UN POEMA LE PUEDE PASAR A CUALQUIERA

Pilar Franco

El coqueteo entre la ciencia y la poesía ya viene de lejos, eso está claro a estas alturas del romance. De eso supo Roald Hoffmann cuando se lo llevaron los versos a su terreno, o Pablo Neruda cuando describió las crueldades de Hiroshima en su “Oda al Átomo”. Las letras tienen hambre de más, devoran los conceptos sacros de la física, los travisten -qué consideradas, un pequeño homenaje a la materia-, los despiden al espacio revoltoso del soneto. Ante este panorama, va a ser difícil discutirle a Rudolf Clausius el término de entropía: la ciencia es carne de poema y ya no hay quien arregle este desorden.

En honor a Pascal, entro a tomar un vino en Horiginal, un restaurante de Barcelona donde, además, se recita poesía. Hacerle una foto al ordenador a mediodía me parecía una pérdida de tiempo, así que decido esperar a que  lleguen las nueve de la noche para que el fin del mundo me pille bailando -o poetizando-, que es mucho, infinitamente más divertido. A esas horas ya está allí Carmen Camacho (Alcaudete, Jaén, 1976), cerveza en mano, dispuesta a recitar la última cosecha. Trae un libro diminuto y papeles como esparto, de esos que han viajado de más y que llevan encima algún sorbo de café que no llegó nunca a la boca. Ha venido a Barcelona para presentar su último poemario Fuerza de campo (Editorial Delirio, 2012), un batiburrillo plagado de términos científicos, descarnado y divertido, más divertido cuando es ella la que entona. Un poquito de cal y otro poquito de arena, o de bofetadas y palmas. Algo así, pero con versos.

La primera persona que le compró esta obra fue un médico que, a golpe de prólogo, supo más sobre ella que ella misma. Son los riesgos de comenzar un libro con un electrocardiograma, y se asumen con gusto, porque el resultado es renovador. Nos regala el pulso acelerado, la instantánea de un gamberro. Así da el pistoletazo de salida, en eso va a consistir: radiografías y músculos; teoremas, letras y finales. Mestizaje puro y duro, hablando mal y pronto.

No quiere saber nada de instalaciones eléctricas. Toma de tierra -o primer bloque de poemas- versa sobre otro tipo de corrientes circulares:

“Siempre es igual/ con dolerme tengo/ de alegría me araño /la cara/ la cara/ de alegría me araño/ con dolerme tengo/ siempre es igual.” Su tierra es una tierra de olivares en los que alguna vez fingió que se perdía, y la locura del suelo, ya se sabe, es permeable a los hombres. En ella el trastorno tiene frutos prodigiosos y nos regala estrofas con vocación integradora. Principios de termodinámica, cine clásico y goles de mundial, tres en uno: “La plaza se deshizo/ en una niebla de petardos/ las risas por las calles/ la conga el waka waka/ el corcho de champán/ que apunta fusilante/ como en la escena borrachuza/ de la peli de Ninotchka. (…)”

La depredación mutua, la tendencia a devorarnos: de eso tratan sus Polos opuestos, sus segundas partes. Un “Duelo a garrotazos” goyesco:

“Cuando los que se aman menos/ vieron cómo/ tú y yo/ nos arrancábamos/ la una del otro/ el otro de una/ a descarnadas dentelladas/ corrieron a abrazar a sus amantes”) o la violencia con que somos apartados de la infancia (“Vinieron con escobas a expulsarme/ del estado de la infancia./ Vinieron vieron etcétera./ Tenían órdenes estrictas/ de sacarme a bofetadas/ de lo hondo de mí misma”.

Nos pregunta si recordamos los juegos de la infancia, la carrera por alcanzar una pared -el corazón disparado, la mano sobre la piedra- para gritar ¡casa! Casa, inmunidad, los brazos de una madre, cómo olvidar aquella forma de salvarnos. El público asiente, se oye el tintineo alegre de la memoria. Así imagina la Zona de sombras -el barrio de Triana, las piezas que pueblan su habitación- la tercera parte del poemario. Allá va, a declarar el continente («Me hicieron una oferta que no pude rechazar: esta jaula») y el contenido («Limpio con furia el espejo (…)/ Y sin embargo aquí siguen/ mis ojos/ a ambos lados de esta nada/ mirándome llorar»). Ha tenido, dice más tarde, ligeros desencuentros con su aseguradora.

Sabe cómo templar el agua, en qué momento retirarse del dolor para regar el tema con coplillas revoltosas. Una no puede ser tan competente, porque cuando llegamos al final del recital, ha pasado todo demasiado rápido. Los haikus, con razón, se le dan de maravilla. Termina con naranjales y con la palabra libertad, con la idea de una Armónica entropía. Antes de recitar, describe el lugar de su poema. Una frutería caótica, atiborrada de señoras XXL con batas de camuflaje, pobladas de frutas exóticas, para darse a la labor de robarle el turno al despistado: “Evita la mañana/ del lunes de mercado./ O mira sí anda y ve/ por si el muchacho aquel/ que te clava los ojos/ mientras pesa a tu favor las mandarinas/ se acerca y te susurra:/ a que te dé yo lo que es tuyo/ temprana/ vuelve luego.”

Dice que hay que darle la vuelta el colchón si te abandonan; que ha renovado el pasaporte; que su casa, antes de serlo, era un cine de verano. Que cambió la pasión turca por la pasión zamorana -con un par-; que Ikea se merece unos versos, por qué no, de todo hace una copla. Dice que un poema le puede pasar a cualquiera: que los dioses la oigan.

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Campo de Fuerza

Carmen Camacho

Editorial delirio S.L., 2012

124 páginas. 8 euros

www.carmencamacho.net

Una respuesta a “UN POEMA LE PUEDE PASAR A CUALQUIERA

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