Polvos ilegales, agarres malditos (XVII)

Fernando Morote

Zita I

—“Vivimos en la miseria”, fue lo que mi mujer le dijo a su hermano en pleno almuerzo. Lo cual, comprenderás, mi mente tradujo sin chistar como: “Este hombre no sirve para nada”.

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Las verdaderas reinas de belleza no salen de los concursos sino de los callejones. Sara, menuda pero espectacularmente formada, vivía en el jirón Dante. Zita provenía de la calle San Pedro, sus enormes ojos verdes no podían disimular el color artificial de su pelo rubio. Olga, de pechos sólidamente desarrollados y nalgas firmes, era la yegua más rica de la segunda cuadra de Santa Rosa. Luego de las presentaciones, hubo una breve deliberación acerca de dónde comprar los tragos. No fue difícil llegar a un consenso. La Resaca, sobre la Vía Expresa, era parada de rigor para conseguir la mejor piña colada de Lima. Instalados en la Costa Verde y tendidas las primeras conexiones, Eugenio (el Flaco Nito) se convirtió en Freddie Mercury.

—Espero que no seas tan maricón como él, flaquito —dijo Aniceto; Niz para los amigos.

Ante la carcajada del grupo, el Flaco Nito cerró los ojos y se rascó la cabeza imitando la expresión idiota de Stanley Laurel, el famoso cómico de “El Gordo y el Flaco”. Las surquillanas, por su parte, se meneaban con tanta elegancia que podían ganar tranquilamente un trofeo de salsa. Convencieron a los muchachos para que las llevaran a bailar. El único que más o menos se las arreglaba en el salsódromo de la playa era el Flaco Nito, convertido ahora en salsero sensual. Judas no salía de su paso clásico, creía que estaba bailando rock, pero era inútil, daba la impresión de que tuviera los hombros enyesados. Niz parecía víctima de una convulsión de meningitis, sus ojos desorbitados hacían pensar que hubiera aterrizado desprovisto de mapa en un planeta desconocido.

Conforme la noche avanzaba, los cuerpos empezaban a exigir otro tipo de actividad. El Flaco Nito, fiero besuqueador, removía las amígdalas de Sara hasta desacomodarle la manzana de Adán. Niz agarraba con tal brusquedad a Olga que confundía caricias con una llave de jiu-jitsu. Judas, afuera del local, se despachaba a Zita quitándole el sostén.

En vista de la urgencia los muchachos descerrajaron, sin causar destrozos, la puerta del kiosco más próximo. El Flaco Nito y Sara fueron los primeros en entrar. Judas y Niz se desprendieron para espiar por un agujero. No consiguieron ver mucho, pero escucharon con nitidez el crujido del somier de metal y los jadeos de Sara pateando el colchón de paja. El siguiente turno fue para Judas y Zita. “¿Bailarina de ballet a estas alturas?”. A causa del frío, no quiso sacarse la malla. El desafío para Judas era embocar por un costado. Chocó contra un muro de contención. Recurrió entonces al viejo truco del premio consuelo. Para acelerar el proceso introdujo cuidadosamente falange, falangina y falangeta. Pudo reconocer en la yema de su dedo cómo la mucosidad tibia se derretía hasta obtener la temperatura apropiada. Zita no cooperaba gran cosa, así que se sintió conminado a utilizar una estrategia todavía más primitiva. Le abrió las piernas como se destraba una trampa para osos y en un acto inspirado logró encajarle la escopeta al primer disparo. Fue una penetración débil, sin gracia, pero una vez adentro trató de disfrutarla hasta el final. Zita, en un acto de cine mudo, lo doblegó fácilmente.

—¿Te gustó? —preguntó Judas, de todos modos, por si acaso.
—Pásame mi ropa —contestó ella— Tengo frío.

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