“Extraña noche en Linares” de Miguel Angel de Rus

Pedro Amorós

de Rus

La idea de que sólo por el arte merece la pena vivir, evocada por uno de los personajes de Extraña noche en Linares, se encuentra en el centro de toda la obra y el pensamiento del escritor –y editor- madrileño Miguel Ángel de Rus. La belleza eterna, de difícil acceso a veces, se encuentra escondida en los libros, en el cine, en la música, en las artes en general. En un entorno sacudido por la vulgaridad cotidiana, los personajes creados por De Rus se refugian en la cultura, se aíslan alejándose de la tormenta de la vida y de la zafiedad del mundo. No quieren saber nada de los seres humanos, viven rodeados de cosas viejas, sosteniendo entre sus manos acaso un libro de Proust o de Valle Inclán, y seguramente una copa de armagnac, mientras luchan con determinación por vivir entre los sueños. Ahora bien, en Extraña noche en Linares (M.A.R. Editor, 2013), una colección de cuentos que compendia de forma ejemplar los principales temas y obsesiones del escritor madrileño, la gran paradoja radica en que, mientras los personajes huyen de una realidad enfermiza que les agobia, el autor no puede evitar inmiscuirse en los problemas de nuestro tiempo mostrando de forma acerada las miserias de la sociedad, desde la globalización y el paro hasta las lacras de la iglesia y la política en general.

El carácter irreverente del autor, que ha marcado toda su trayectoria literaria, se pone en evidencia en Extraña noche en Linares a través de digresiones que se intercalan en los cuentos a modo de cuña, aunque a veces el argumento principal y el desarrollo de algunas historias constituye en sí mismo un ataque frontal a determinadas instituciones o situaciones del mundo actual, como ocurre en “Los dados”, que se asemeja a un alegato contra la brutalidad de la religión a lo largo de la historia, o en “Gente importante”, donde se vincula las grandes fortunas con la alta política y la actividad criminal, o en “SW”, que hace hincapié en el espectáculo de la violencia cotidiana en las televisiones, o en “Mennini, últimas consideraciones”, donde se describe la hipocresía, los engaños y los negocios de la Iglesia católica y el Banco Vaticano, o en “No debisteis poner vuestras sucias manos sobre los libros” que refleja claramente las mentiras de la televisión, o, finalmente, en “Yo fui quien imaginó aquella escena de 451 Fahrenheit”, donde el autor aprovecha para lanzar andanadas contra el funcionamiento del sistema y el falseamiento de la democracia.

Esta faceta iconoclasta, heterodoxa, de Miguel Ángel de Rus, enfatizada en ciertos pasajes con verdaderos arrebatos de furia, no debe despistarnos a la hora de valorar su trabajo. Siendo considerado el abanderado de una generación irreverente –que seguramente lo es-, y quizá a pesar de ello, el aspecto que verdaderamente seduce del escritor madrileño es su capacidad para crear una narrativa de altos vuelos que, sometiéndose a una gran tradición castellana, apela a un juego entre realidad y ficción, que se convierte en el soporte literario del discurso. No experimentamos, por lo demás, ninguna sorpresa al comprobar que los personajes de De Rus prefieren corretear por la ficción, atrapados entre los sueños, como ocurre en “Me está esperando la eternidad”, donde una actriz venida a menos está obsesionada por mantener su estrella rutilante tal como ha sido moldeada por el cine, o en “Setenta y dos esposas”, que muestra a un musulmán al borde de la muerte mientras sueña con un paraíso del que no desea volver a la chata realidad, aun a costa de estar muerto, o en “El café ya estaba frío”, en donde una pareja de amantes decide refugiarse en el amor olvidando que a su alrededor se está produciendo el atroz desenlace de las Torres Gemelas de Nueva York, o en “El corazón delator, en directo” y “Extraña noche en Linares”, que describe a personajes refugiados en los sueños que provocan las drogas, o en “Irma, calle Casanova”, que presenta a un individuo que sólo es feliz cuando se adentra en la película Irma la dulce y en el París imaginado en la pantalla de cine.

Se advierte además en Extraña noche en Linares, como no podía ser de otro modo, que el mejor soporte para los personajes en sus anodinas vidas -su último refugio- se encuentra en los libros. En los cuentos de De Rus aletea una suerte de apología de los libros, a veces comprados en viejas tiendas, siempre elegidos con cuidado, con amor, y que conforman, como se cuenta en “Yo fui quien imaginó aquella escena de 451 Fahrenheit”, bibliotecas llenas de vida, de mundos posibles. Conviene insistir en este valor purificador de la cultura porque es uno de los aspectos más relevantes de la poética de De Rus. Por eso se ensaña tanto con la quema de libros a lo largo de la historia, porque observa en este hecho el gesto aniquilador de la civilización. Los personajes de Extraña noche en Linares, en definitiva, sueñan a través de los libros otros mundos. El problema principal es que, pese a este aislamiento, la vulgaridad de la realidad termina envolviendo a los personajes, de una forma u otra, casi sin querer. Y lo que es peor, esa maldita realidad acaba imponiéndose a los sueños, fulminando los recuerdos, el pasado y la esencia de la vida misma. Es como si no hubiese escapatoria posible. Es como si el mundo caminase en una dirección equivocada y los únicos capacitados para resolver este proceso galopante de deshumanización, los hombres cultos -la auténtica élite de la sociedad-, quedasen marginados, arrinconados, reducidos en muchos casos al ámbito de la locura.

En semejantes circunstancias es fácil comprender la sensación de impotencia que puede sentir cualquier intelectual independiente, que no comulga con ninguna facción política. “Toda persona que tenga conceptos éticos o estéticos no puede vivir en esta época”, escribe De Rus. Y quizá en ninguna. Cansado de tanta vulgaridad, el escritor madrileño ha optado por refugiarse en la soledad y los sueños, como sus personajes, en una perfecta conexión entre literatura y vida. Afectado en ocasiones por la nostalgia, observa desilusionado el paso del tiempo: “Paseo por las calles de mi infancia y todo es desolación”. Esta visión del mundo, expresada con tan hermosas palabras, conduce directamente a la decepción de la vida. Por eso emociona tanto comprobar en Extraña noche en Linares la lucha incesante e infatigable del autor por hacer irreductibles los frutos de la imaginación, por mantener su fidelidad a un ideal en el que radica la nobleza de su existencia como escritor.

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