, me deja.
-Está bien, vieja –no estaba bien, a pesar de todo la quería, más de una vez lo salvó de que su padrastro lo moliese a palos, más de una vez sacó guita vaya a saber de dónde para darle. Pero qué iban a morfar sus hermanos si el Cholo la dejaba. Ya bastante habían pasado los dos cuando su viejo se las tomó.
La siguió con la vista hasta que atravesó la puerta y más allá de la puerta también. La seguía viendo, con las bolsas vacías en la mano, arriba de aquellos tacazos que repicaban en el piso y dentro de su cabeza, como cuando la escuchaba de pibe volviendo a la noche, con los labios tan rojos, antes de que conociera al Cholo. Se hacía el dormido, se tapaba con la frazada mugrienta y sentía cómo ella le pasaba la mano por el pelo y después el agua de la ducha que corría en el baño. Arrancó un pedazo del bizcochuelo Exquisita, que ella le acababa de dejar, y atragantó el llanto, lo paró a tiempo, se tragó las lágrimas con gusto a naranja y dulce de leche.
A veces, el cielo raso de la celda se convertía en un cielo celeste, infinito. Y pasaba un barrilete con cola de trapo, hacía piruetas, subía, bajaba, hasta que él casi podía tocarlo. A veces, el cielo raso lo estaba por aplastar, el pánico lo poseía y cerraba los ojos esperando quedar chato, como la cucaracha que el guardia había pisado a la mañana en el comedor. Tan chato y destripado como la cucaracha.
Escuchó pasos que llegaban de la esquina. Supo que venían por él. El tipo que había visto a la mañana, el que le clavó la mirada cuando cruzaba Belgrano. Los pasos se acercaban. Eran martillazos en su cerebro. Instintivamente, metió las manos en los bolsillos, pero no tenía nada. Los ratis hijos de puta no le habían devuelto nada, ni la navaja, ni el revolver que le había dado el Negro. Canas hijos de puta y ahora lo venían a buscar. Otra vez la paliza y los manguerazos de agua helada, otra vez ser la puta del Rengo.
Los pasos caminaron frente al zaguán donde se ocultaba, sin detenerse. Los pasos se alejaban. Los pasos salieron de su cabeza y se estrellaron en el piso, sin hacer ruido. Sacó la cabeza para espiar y la figura de un hombre se desdibujaba en la esquina. Rati de mierda te cagué, no me viste.
-Tengo que encontrar al Negro, no aguanto más, necesito merca-.
Atolondradamente corrió por la calle. Ojos de gatos gigantes lo encandilaron al cruzar las calles, chirriar de gomas y el paragolpes de un auto pegado a sus rodillas. El Negro, era el Negro, que suerte que lo encontró, que auto te compraste Negro, tenés frula, dame que no doy más, estoy re loco. El hombre estaba paralizado dentro del auto. Él le gritaba, con los ojos desorbitados, se reía, lloraba, se arrancaba el pelo. El hombre subió los vidrios y puso primera.
– Negro no te vayas, no digo nada, te lo juro, quiero un poco de merca, nada más, nada más, nada más.
El hombre aterrorizado hundió el pie en el acelerador y Beto se tiró al capot, para frenarlo, él era Superman, con la fuerza que tenía, pará Negro, la merca Negro.
El auto corrió a toda velocidad sin parar en la bocacalle, la vista del hombre siempre adelante, sin atreverse a mirar por el retrovisor.
Beto quedó tirado al lado del cordón de la vereda. Quieto, muy quieto. Tranquilo. Si no hubiese sido por los labios pintados de un rojo viscoso, que se corría por una de las comisuras, como al Guasón, se podía pensar que Beto dormía. Y que el cielo estaba celeste y un barrilete con cola de trapo hacía piruetas en las alturas.
