Polvos ilegales, agarres malditos (XVIII)

Fernando Morote

Sara II

¿Quién era la que mejor tiraba? El Flaco Nito afirmaba que Sara era una fiera; así tan delicada y menuda como se veía, era un demonio en la cama. Niz se estaba enamorando en serio de

Olga, ninguna mujer como ella le había hecho caso antes, no era precisamente un adonis y casi toda su vida había sido un solitario en materia femenina, así que prefería no dar detalles de sus polvos, le bastaba contar que era Olga quien lo cachaba a él. “¡Es una bestia!”, decía. A Judas no le mordía la conciencia exagerar sus encuentros carnales con Zita, aunque se enfocaba ante todo en resaltar la belleza de sus ojos verdes y el esplendor de sus pezones rosados.

Los problemas llegaron cuando cada quien comenzó a aburrirse de su pareja. Judas le puso la puntería a Sara. Había visto que el Flaco Nito con un poco más de trago se ponía medio cojudo, perdía chispa y no funcionaba como al principio. Al mismo tiempo había notado que Sara no se hacía problemas con nada. Una noche la llevó al kiosco. Encendió el foco de 25 vatios y la sentó sobre la cama. Le alzó los brazos para subirle el vestido. ¡Qué anatomía fantástica! Sus pechos, severamente firmes, parecían esculpidos en cemento. Las plantillas amarillentas de sus zapatos y la cuña de papel higiénico que usaba como tampón en la entrepierna lo envilecieron en grado sumo. Con los labios abrió, deshojó y atravesó cada capa de su robusta alcachofa. Sara, a su vez, le demostró todo lo que sabía. Era una máquina de guerra, una camioneta 4×4, todo terreno, de doble tracción. Algunos sostienen que el cuerpo humano tiene 10 orificios sexualmente aprovechables. Otros que sólo 7, dependiendo si el sujeto es masculino o femenino. El caso era que a ella no le quedaba ninguno virgen. Todos sus esfínteres ignoraban lo que era permanecer inexplorados. Su expuesto y desarrollado clítoris tenía el aspecto de un pene anciano colgando de su cuerpo. Judas le inoculó una cantidad impresionante de semen.

A la mañana siguiente, mientras subían la Quebrada de Armendáriz con el sol quemándoles la tapa de los sesos, Judas era consciente de que el Flaco Nito se lo quería comer vivo. Pero abrigaba el secreto orgullo de haberse tirado a la más rica de aquellas adorables ninfas surquillanas. Aunque, en el fondo, lo que más satisfacción le producía era constatar la revancha que se había cobrado de su primera noche con Zita.

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