Máscara

Marita Rodríguez-Cazaux

Guerra

La embellecía la discordia.

Cuando la mentira llegaba a sus labios, una expresión hermosa se le instalaba en la cara y en los ojos le caía una maldad perfecta, de matices insospechados.

Entre las mejillas, palpitaba la nariz de aletas cerradas. En línea recta, el perfil se deslizaba por el cuello hasta perderse en el río agitado de su pecho. La boca, abismo de codicia, se abría golosa a la lujuria brutal de la inocencia, a la virtud conservada.

Desde la frente el pelo tupido y oscuro como el hambre, densamente negro le invadía los hombros y la espalda. Sin embargo era su voz, aún más oscura, metálica de hierros de combate, susurrante como un cuchillo al desenvainar, la que llegaba antes de estas visiones.

Era la voz, y la manera de acercar el cuerpo, balanceándose apenas, como si bailara una música celeste, danzando sobre el volcán de la injuria, mientras las palabras se volvían saetas.

Magnífica, como deidad envuelta en el perfume del crimen, su altura crecía a la par de su soberbia, y un pozo de despotismo, la separaba de los otros.

Despreciando la vida, era torbellino enderezado sobre el carro de Marte, sintiendo sobre su frente los besos de los dioses clandestinos, sumergida en las aguas de un mundo creado para los predilectos.

Sin reloj, exiliada de piedades, sus días eran hilvanados en el calendario de los estrategas de querellas y caminaba displicente por la senda de los superiores, saciando su sed en las aguas del intelecto confundido, mientras en sus ciénagas minadas se ahogaban los audaces, los valientes, los románticos tras un horizonte de púas, hermanados con la muerte.

Detrás de sus pasos la podredumbre, el fuego, el horror, el espasmo, la súplica, el estertor de la tortura, desafiaba los sueños de los puros y se enredaba en los placeres de la vileza, entornados sus ojos sobre los comunes, convertida en el mármol distante y perfecto de la eternidad.

En rutina de metralla, de pólvora, de vida abortada, era Musa de vientres satisfechos, de los artesanos del fino telar de la injusticia. Era brújula del capital denigrante, multiplicada en espejos opacos que reflejaban los aposentos del vacío.

Envarada en el corsé de cinismos religiosos, decapitaba memorias, paisajes, mundos que arañaban apenas los desposeídos.

Enmascarada, era su aliento la prensa prostituida, la sutileza del impío, la vanagloria del mediocre. Agazapada, mostrando sanadora la pesadilla del infierno.

Ella,  la guerra.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.