Nelson Verástegui
La termita Clara estaba muy ocupada en su habitación. Llenaba una mochila de viaje con muchas cosas: una manta para el frío, unas sandalias para el verano, unas tabletas de celulosa ricas en vitaminas, sus cosméticos, un cepillo para las antenas y otro para las tenazas, unos libros y discos en MP3 y el álbum de sus fotos preferidas. Se puso los zapatos más cómodos para caminar y miró por la ventana buscando algo en la oscuridad. La luna llena iluminaba el campo y luciérnagas titilaban a ras del suelo. Era buen signo, su amante no debería de estar muy lejos. Briznas de una canción que llegaban desde lejos decían: «Estoy enamorado de tu voz y tu ternura / Tú eres mi color, mi poesía y mi música / Estoy enamorado de tu mirada tan profunda / Que se mete en mi alma, la eleva y me inunda».
«¿Adónde vas a estas horas?», dijo la termita Alberto al entrar al cuarto. «Me voy para siempre. No soporto más esta vida triste y rutinaria», contestó. «¿Pero estás loca?, hermana. El mundo exterior a la termitera es inmenso y peligroso. Aquí dentro, unidas somos tan fuertes que podemos resistir a explosiones nucleares. ¿No te da miedo encontrarte con una gallina o un oso hormiguero por ahí? ¡Siempre has sido muy extraña!», dijo Alberto.
De verdad, Clara no era como los demás. Era muy soñadora. Le gustaba el trabajo de su comunidad y apreciaba el cuidado de todos para con la termita reina, Susy, que era la única que podía poner huevos. Los demás se atareaban sin descanso para proteger, alimentar y aumentar el grupo. Ella era una obrera obediente. Estaba encargada de ir a ordeñar a los pulgones y además, educar en este oficio a las termitas jóvenes. Era la profesora de un jardín de infantes. Sin embargo, siempre se salía del tema y enseñaba a sus alumnas a ver la vida por otro ángulo. Les hablaba de simbiosis e interacciones entre especies, de pulgones, hormigas, mariquitas, mariposas y crisopas; de música y de canto de pájaros y cigarras. Era especialista en conocer sabores y olores de todo tipo, reconocía muy bien las hojas y como una experta equilibrista las transportaba a su espalda. Las termitas pequeñas la querían mucho pues al mismo tiempo que aprendían se divertían cantidad.
Fue así que un día conoció a una chicharra que cantaba sin cesar baladas de amor para llamar a sus novias. Se detuvieron a mirar cómo este animal tocaba un violín estridulador y cantaba su melodía desde lo alto de una rama. La chicharra se sintió observada e incómoda y terminó por descubrirlas al pie de su mata sentadas en rueda mientras la termita Clara les traducía todo a su lenguaje frotándose las antenas.
«¡Oye, tú! ¿Vas a espantar a mi pareja? Me has desconcentrado y cortado las feromonas. Me va a tocar irme con mi música a otra parte. Bueno, lo que me gusta es que has entendido perfectamente mi mensaje. ¿Cómo aprendiste mi idioma? Me llamo Silvio», dijo la chicharra. Clara quedó muda al verse observada por esos tres ojos enormes y esa sonrisa tan grande y hermosa bajo sus largos bigotes y ese cuerpo robusto coloreado de amarillo, verde, naranja, rojo, negro y pardo. Las termitas niñas se reían y cuchicheaban. Clara era como una hormiga pero de color blanco además de ser muy simpática. A partir de ese momento, todos los días paraba un rato a conversar con él pues le hablada de otros mundos diferentes y de su vida independiente.
«¿Qué te vas a vivir con una chicharra? ¡Estás loca!», dijo su hermano Alberto. «Aquí lo tienes todo. Estás protegida. Tienes un trabajo importante y útil para la comunidad. Te vas con una chicharra que se la pasa el tiempo cantando y no prepara provisiones para el invierno. ¿De qué van a vivir?», continuó enfadado. «Esos son cuentos. Las cigarras son muy útiles e inteligentes. Viven del exquisito jugo acuoso del xilema de las plantas y yo aprenderé a comer de eso si no encuentro madera para mí. ¿No te das cuenta de que aquí todo está programado y previsto? No nos podemos salir del esquema ni ser originales. Apenas en la época de reproducción tenemos un poquitín de libertad cuando nos salen alas y podemos volar lejos. De todas formas estoy enamorada y no hay más que hablar. Me da igual. Prefiero vivir este amor intenso durante poco tiempo que morir en este trajín sin recompensa», contestó Clara mientras terminaba de cerrar su equipaje.
«Bueno. Allá tú y tu terquedad y tu chifladura. No podemos obligarte. Quizás una termita de más o de menos no cambie nuestra vida, pero puedes estar segura de que nos harás falta. Si necesitas ayuda, avisa y no dudes en volver si tus planes no funcionan cuando despiertes y te estrelles con la dura realidad», dijo Alberto con una voz triste. Se abrazaron fuertemente y prometieron enviarse mensajes electrónicos y químicos. Clara salió en silencio en dirección de las luciérnagas y de la voz de su amado. Ya afuera escuchó cada vez mejor briznas de otra canción de Silvio que decía: «Volver a verte, volver a verte, saber que / Vives en realidad, / Mirar tus ojos besar tu frente, volver a verte / Y nada más».
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Extraído de “Microantología del microrrelato II”, de Ediciones Irreverentes.


