Algunos hombres buenos: “Juan Luis Vives y el Tratado sobre el socorro de los pobres”

Lucía del Mar Pérez

Vives IV

“Así como es cosa torpe para un padre de familia el que deje a alguno de los suyos padecer hambre, o desnudez, o el sonrojo y fealdad de la vileza del vestido en medio de la opulencia de su casa, del mismo modo no es justo que en una ciudad rica toleren los magistrados que ciudadano alguno sea maltratado de la hambre y miseria.”

De Subventionem pauperum, 1525

       A veces nos empeñamos en llamar visionarios a algunos sujetos. Pensamos que están dotados de altas capacidades intelectuales, que sus pensamientos, palabras y gestos poseen un brillo inaudito debido a una inteligencia superior a la nuestra. Sin embargo, nada más lejos de la realidad.

      Si hurgáramos con nuestro dedo insolente en los pensamientos de esos seres fulgurantes, llegaríamos a la conclusión de que la única diferencia es la aplicación del sentido común. Un sentido que, a pesar de su apellido, escasea en bastantes individuos, tanto ahora, como en tiempos pretéritos. Entendemos por sentido común la capacidad de juzgar razonablemente las cosas. Pero son tan pocos aquellos que lo aplican, que acaban ostentando el título  de visionarios.

Vives o el exilio de un hombre razonable

       En 1492, nacía en Valencia Juan Luis Vives. Un hombre procedente de una familia de judeoconversos en la España de los Reyes Católicos. Sus antepasados, pertenecían al núcleo de comerciantes judíos acomodados. Para evitar las persecuciones se convirtieron al cristianismo, pero continuaron practicando el judaísmo en secreto. En 1482 la Inquisición descubrió a la familia en plena liturgia, en su propia casa, iniciándose así un largo proceso inquisitorial contra los Vives.

       A pesar de todo, Juan Luis Vives estudió en la recién fundada Universidad de Valencia, pero su padre, preocupado por su seguridad, decidió enviarlo a estudiar a la Sorbona. Las sospechas de su padre se materializaron en 1526; fue condenado y quemado y su cónyuge, Blanca March, desenterrada y sus restos quemados.

       Por entonces, Vives ya se había instalando, con gran prudencia en la ciudad flamenca de Brujas, tras su paso por París y Lovaina. Tras rechazar una propuesta de la Universidad de Alcalá, se estableció en Londres, donde fue nombrado canciller por Enrique VIII, trabando amistad con Catalina de Aragón y Tomás Moro. Así, Vives se convirtió en un exiliado permanente.

           Su pensamiento pertenece al Humanismo Cristiano con influjos erasmistas. Reacciona contra el pensamiento escolástico y se inscribe en un humanismo proclive a la observación y a la experiencia. Vives escribió más de cincuenta obras. Fue filólogo, educador, psicólogo, antropólogo. Pero destaca ante todo su carácter visionario de reformador social.

Tratado sobre Socorro de los pobres (Sobre las necesidades humanas)

     Vives publicó esta obra en Brujas, en 1525. Resulta paradójico que este hombre, cuya vida se desarrolló en el seno de una sociedad estamental, donde lo habitual eran las desigualdades sociales y la cultura del hambre y la injusticia, fuera capaz de analizar y sistematizar la organización de ayuda a los pobres. Está considerado como la primera persona en Europa capaz de llevar a la práctica un servicio organizado de asistencia social.  Fue el precursor de la intervención del Estado, organizada y asistencial, a los necesitados. Observa que una sociedad sumida en la pobreza es sinónimo de delincuencia, ignorancia e inestabilidad, pues vive de espaldas a la educación, elemento primordial para alcanzar la virtud individual, y por lo tanto a la armonía del hombre en sociedad.

            En la actualidad se considera normal el deber de los servicios públicos, pero en el siglo XVI los planteamientos del humanista valenciano eran totalmente renovadores al otorgar a los gobernantes la responsabilidad de cuidar del  “cuerpo de la república”, ya que los que gobiernan, “son en ella lo que el alma al cuerpo”. Los gobernantes deben “Poner remedio a enfermedades y contagios, no permitir que una parte de la población permanezca inútil y acabe, por falta de sustento, por robar,  o venderse a todo género de delitos”.

       Destaca el papel de la educación en la reforma y ayuda al pobre, pues la verdadera ayuda al pobre es moverle a un comportamiento digno mediante el trabajo. Condena la pereza, incluso los disminuidos tienen algo que aportar a la sociedad con su trabajo, adaptado a sus especiales características. Además subraya la necesidad de una reforma hospitalaria y de las fundaciones benéficas, pues solo enriquecían a sus administradores, pues como vemos, la corrupción siempre acompaña al hombre.

      Toda una lección moral para los gobernantes del siglo XXI, que parecen empeñarse en alejar la dignidad del hombre al negarle la nobleza del trabajo, la caridad del socorro y la luz de la educación, cercenando el ideario de aquel visionario exiliado.

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