En sigueleyendo.es: Marcos Ordóñez y la memoria

Santiago García Tirado

(Publicado originalmente en sigueleyendo)

Tenía que ser el hombre de la memoria prodigiosa el mismo que se entregara a la labor de seccionarla convenientemente para devolverla inteligible, luego narrada en crónica, y al fin constituida en literatura. En Un jardín abandonado por los pájaros Marcos Ordóñez se enfrenta a la memoria y de herramienta consigue mutarla en materia literaria. El resultado es esta memoria novelada, o historia simbiotizada de ficción en lo que logra un modelo acabado de verdad artística. J.J. Saer dijo que si bien la verdad es lo opuesto de la mentira, no es precisamente la ficción lo contrario de la verdad. Es el estado perfecto de la verdad, podríamos apostillar. Pues aquí tienen la muestra.

En Ordóñez la memoria es vital. Lo recorre todo: artículos, críticas, sus novelas. No lo recorre, lo colma todo, de una manera desaforada e inesperadamente lábil. Así encontramos trazas de autobiografía camufladas en sus ficciones, y motivos que transitan de unas obras en otras saltándose las fronteras de los géneros. La experiencia es esta: uno lee una anécdota, pongamos en Rancho Aparte, y la volverá a encontrar debidamente transformada en Un jardín abandonado por los pájaros; o tal vez lea en esta última una peripecia que antes ha leído en Detrás del hielo, o en Comedia con fantasmas, o enUna vuelta por el Rialtoo. El mundo Ordóñez es una cartografía hecha de recuerdos en la que el lector está habilitado para ir de un libro a otro con la garantía de que recorrerá territorio seguro aunque siempre aparezca un nuevo y desconcertante tramo al final de la calle. Un magma memorístico como pocas veces conoce la Literatura, y que en la misma medida que desborda al lector con personajes y anécdotas en aluvión, le asegura también que se halla siempre en territorio doméstico.

Aviso: no espere el lector encontrar en Un jardín abandonado por los pájaros un monumento a la complacencia ni un ejercicio huero de nostalgia. Ni ajustes de cuentas, ni filosofía de bajo vuelo acerca de la vida, ni variaciones vintage sobre un tiempo pasado y mejor. A Marcos Ordóñez le sobra oficio para conjurar los errores habituales de otras obras basadas en la memoria y ofrecernos algo fresco, diverso. Aquí habla de sus primeros gateos, y habla de la guerra; habla del oficio de su padre, policía, y de su otro oficio no menos arriesgado de escritor, que lo lleva a colarse en las tertulias de Jardiel y González Ruano, a conocer la bohemia con el marido de Ana Mª Matute y con Jaime de Mora y Aragón, a escribir letras de canciones que se contarían por éxitos en la época (en el capítulo nueve hay fragmentos escritos por el padre en los que uno reconoce cierto timbre del hijo); habla de su madre, cómo no y siempre llenando las páginas por las que transita de una luz propia y fertilizante; habla del tío Tomás Salvador, que también escribe; habla de la abuela que fue peluquera y acabó intimando con la rutilante Raquel Meller; habla del humorista Capri, a quien Ordóñez entrevista a la altura de sus 11 años; habla de Nuria Espert, de Manuel Gas, de docenas, cientos de hombres y mujeres que poblaron la escena española en tiempos oscuros para que no se apagase la luz del Teatro (el capítulo siete y el ocho son imprescindibles, un deleite). Habla de mil asuntos, pero casi siempre son teatro, o cine o música o libros, apabulla siempre con un abuso que el lector no puede sino entender como placer, en un tira y afloja de capítulos que pueden perfectamente leerse como breves obras autónomas. En todo momento se cuida y mucho de que la tensión narrativa decaiga en un mero desfile de motivos con color de época.

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Marcos O. en su jardín.

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Un jardín abandonado por los pájaros es, merced a todo esto, un documento de primer orden para entender la formación del mundo propio de un escritor tanto como su particular tradición literaria. No hay más que perderse en ese jardín para encontrar páginas y más páginas atiborradas de lecturas, de citas, de nombres de autores (muchos hoy desaparecidos en hojas que amarillean en librerías de viejo), de radionovelas, de películas, de guiones, de ideas que fueron o pudieron ser tramas de otras tantas historias por contar. Así se puede rastrear la lista de obras que da como resultante el Ordóñez actual, y es amplísima: Primera memoria, de Ana Mª MatutePelo de zanahoria, de Jules RenardDentro de mucho tiempo, de su tío Tomás SalvadorEl fantasma de Canterville, de Wilde;Bruno Schulz, el detective Taxi Key, las novelas de aventuras de la Biblioteca Pulga (Ed. Plaza), Mario Lacruz, Raúl Ruiz. Conocemos ahí sus dealers literarios: Rita Rigolfas, el propio Raúl Ruiz, sus padres antes que nadie, y más tarde amigos como Sobregrau y un etcétera mayúsculo que salpica todo el volumen como una incitación continua a la lectura, libérrima y caprichosa, proteica y reacia a las pautas académicas. Interesantes sus análisis sobre el hecho literario: darían para un monográfico (“En España un escritor muerto es un escritor enterrado”; “la formación académica, como si eso importara”). Incluye materia para una tesis, aviso.

Qué más añadir del estilo. De su adicción a la ironía y de sus impagables boutades (lean en la pág. 220 a su hermana con pocos años, enamorada y a solas en la oscuridad del bosque: no digo más), sus pasajes de humor inteligente (desconfíen de cualquier otro humor), de su deuda con lo pasional, y su desconfianza de la especulación en literatura. De esa forma de construcción que juega a moverse hacia delante o hacia atrás en el tiempo por coherencia con la regla de la memoria según la cual todo motivo es presente en tanto se halla bajo su foco. Qué más añadir y no estorbar la magia del encuentro que espera al lector en este Jardín abandonado por los pájaros que es memoria, y es novela y es crónica, y es una de las mejores narraciones sobre la historia reciente de este país que pueda llevarse a la boca. Tenía una docena de ejemplos de sus mejores párrafos para comentar aquí, cuando me he dicho que para qué. Lo que hay que hacer es ir al encuentro ahora que los pájaros se han ido y no hay más que afinar el oído a sus ecos.

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UN JARDÍN ABANDONADO POR LOS PÁJAROS
Marcos Ordóñez
EL ALEPH

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