Francisquillo y el juego limpio

Juan Alberto Campoy

Francisquillo II

Tantos años después, desde mi retiro en esta apacible casona de la Alpujarra, hago memoria de aquellas jornadas de ilusión y espanto. En busca del ansiado oro, partimos hacia el Nuevo Reino divididos en dos grupos: uno, al mando del Adelantado, Alonso Luís de Lugo, había de atravesar el Valle de Upar, y otro, al mando del maese de campo Juan Ruiz de Orejuela, había de llegar a la desembocadura del Magdalena y remontar el río hasta las barracas de Sampollón, donde todos nos encontraríamos. En este segundo grupo iba yo, en uno de los cinco bergantines que lo componían. Fue una travesía maldita. Pronto se nos agotaron las provisiones y pronto descubrimos la fatiga extrema que suponía  conseguir algo que echarnos a la boca. Las aguas turbias y cenagosas del río distaban de ser las mejores para pescar y la posibilidad de cazar en tierra firme nos era negada por los belicosos indios, quienes, tanto desde una orilla como desde la otra, no paraban de enviarnos su mortífera lluvia de flechas envenenadas. Salvo en muy contadas ocasiones, que nos era de todo punto imposible predecir, aquellos bárbaros idólatras no paraban de acosarnos y nos hacían vivir en un estado de alerta casi permanente.

Un día, cuando ya llevábamos unas horas de navegación sin haber sufrido ningún ataque, se acercaron lentamente unas canoas cuyos tripulantes nos hicieron claras señales de intención pacífica. Al poco de subir a nuestro bergantín, nos dimos cuenta de que su jefe, un adolescente de unos dieciséis años de edad y cuya figura apenas se adivinaba tras sus múltiples pinturas y adornos corporales, no era otro que Francisquillo, el criado del afamado escribano de Santa Marta, don Francisco de Murcia. El mismo Francisquillo que hacía unos meses había renunciado al amparo y protección de sus benefactores en busca del calor y el cariño de los de su propia raza. Nos dijo que se sentiría muy contento y halagado si teníamos a bien aceptar los avituallamientos con que se disponía a regalarnos. Superada nuestra sorpresa inicial ante estas palabras, tratamos de discernir si aquello era una vulgar chanza de mal gusto o se trataba verdaderamente de un milagro, ya que, como es sabido, las intervenciones divinas suelen ocurrir en ocasiones de mucha gravedad, como sin duda era aquella en la que nos encontrábamos. Finalmente, uno de nosotros le preguntó por la razón de aquella actitud tan generosa. Su muy inesperada respuesta fue que en unas pocas horas él y los suyos nos iban a dar la más cruenta batalla que pudiéramos imaginar y que, no queriendo enfrentarse a un enemigo hambriento y debilitado, circunstancia que hubiera menoscabado cualesquiera de sus logros en combate, era menester que recuperáramos nuestras fuerzas y estuviésemos así preparados para librar una lucha justa. No tardamos en descartar aquellos extraños  argumentos, que atribuimos a un peculiar sentido del humor del muchacho, tal vez adquirido en sus muchos años de crianza en Santa Marta. Lo que entonces nos pareció indudable era que aquel acto caritativo sólo podía provenir de su educación cristiana y que, con su ejemplo, estaba haciendo más por la propagación del Cristianismo que muchos otros que sólo pretenden imponer el  ideal del amor al prójimo de forma violenta, dizque a puro espadazo.

A una orden enérgica de Francisquillo, los indios empezaron a subirnos las provisiones. Intentando no parecer descorteses, comimos todo lo que nos obsequiaron, aunque, a decir verdad,  algunos de aquellos alimentos nos dieron verdadero asco, como fue el caso de los ratones, los sapos y las culebras. No obstante esta contrariedad, que no puede considerarse sino insignificante, lo cierto es que nos dimos un auténtico festín. Los huevos de tortuga se contaban por millares. Los pescados eran sabrosos y variados, con abundancia de bagres, corvinatas, nicuros y bocachicos. Los manjares terrestres no por exóticos resultaron menos suculentos. Si mi memoria no falla, esta sería su relación: un oso hormiguero, un cocodrilo, media docena de papagayas, una docena de iguanas y veintisiete armadillos. Y, por supuesto, no faltaron las habituales yucas y batatas. Fue un banquete espléndido. Una vez saciados, nos despedimos con grandes muestras de afecto de aquellos indios que tan amablemente nos habían tratado. Hubo incluso quien rompió a llorar. También hubo alguno, con inquietudes intelectuales, que aprovechó el momento para interesarse por la forma que tenían aquellos nativos de nombrar las cosas, de nombrar este o aquel animal, este o aquel color, el sol y la luna…

Reemprendimos la travesía con la panza llena y el ánimo alegre. Al poco tiempo, sin embargo, llegó el desastre anunciado. Francisquillo no nos había mentido. Fuimos rodeados por centenares de canoas y los indios que las conducían, mientras martilleaban todo el rato nuestras cabezas con un griterío infernal, no pararon de acribillarnos con sus certeras flechas a lo largo de una tarde que nos pareció eterna. Muchos de nuestros hombres murieron. El resto seguimos nuestra marcha tras los anhelados tesoros que sin duda habían de esperarnos. No sabíamos que nuestras desgracias sólo acababan de empezar.

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