Evas

Miguel Ángel de Rus

EllaII

Todo era rosa, luces parpadeantes y sándalo; rosas en las paredes, como si aquella casa fuera el palacio de un poeta romántico tardío con reminiscencias moderadamente rococós; rosas en tu ropa interior, aunque me recibías casi desnuda, sentada en el sofá tapizado de flores, con las piernas cruzadas, como si pretendieras velar, acaso, tu desnudez. Las luces titileantes de las lamparillas que colocabas en el suelo, en las estanterías, brillantes como los ojos de los gatos en la oscuridad, dibujaban luces y sombras en tus senos; tu mirada era el comienzo de una sonrisa y celada en la que dejarse atrapar gozoso. Tú eras la mujer morena en una vida de mujeres rubias y de ojos claros; tu carne era dura, tus músculos marcados, como si practicaras algún deporte, aunque nunca te hubieras rebajado a tal. Eras carnalidad, placer y desahogo, por eso acudí a buscarte a aquella casa antigua, de techos propios del París del siglo diecinueve.

Debía comenzar a padecer los problemas derivados de la crisis de los cuarenta -esa edad en la que los hombres descubrimos que no hemos llegado a ser nada y que nunca lo seremos, a pesar de nuestros sueños juveniles- porque busqué en tu calle, y encontré el viejo café en el que a media tarde nos solazábamos con un cortado y una copa de armagnac, después de dejar que mi cuerpo se vertiera feliz en ti; encontré la librería de viejo con sus grabados iluminados a mano y los gruesos libros de autores ya olvidados, buscados tan sólo por eruditos y por amantes de lo extraño; pero no encontré la casa en la que cada tarde de lunes y de viernes me hacías sentir un hombre, el mismo que había olvidado ser, castrado por el trabajo, el matrimonio cargado de hijos, la vida gris en un entorno de matrimonios burgueses, la rutina de cama, mesa y flexo, comida de restaurante de menú, merienda familiar, televisión y cama.

No parecía razonable; Evas, recuerdo el rótulo forjado en hierro, pintado en un rojo oscuro, estaba situado entre la cafetería y la librería de viejo. Cuántas tardes no entré a buscar un libro para dejar pasar el tiempo hasta que llegara mi turno. En una ocasión te regalé La Eva Futura de Villiers de l’Isle Adam, y en otra las sonatas de don Ramón del Valle Inclán, a quienes el Señor haya perdonado. No pudiste acabar de leer el libro del francés, pero reconociste haber llorado de emoción con los amores del viejo marqués de Bradomín.

Evas estaba entre ambas casas, resistiendo a la pala excavadora de los alcaldes y los empresarios voraces, entre moles de hormigón, acero y cristal. Y tú estabas dentro, con tus senos como dos cúpulas, o más bien como dos medios pomelos de areolas de un rosado oscuro,  tan sensibles. Tus muslos eran poderosos, me gustaba azotarlos con cariño. Recuerdo que me recibías con las piernas cruzadas, como si…

-Muy buenas tardes, don Juan. Cuánto tiempo sin verle.

Qué bromista. Había comprado en la librería diez días antes, como mucho. Y simulaba sorpresa. Este hombre… ¿Qué hacer, sino seguirle la broma?

-He estado muy ocupado. -Mentí, sin saber muy bien por qué, ya que en realidad no recordaba lo que había hecho en la última semana- Fíjate si tendré cosas en la cabeza que me he despistado y no encuentro la casa a la que venía… Evas.

El librero rió desde detrás de sus gafas, como una ratita divertida.
-Don Juan, usted siempre tan burlón. Como si no supiera usted que la tiraron hace seis años para construir ese maldito edificio de oficinas lleno de analfabetos. Antes, los clientes del prostíbulo, como usted, venían a comprar libros de vez en cuando, pero estos oficinistas sólo leen la pantalla de su teléfono móvil. Ahora son todos analfabetos. A este país le hace falta una dictadura cultural, un siglo civilizador… Ya quisiera yo que la casa siguiera en pie, con lo bonita que era. Y con lo guapa que era esa chica que le tenía a usted encandilado… no lo niegue.

Sonreí como si compartiera el secreto. No quería parecer tonto, aunque no acabé de creer que la casa hubiera sido derribada. Había pasado por allí diez días antes. Aunque la hubieran derribado, habría sido imposible que hubiesen construido en tan poco tiempo. Además, cómo iban a derribar Evas, si era el lugar al que acudía la flor y la nata de la intelectualidad, los políticos, los empresarios, incluso algunos modestos burgueses que se esforzaban por ahorrar lo necesario. ¡Al jefe de Estado llegué a ver de refilón un día en que los policías nos hicieron volvernos cara a la pared y yo pensé que era una redada y que mi buen nombre se hundía por siempre! Era el jefe de Estado, podría jurarlo. Los grandes hombres tienen los mismos vicios que quienes no somos nadie.

-Pero, bueno, don Juan. ¡Qué alegría verle por aquí! Hacía tiempo que no se dejaba caer por estos barrios. Como ya no están las señoritas… ¿eh?

El hombre aquel me extendió la mano y, por no delatarme, tuve que hacer lo mismo. En verdad, su grueso bigote me recordaba algo. Sí, era el encargado, el que, en persona, nos servía los lunes y los viernes el café cortado y el armagnac.

-¿Cómo va todo?- dije, titubeante.

-Sobrevivimos, que no es poco. ¿Su cortadito con la leche hirviendo?

Era cierto, pedíamos nuestros cafés muy calientes para alargar el momento. Estar con ella, contemplar sus ojos enigmáticos, sus pómulos gordezuelos, sus medios pomelos asomarse por el escote era un placer tan grande como hacerle el amor, ser absorbido por su cuerpo voraz, cálido, ancestral.

-Siéntese en la mesa de la esquina, como siempre, que ahora le sirvo. La copa va hoy por parte de la casa.

Era curioso, pero en aquellos diez días habían cambiado la decoración. El suelo había sido verde y ahora era azul. Cómo pasa el tiempo, me dije.

-Aquí tiene. ¿Y qué fue de la chica? Porque no ha vuelto por aquí. A veces llegué a plantearme que la había retirado usted, que era el que tenía más aspecto de acaramelado. La nena lo merecía.

Vertí el azúcar en el café sin levantar la mirada y la removí.

-Oiga. No se ría, se lo ruego. Creo que tengo algún ligero desliz de memoria. Pero hace un momento, en la librería, me han dicho que tiraron el edificio de Evas hace seis años.

-Coño, ¿no lo sabía? Sí. Lo precintó la policía. Nunca transcendieron las razones, se llevó todo con mucho sigilo. Alguien importante debía de estar detrás, porque nada se supo. Al poco tiempo tiraron el edificio y construyeron esas oficinas. A mí me ha venido muy bien, porque esos muchachos vienen cada día a tomarse su café con bollos, su montado de lomo, su cerveza.

-Si le he pedido que no se ría, es porque me resulta imposible creer lo que me cuenta. Yo estuve allí, en esa casa, como mucho hará diez días. ¡Diez días! ¿Sabe?

-Usted siempre tan bromista. Ande, eche un trago al armagnac antes que se le enfríe.

-Se lo juro. -Sentí cómo la sangre subía a mi cabeza, se arremolinaba, un velo rojo cubría mis ojos- No hace ni diez días que estuve con ella y le pedí que lo dejara todo. Le dije que yo dejaría a mi familia y que nos iríamos lejos de aquí, a una playa con palmeras y sol eterno. ¿Sabe? Incluso le aseguré que le perdonaba su pasado. Quería que fuera sólo mía.

-No dudo de su palabra, don Juan. Quizá estuviera usted con ella hace diez días, pero la casa lleva tirada seis años.

Rebusqué en el bolsillo. Puse veinte duros sobre la mesa con fuerza. ¿Todo el mundo se estaba burlando de mí?

-Tome, cóbrese. Necesito salir, tomar el aire.

-Don Juan, pero qué guasón es usted. ¿Adónde va con veinte duros? Si ya hace un año que estas monedas no valen. Ahora el café cuesta un euro.
Mi gesto de sorpresa debió de ser tal que dejó de sonreír. Comenzó a mirarme como si hubiera en mí algo extraño. Me sentí patético, aunque no sabía por qué.

-Bueno, don Juan. Hoy invita la casa. Pero, ¿ha pensado en ir a un médico? Le encuentro un poco extraño. A lo mejor es un virus. No le vendría mal visitar a su doctor.

Se levantó y le imité.

-Entonces, ¿la casa no está?

-Desde hace seis años.

Salí con la sensación de ser un viejo decrépito; los restos de mí mismo. Me dirigí al lugar en el que estaba Evas, pero sólo vi una colmena horrenda. Paseé por los alrededores, quizá me hubiera equivocado, pero no encontré aquel lugar. Me detuve un momento frente a un espejo de una tienda y me encontré más viejo, ojeroso, con más canas.

-Bah, tonterías. Debo de haber pasado una mala noche.
Anduve hasta mi casa. Repetí tu nombre en mis pensamientos y una y otra vez tus ojos oscuros se clavaban en los míos; acariciaba en mis sueños sus mejillas sonrosadas.

-¿Pero qué haces aquí? -Me había lanzado sobre aquella chica que andaba por la calle, en sentido contrario a mí. Pero no era ella. Me había engañado a mí mismo-. Perdone, perdone. No se asuste. Ha sido sin mala intención. La he confundido con una amiga a la que no veía hace tiempo, al menos… diez días… figúrese usted. Siento haberla molestado.

Me sentía aturdido. Me detuve ante un puesto de periódicos y me asombré al constatar que ya no gobernaban en el país los socialdemócratas, sino los conservadores. ¿Cuándo habían sido las elecciones? ¿El pasado domingo? Intenté comprar el periódico.
-Oiga, que se ha equivocado, que esta moneda es de cien pesetas, no de un euro. -El vendedor parecía comprensivo.

Me disculpé, aduje que había olvidado tomar mis pastillas para el riego sanguíneo, que no llevaba más dinero. Deposité el diario en el montón y me marché casi corriendo.
Recuerdo tu cuello, cómo se echaba hacia atrás al reír mis ocurrencias. Ese cuello fuerte, largo y poderoso como de atleta. Ese cuello tan besado, tan acariciado, que aún sentía entre mis manos.

¿Qué había sido de Evas? ¿Qué había sido de ti?

Caminé sin fijarme en el rumbo. Como entre nubes. Sin apenas ver nada, me dirigí hacia un edificio cochambroso, de paredes desconchadas. Sin saber qué hacía, subí las escaleras mal iluminadas hasta llegar a un apartamento interior.
Metí la llave en la cerradura y, para mi sorpresa, abrió. No podía explicarme cómo había sucedido. Mi casa estaba en un lujoso edificio burgués, con porteros, tres ascensores, espejos en las paredes. No hacía ni dos días que había intercambiado algunas bromas sobre cuestiones sin importancia con el jardinero. ¿Qué hacía en aquella casa? Inconscientemente fui hacia la cocina, me serví un vaso de agua y lo bebí de un trago. Todo hedía. Al salir de la cocina me fijé en la puerta de entrada. Había una carta. Me agaché produciendo un sonido similar a un gemido de dolor.

Me senté en el único sillón -asqueroso, como recién sacado de la basura- del salón y me dije que en cuanto llegara mi mujer le preguntaría las razones de aquel desorden y aquella suciedad.

Abrí la carta y leí con dificultad:

“Querido Juan:
Me parece una estupidez la actitud de tu psiquiatra. Creo que deberías volver al hospital. No comprendo las razones por las que te han dado el alta. Además, nadie ha entrado en ese apartamentucho que has cogido, pero temo que no tenga las condiciones sanitarias mínimas. Comprenderás que, en esas condiciones, me niegue a que te visiten nuestros hijos. Deberías pedir que te encerraran de nuevo. O, al menos, deja que envíe una señora de la limpieza a tu casa para que la adecente. A saber qué enfermedades podrás coger entre la basura que, sin duda, acumularás. Juanito ha entrado en la universidad. Piensa estudiar psiquiatría, porque teme ese gen de locura que hay en tu familia.
Si quieres, llámame y hablamos, aunque no te puedo perdonar que nos abandonaras por aquella furcia. Pero la caridad cristiana me obliga a ayudarte, aunque destrozaras nuestras vidas.
Sabes dónde encontrarme.”

¿Qué pretendía decir? ¿Era una disculpa por la suciedad de la casa? ¿Y dónde estaban los niños? ¿Cómo se atrevía a llamarte furcia?

Me dirigí hacia el armario y el hedor casi me impidió abrir la puerta. Quizá fuera cierto que hiciera falta una limpieza. ¿Y por qué no mandaba ya la fregona esa maldita mujer?
Saqué la maleta preguntándome por qué te llamaba furcia, a ti, el único rayo de esperanza en mi vida mediocre, gris, apagada, castrada, de oficinista que en realidad no había creado jamás nada con sus manos. ¿Por qué te insultaba, mi amor? ¿Celos? Las mujeres son arpías celosas, envenenadas por la obsesión de la otra. No quieren ser amadas, quieren ser las elegidas, sentirse superiores a las otras, poder despreciarlas.
Abrí la maleta y extraje tu cráneo, que aún conserva tu bello pelo negro. Me miraste y me sonreíste, como siempre en Evas. No cruzaste las piernas porque no podías; ya no tenías piernas. Las enterré al descuartizarte.

-¿Qué has hecho en los últimos diez días? He ido a Evas y no estabas. He tenido que tomar el café cortado y el armagnac sin ti. Mi mujer me ha reprendido. Quería comprarte un ejemplar de La Regenta y uno de Madame Bovary, para que lo leyeras este fin de semana, pero no he podido. ¿Para qué? Si ya no estabas. Ninguna tarde de viernes sería lo mismo sin ti.

Te besé con todo mi amor y te encerré en la maleta, ya siempre junto a mí. Me gustabas más cuando estabas más rellenita, pero no se puede pedir la perfección. Me asomé al balcón. En la plaza había un pequeño mercado de artesanía; algunos negros trapicheaban con supuestas esculturas de sus países, vendían copias no originales de discos, gafas con marcas falsas, cantaban. Olía a la carne de un bar tunecino. Cómo había cambiado el mundo en diez días. Un nuevo gobierno, una nueva moneda, nuevos edificios. El mundo enloquecía, sin duda.

Era un buen día, brillante, soleado, caluroso, aunque una ligera brisa lo convertía en tolerable. Miré la altura que habría hasta el suelo; quizá ocho metros. Pensé que era suficiente como para tirarse y dejar un mundo incomprensible.

Nos tendríamos el uno al otro ya para siempre.

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Relato perteneciente a “Evas” (Ed. Irreverentes), de Miguel Ángel de Rus

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