Polvos ilegales, agarres malditos (XVI)

Fernando Morote

Corazón roto II

—No tengo ninguna habilidad para seducir a las mujeres. Voy directo al grano, sin remilgos ni engaños. No logro adaptarme al sistema. Creo que soy excesivamente franco, que es igual a decir despiadadamente ingenuo.

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En materia de mujeres, si había sólo una cosa de la que podía jactarse era reconocer una belleza silenciosa. Sabina no era el tipo de chica que provocaba erecciones automáticas, más bien poseía un atractivo discreto, difícil de percibir para los gustos vulgares. Gruesa y de buen porte, su corto cabello rubio combinaba perfectamente con las aisladas pecas multiformes que adornaban parte de su nariz y brazos. Aunque algo pesada, bailaba con agilidad y su andar no dejaba de ser elegante. Transpiraba como si hubiera estado corriendo una maratón, lo cual le confería una estampa aún más luminosa. A Judas se le infló el pecho cuando le contó que estudiaba pintura en la escuela de bellas artes. Él, que raramente se atrevía a mover un pie en público, danzó el resto de la noche con la alegría de un niño que recién había aprendido a montar bicicleta.

Semanas después una excursión de verano lo llenó de emoción.

—Primera vez que se agarra una hembra más o menos buena—explicó Jacobo dentro del auto, mientras esperaban ser atendidos en el grifo—, por eso no quiere perderse el paseo a la playa.

El Chino Tater no encontró mejor cosa que burlarse.

—Está enamorado el muchacho, qué vamos a hacer.
—¡Mira, Judas! —apuró Jacobo— ¡Ésos sí que son cueros!

Judas echó un vistazo. El Mini Minor amarillo de al lado estaba equipado con tres rubias furibundas, de ésas que cierran los ojos y se muerden los labios como perras rabiosas cuando están brincando arriba del potro.

—Solitas las tres, igual que nosotros —observó el Chino Tater.
—Mejor te olvidas de Sabina, Judas —planteó Jacobo.
—¡Somos los que estamos! —apoyó el Chino Tater.
—No jodan, hombre —protestó Judas, fastidiado.
—¿Tan rápido te tienen pisado? —bromeó el Chino Tater.
—Sabina tiene todo listo desde temprano —argumentó Judas—. Ha preparado sánguches y bebidas. Nos está esperando con su hermana y su amiga.

Jacobo perdió la paciencia. Pagó de mala gana y arrancó quemando llanta.

—¡Qué huevones! —se lamentó el Chino Tater en el camino— Las hubiéramos seguido.

Sabina y compañía salieron prestas para un día de playa familiar: toallas, bronceadores, sombrilla y canastas de comida.

—No soporto esto, hermano —dijo Jacobo, mientras Judas ayudaba afuera a las chicas— Tantas hembras buenas que podemos agarrar y nosotros aquí con estas cojudas.
—¿No dijiste que estaban buenas? —reclamó el Chino Tater— ¿Qué pasó?
—A oscuras en la discoteca todas las hembras son buenas.

Jacobo se mostraba a cada minuto más intolerante. Bajó del auto e improvisó una genialidad para anticiparse a los acontecimientos.

—¿Saben qué, chicas? Nos olvidamos el hielo.

Judas lo miró con incredulidad.

—Vamos a comprar y volvemos, ¿les parece?
—¿Por qué no vamos todos juntos? —preguntó Sabina.

Jacobo tosió tapándose la boca.

—Hace mucho calor para estar todos dando vueltas en el auto. No nos demoramos. ¿Vienes con nosotros, Judas?

En una fracción de segundo, Judas recordó como una ráfaga de ametralladora las tantas, muchísimas, incontables ocasiones en que Jacobo lo había traicionado, abandonado, plantado en bares, restaurantes, clubes y paraderos de micro, sin dinero, sin amigos, sin esperanza.

—Sí, vamos —farfulló.
—¡Apúrense, entonces! —instó Sabina.

Jacobo dio media vuelta y corrió a saltitos hacia el auto, frotándose las manos.

—¡Hecho! —le dijo al Chino Tater, ajustándose el cinturón de seguridad.

Judas ocupó el asiento posterior. Cuando el vehículo se puso en marcha, sintió un temblor interno que lo hizo tiritar. Viajó mudo los 42 kilómetros de camino hasta El Silencio. Los días subsecuentes intentó comunicarse con Sabina para inventar una explicación. La sistemática negativa de ésta culminó una soleada mañana de marzo con una sentencia glacial:

—No quiero saber nada de ti, Judas. No me vuelvas a llamar nunca más.

El azote brusco del auricular le rompió el tímpano. Pero el amargo timbre en la voz de Sabina le partió el corazón.

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