Pedro A. Curto
Un aspecto que siempre me llamó la atención del pintor Pierre-Auguste Renoir es como aparecen en sus obras los cabellos femeninos; largas melenas dotadas de una vitalidad propia, de colores rojizos la mayoría de ellas, con las que sus propietarias juguetean o peinan, propiciando un estado de calma y ensimismamiento, que incita a perderse en ellas. Son un reflejo de sus pinturas de colores desbordantes (el color está por encima de la estructura, decía), que exponen la textura de una naturaleza rebosante e hipnótica. Ese clímax particular lo encontramos en la película “Renoir” de Gilles Bourdos, que acaba de estrenarse, lo cual es su mejor logro, pues desde el comienzo la cinta es una invitación a entrar en sus cuadros, vivir en el interior de ellos, pues así se van sucediendo las escenas. Una invitación que va guiada por uno de esos cabellos rojizos, quien fuese la modelo de Renoir, Andrée Heuschling, bien interpretada por la actriz Christa Theret. Ella se convierte en el punto de conexión entre dos mundos, el crepuscular de un pintor en la última etapa de su vida y el de un cineasta en ciernes, que aún no ha encontrado su vocación (en la película se expone que es ella quien le empuja); luego él sería el famoso director de cine Jean Renoir y la convertiría en su esposa y actriz fetiche. Una doble conexión por ello entre cine y pintura.
Al contrario que con la literatura, cuyo vínculo con el cine se mueve más en el plano intelectual, con la pintura se conecta más a través de lo telúrico y emocional. Así se refleja la impotencia de Van Gogh, por hacer comprender su obra, en El loco del pelo rojo de Minelli, la angustia vital de Toulouse Lautrec en Moulin Rouge de Houston, la lucha de Miguel Ángel entre su labor creativa y la curia vaticana que le pagaba en El tormento y el éxtasis de Carol Reed, la incapacidad de captar un momento de luz de Antonio López en El sol del membrillo de Víctor Erice, o la pérdida de inspiración en las recientes El artista y la modelo o Mi encuentro con Marilou, entre otras. Reflejos de un mundo creativo que pocas veces se halla en el campo literario. La película “Renoir” trata del esfuerzo por ir más allá de lo que sus fuerzas le permiten, lo cual lo iguala con otros, como el atormentado Van Gogh, pero él, al contrario, se refugia en un mundo idílico, solo preocupado por la belleza estética (pretende ignorar la guerra que en aquel momento se vive), creando una especie de paraíso particular donde ejerce de “jefe”. Por eso lo llamaron el pintor de la alegría y la luz, bajo esa peculiar teoría del destino, “dejarse llevar por la vida como el corcho por el agua”, de quien empezase siendo un pintor de platos. El dolor pasa pero la belleza permanece, proclama, pero para que exista claridad es necesaria también la oscuridad, una zona de sombras que la película va mostrando tamizadamente. Es el triángulo edípico que se forma entre un padre recientemente enviudado, hijo y modelo, la sensualidad y el deseo contenido de la vejez, añadiendo la naciente pubertad del hermano menor, la guerra que llega hasta el pequeño paraíso, las contradicciones de clase en una convivencia aparentemente armónica, el acecho de la muerte… todo está bajo esa luz. Como dice el pintor en la parte final del largometraje, todo es cuestión de carne y piel, sí, pero sobre ellas existen muchas miradas, están situadas en un complejo universo.
