Villaespía

Sergio Coello

En nuestro pueblo todos tiramos un poco a fisgones y nos gusta mucho entrar en detalles ocultos y morbosos sobre la vida de los demás. Por eso han tenido tanto éxito aquí las profesiones observadoras. No hay nadie censado en este lugar que no sea grumete, vigía, portera, guarda jurado, sereno o correveidile.

Es posible que dentro de cada uno de nosotros haya un detective privado tópico y típico, un sabueso sin afeitar con despacho descuidado de puerta acristalada y entreabierta a la espera de que entre alguien a contratarnos para seguirle los pasos a un tercero, solo que no lo sabemos. No hay más que ver lo desordenada que tenemos nuestra mesa de trabajo a cualquier hora, lo sucio que dejamos el cenicero del coche y el lío que nos hacemos en la cocina cuando ellas nos dejan más solos que a Harper, Pepe Carvalho o Dave Gurney. Algunos intentan resistirse con todas sus fuerzas al clima imperante pero creo que acabarán siendo engullidos ―como lo fui yo― por la misma obsesión de espiar que padece la inmensa mayoría.

Al principio, pensé que lo hacían para darse importancia y para ser alguien. Después de todo, ser vigilante a cuenta del presupuesto oficial parece un signo de lujo suntuario y te permite grabar conversaciones íntimas; sobre cualquier cosa, las conversaciones del teléfono erótico, ese confesionario  vuelto del revés en el que todos pierden su natural timidez y se atreven a decir cosas por el auricular que le podrían costar el puesto de trabajo, la carrera política  o su matrimonio/ braguetazo de jardinero con aristócrata guapa, rica y tonta.

Las calles de mi ciudad  están llenas de gentes apoyadas en la barandilla de su balcón que no quitan ojo a cuanto sucede en la calle. Y lo que sucede en la calle son esas cosas cotidianas que pueden llevar dentro mucho gato encerrado. Toda esa gente que se mueve por las áreas urbanas, no me digan que no, hace cosas muy sospechosas: comprar el AS en el quiosco de prensa para enterarse de que Iker Casillas y José Mourinho se han dado cuatro voces  después de un partido o entrar en el supermercado para llevarse dos barras de pan falso a un euro la pieza. Yo vi una vez a un tipo con barba que aparcó su monovolumen japonés en batería entre dos beemeuves y en otra ocasión descubrí a tres parejas de veinteañeros sentados en el escalón de mi portal que estaban comiéndose una bolsa de pipas enterita y luego dejaron las huellas de su crimen en forma de rodal de cáscaras dentro del mismo metro cuadrado de acera. La verdad es que si uno se fija detenidamente, cualquiera de esas actividades podría ser perfectamente una señal, una clave o una contraseña secreta para comunicar a la central que el teléfono del vecino del 5º D ya está pinchado o que, por fin, se han podido hacer varias fotografías, en posición comprometida, a esa jovencita de doble vida ―rubia y tan apetecible― que vive sola en el ático.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.