México, tal vez Colombia

Miguel Ángel de Rus



El diagnóstico era claro e implacable. Estaba sentenciado. La vida del más importante arquitecto norteamericano de finales del S.XX –yo–, se iba a apagar en menos de seis meses y lo haría de un modo nada agradable. De poco valía saberse genial cuando mis rascacielos nacían e iban creciendo en lugares llenos de encanto a mis oídos, como Utah, Dubai, Taipei, Kuala Lumpur, Shanghai o Chicago. El genio que había hecho crecer y desarrollarse a las principales capitales del mundo moderno, quien les proporcionó un nuevo perfil y las había acercado al cielo, quien se había reído de la arquitectura tradicional de piedra, ladrillos y buhardillas e imaginó nuevas formas para el cristal, el hormigón armado y el acero y elevó al máximo el concepto de eficiencia económica del espacio, quien había cambiado el concepto de ciudad, de convivencia, iba a morir por el enloquecimiento y el crecimiento desmedido de algunas células mínimas.
¿De qué me valía erigir monumentos a la civilización post–industrial, metáforas del poder de más de setecientos metros de alto, si unas insignificantes células iban a matarme? ¿Era esa la gloria por la que había luchado toda la vida?
¿De qué vale que los jefes de Estado agachen la cabeza al saludarme y se hagan fotografías junto a mí para demostrar su poder? ¿Me prolongaría un solo minuto de vida su admiración ignorante?
Sesenta y cinco años de aprendizaje, esfuerzo, adaptación a la vida y sus cambios, serían clausurados de forma rápida y repugnante por unas células que en lugar de morirse para dejarme vivir, seguían vivas y se multiplicaban frenéticas. Y las últimas semanas no serían motivo alguno de felicidad, ciertamente. 
Era seguro que iba a morir, por mucho que Christina pretendiera animarme. Era casi un cuarto de siglo mayor que ella, que apenas acababa de cumplir los cuarenta, para Christina la muerte era algo todavía muy lejano, un mal sueño en alguna noche tenebrosa, un escalofrío momentáneo, pero no una realidad cercana. Ella me decía –Estás a punto de jubilarte, la vida empieza ahora, vas a curarte y ser feliz, haremos todo lo que aún no has podido–, pero yo sabía que eran mentiras piadosas. Siempre he odiado las mentiras piadosas. Un hombre ha de afrontar la realidad; especialmente si ese hombre se ha regido toda la vida por las conclusiones lógicas de su cerebro, no por impulsos animales.
Yo sabía lo que me esperaba. No quería degradarme rápidamente hasta reventar. Consideraba lógico ser yo quien decidiera acabar conmigo y con mis sufrimientos, pero el doctor no quiso saber nada de la eutanasia. 
–En nombre de Dios, me dijo el sabio de bata blanca, ¿cómo puede pensar en quitarse la vida?
–No hay nada más absurdo que un científico hablando de sus dioses –respondí herido-. En Estados Unidos podemos arrebatarle la vida a cualquiera en cualquier parte del mundo, pero no podemos acabar con nuestra propia vida… nada coherente. 

Yo tenía claro que moriría sin dejar a mi cuerpo degenerarse, sin que mi cerebro sufriera el terrible castigo de ver cómo me encaminaba a la nada. Mi vida era mía y por lo tanto lo era su fin.
Tuve claro lo que debería hacer. Buscar un sitio en el que morir sin que nadie estuviera a mi lado hablándome de moral o intentando convencerme de que su dios cruel ama a quienes sufren, que la agonía es un premio divino. Sabía que en países como México o Colombia la vida no vale nada, que pueden matarte por unas monedas, por diversión, o simplemente porque has dado con un hijo de puta que no es capaz de pensar en otras cosas. Un amigo que estuvo en Ciudad Juárez, cerca de Texas, me explicó con horror que más de cuatrocientas mujeres habían sido asesinadas en los últimos diez años. Las secuestraban, las torturaban, las mutilaban y acababan por estrangularlas. En México había días en los que se llegaba a sesenta o setenta asesinatos, casi siempre por los cárteles de la droga. El año anterior, hubo más de quince mil asesinatos en Colombia; sólo en Medellín se llegó a los mil quinientos, mil seiscientos en Cali; por la cocaína, por el grandísimo negocio de la cocaína que tanto protegen nuestros políticos. Eran lugares donde la vida valía aproximadamente lo mismo que el casquillo de una bala. Pensé que eran buenos sitios a donde ir a que alguien pusiera fin a mi vida. Vi un reportaje televisivo en el que un joven disparaba contra otro causándole la muerte, en medio de la multitud que participaba en el Carnaval de Barranquilla. El muerto era un muchacho de veinticuatro años. «Tenemos una pelea casada», le dijo el asesino al futuro muerto. Sólo necesitó un instante para dejarlo en la otra orilla del río del que no se vuelve; los bastardos que estaban alrededor dejaron huir sin problemas al asesino. Hispanoamérica era buen lugar para morir, sí. 
Dudé tres o cuatro días si sería adecuado poner en práctica mi plan, irme a un país de narcotraficantes y meterme en su línea de tiro. Acabó de convencer a mi alma cansada una noticia que aparecía en el periódico de modo breve, insignificante: un albañil había sido arrestado por violación y asesinato de una alemana dentro del apartamento de su novio en la Riviera Maya, en el Caribe mexicano. Era un hijo de puta de tan sólo veintiocho años, apenas recién escupido a la vida, y ya dispuesto a matar con tal de obtener su satisfacción. Eran peores que las ratas. Y sus gobiernos, por alguna razón extraña, no acababan con sus sucias vidas. Por ese escrúpulo estúpido, Hispanoamérica estaba llena de asesinos felices y libres. Alguno de ellos, pensé, sería el que acabaría con mi dolor.
–México, tal vez Colombia. –Me dije.
Podía hablar lo suficiente en español como para llegar hasta el que fuera mi verdugo, pensé, y allí nadie me conocía, nadie sabría que estaban echando el telón sobre la vida de alguien que fue importante mientras duró, por lo que nadie me dejaría vivo para pedir un rescate, sino que me matarían sin más. Lo importante era el anonimato, los rehenes famosos cuestan más, a los seres normales se les mata sin problemas.
Puse a trabajar a mis amigos periodistas sobre el modo en que introducirme en ese mundo. A todos les pareció extraño, pero no pidieron demasiadas explicaciones, ni se las di.
–¿Qué se te ha perdido a ti por sitios infectos como Tijuana, Matamoros, Tamaulipas o en Ciudad Juárez.
–No quiero morir sin ver el río Grande. Me apetece seguir su curso hasta el Golfo de México.
–Pero no hay nada interesante que ver allí, y te puede suceder algo.
Sonreí. 
–Las malditas películas, dije, que han creado una mitología del lugar. Hay quien va a Casablanca sólo por haber visto una película titulada así. Llegados allí se desengañan, claro, pero han ido…
Y comenzaron a buscarme un lugar de vacaciones, el sitio adecuado para poner mi tumba. Poco podía ayudar, pues no conocía México. Mi vida profesional me retenía principalmente entre Estados Unidos y Asia. México era para mí sólo folclore, muchachas bailando con vestidos de colores llamativos, borracheras de Tequila o Mezcal, tipos de piel oscura.
Christina lloró una lagrimita en el aeropuerto, al despedirnos. Quizá intuyera que era una separación definitiva. Pero le dejaba todo lo mío; quizá la compañía de mis cosas le suavizara el dolor.
Despegó el avión. Pensé que dejaba atrás la vida, pero no; la vida venía a buscarme. Una muchacha de no más de veinticinco años se levantó de su asiento y se acercó a mí. Llevaba un rato mirándome de tal modo que me sentí incómodo. Parecía hispana, muy morena, de ojos verdes, pelo muy rizado y sabrosa como una fruta fresca.
–Perdona que te moleste –dijo con una sonrisa ante mi lúgubre semblante– pero soy una admiradora de tu trabajo creativo. El último rascacielos que proyectaste en Dubai es una obra cumbre.
Me contuve y no respondí. No deseaba conocer a nadie, que nadie me aferrara a la vida.
–Te admiro, es un proyecto impresionante; ciento noventa y dos plantas, ochocientos treinta metros de altura… has dejado en ridículo al Emirates Office Tower y al Buró Al Arab. Y la idea de que la base se sustente sobre la forma geométrica de una flor blanca de seis pétalos… y la base compuesta de arcos inspirados en los domos de la arquitectura islámica… Y sobre todo me parece genial el conocimiento del entorno, que hicieras un núcleo y tres secciones laterales que ascienden cada una a distinta altura y van haciendo que la estructura del edificio se estreche, y que las alas formen una escalera de caracol con dirección a la izquierda, rodeando el edificio para contrarrestar los fuertes vientos y las tormentas de arena… Es genial.
–Gracias  –acabé por decir, no sé si por lograr que se callara o simpatizando con su fresca desenvoltura.
–Me gustaría tanto enseñarte un proyecto que llevo ahora mismo conmigo… está guardado sobre mi asiento. Es un rascacielos para México D.F., mi primer encargo importante; bueno, con el apoyo de mi padre. Sólo con que lo vieras sería la mujer más feliz del mundo.
Respiré profundo. Era deseable, bella, fresca como una fruta tropical recién humedecida por el rocío de la mañana, llena de vitalidad, incluso de ingenuidad, si no resultara yo el ingenuo… tenía todo lo que me faltaba a mí. Pensé en la posibilidad de cambiar de planes y dedicarle mis últimas semanas de vida, ayudarla, quizá intimar. ¿Por qué no?
Miré sus anhelantes ojos verdes. Lamenté desilusionarla, pero no podía. No. Si había tomado la decisión de morir no era aceptable darme por vencido por encontrar a una muchacha bella, despierta, inteligente.
–Lo siento, –dije– aún no lo sabe nadie… Me he retirado, definitivamente. No quiero saber nada más de la arquitectura. Lo siento. Sólo busco paz.
–Sólo verlo un momento –imploró.
Me sentí débil, a punto de ceder, pero soy un hombre y he de actuar como tal. Había marcado un camino y debía seguirlo.
–Lo siento, no puedo. –Saqué una tarjeta de mi bolsillo. –Estos son los nombres y los teléfonos de mis socios. Llámales nada más llegar a México y diles que me encontraste en este avión. Puedes comentarles el número de mi asiento para que vean que es cierto. Pídeles ayuda de mi parte, diles que es un favor muy especial que me hacen a mí. Pero yo no debo acercarme ni a ti ni a tu proyecto. Buena suerte: perdona, he tomado una pastilla y necesito dormir.
Se alejó entre triste y alucinada, sin saber si debía quejarse de mi comportamiento o tirarse al suelo y besarme los pies. Qué duro es, pensé, ser fiel a las determinaciones tomadas. Había escapado a la tentación, lo cual era una victoria.
Al bajar del avión nos despedimos con un gesto de la barbilla y con una sonrisa de ella. Le mostré mi puño cerrado con el dedo gordo en alto, todo le saldría bien. 
La llegada a la ciudad resultó todo lo explosiva que puede serlo para alguien venido del primer mundo. Olores fuertes, ruidos, gente hablando a voces, niños tumbados sobre cristales, ante los coches parados en los semáforos. Podría ser México o la India. En poco más de diez días desde que tomé la decisión, en lugar de ser achicharrado por productos químicos, muriendo poco a poco, estaba en un punto indeterminado de México, donde la gente desayunaba en los puestos de la calle tamales y atole acompañados por quesadillas, o guajolotas. Escuché a una mujer anciana decir a una muchacha sonriente y muy morena “Mujer que guisa, se casa aprisa”. Sonreí, las norteamericanas no quieren casarse, prefieren usar libremente su cuerpo a unir su destino a un hombre, no quieren tener hijos que deformen su vientre. Algún día los hispanos habrán invadido Estados Unidos sin que nos demos cuenta. Y entonces será tarde si se deciden a procrear. Los hispanos serán más numerosos y más fuertes, adaptados a la dureza del medio. Los vientres yermos de nuestras mujeres son la ruina cercana de nuestro imperio. Pero ya no es mi problema. En verdad, nunca lo fue.
Me hospedaba en un hotel que habían construido los españoles antes de ser echados de aquellas tierras, un lugar con encanto. Por todas partes podías leer que era el hotel más viejo de la ciudad. 
En México con dinero eres el amo; compras a la policía, a los taxistas, a los narcotraficantes, a los que organizan la emigración ilegal, compras a la madre del Presidente de la República, si no fue vendida antes. Una buena propina a un camarero del hotel –comía con asco, lo juro, el suelo estaba tomado por inmensos insectos rastreros, salían por el desagüe de mi ducha, a pesar de que el hotel apestaba a insecticida– hizo que me buscara una entrevista con un tipo gordo y bigotudo que me citó en un antro en el que alguien lloraba unas rancheras detestables. La cita fue con un tipo denominado “el pollero”, un nombre curioso que se ajustaba a su trabajo, porque engullía al chicano en la orilla sur de la frontera para regurgitarlo luego en el suelo de Estados Unidos, era como uno de esos camiones cargados de pollo rumbo al matadero. Como la ballena del cuento, que tragó a un tipo y apareció en otro lugar. Simpático folclore. Me juró que llegaría al otro lado de la frontera sin problemas.
–¿No hay narcotraficantes que matan de vez en cuando a los miembros de algún convoy? –pregunté con falsa angustia y el corazón palpitando de excitación.
Se rió y espantó una mosca con la mano.
–No, tranquilo, el único problema son los borderpatrols, pero eso a ti, hermano, no te preocupe, tú eres yanqui, a ti no te harán nada. No sé por qué quieres probar esta experiencia, pero te aseguro que eres el único que puede estar tranquilo. Si querías unas vacaciones distintas y emociones las vas a tener.
La salida estaba prevista para una semana después. Me recogería por la mañana un camión que iría conducido por un tipo con dientes de oro, dos esquinas más allá del hotel. Lo pasé tomando el fuerte café que hacen los hispanos, nada que ver con el agua sucia que tomamos en Estados Unidos, andando por las calles, mirando a las muchachas, ardiendo por dentro con las comidas picantes que perpetran las cocineras mexicanas. Por las noches caía borracho en la cama. No me prohibí ningún exceso, estaba en las horas últimas de mi vida, esas en las que uno tiene derecho a hacer y decir cuanto quiera sin que nadie pueda reprochárselo.
Medité mis actos en esos siete días, y me reafirmé. Prefería una desaparición esplendorosa a un dolor que no me aportaría ninguna grandeza. Alguna noche pensé qué diría el mundo tras mi pérdida, pero el Tequila y la soledad me dieron la respuesta. El mundo no diría nada, quizá los periódicos me utilizaran durante algún tiempo para entretener al lector, y luego acabarían por olvidarse. La eternidad es cada vez más breve. Rascacielos más grandes que los míos centrarían la atención de la gente en poco tiempo, o una nueva guerra para robar petróleo a otros países, o quizá cayera un meteorito grande como un estadio de baloncesto en Iowa y desapareciera la vida en la Tierra por miles de años. Ya no sería, en todo caso, mi problema.
La mañana indicada me levanté muy temprano. Tomé un buen desayuno. Salí del hotel sin dinero ni tarjetas, con mi ropa más cómoda y en la mano una bebida de quinto de litro a base de agua, manzana y maracuyá. Cuando me vio subir el conductor farfulló algo así como “¡Ay, Jonás, dijo la ballena cuando lo sintió en el ombligo!”. Ante mi cara de extrañeza aclaró que era una forma de mostrar sorpresa. No conocía suficientemente el español, estaba claro. Enseguida estuve metido como ganado en un camión junto a hondureños, guatemaltecos, brasileños, ecuatorianos y dominicanos, rumbo a algún lugar de la frontera de México con Estados Unidos, posiblemente Brownsville. Había dejado mi ropa cara, mis perfumes, mis cremas faciales, y me cubrían sólo unos tejanos, una camisa vulgar y un jersey de colores estrambóticos con los que pasaba como uno más entre aquellos seres transparentes. Sólo mi acento me delataba, pero no importaba a nadie; los traficantes de personas habían cobrado su dinero, y los demás seres hacinados en el camión se conformaban con sobrevivir y escapar de sus míseros países. Éramos ganado y nada pretendíamos saber unos de otros. Quizá soñaran con un trabajo descargando camiones o limpiando casas y la ropa sucias de unos tipos acomodados. La vida no tiene nada que ver con las sonrisas brillantes y perfectas de la gente que nos cuenta la realidad desde los estudios de televisión. La vida es justo lo contrario del espectáculo que nos muestran. La vida es pensar en lo que vas a hacer y descubrir que ya no te queda tiempo. Vas a dar el gran salto de tu vida y descubres que bajo tus pies no hay suelo, sólo el vacío.
Escuché a un tipo menudo decir “jugarse la vida pa’ huir de la miseria, y aluego dicen que hay dios”.
El que estaba a su lado cabeceó. 
–Si no te estafan los polleros, te secuestran los narcos, te puedes perder en el desierto o que te disparen los policías gringos. Quizá tengamos suerte. Ya veremos de qué lado masca la iguana.
 “El pollero”… me acordé de la definición; un nombre simpático. Éramos pollitos en el vientre de mamá gallina, algo más de setenta indocumentados, la mayoría hombres jóvenes y de mediana edad. Había pocos que pasaran de los cincuenta años. También había algunas mujeres, de todas las edades. Apestaba a olor de humanidad, a sudor de gente sucia y llena ansiedad y miedo. El tipo de mi lado sacó tabaco y me ofreció un cigarro. Lo rechacé con un gesto. En verdad, no quería mezclarme con ellos.
–Intenté trabajar como arquitecto –dijo a su interlocutora un muchacho moreno y barbudo, sentado enfrente de él– para eso hice la carrera. Pero me valió calabaza. No tengo un padre rico ni pertenezco al partido. Así que voy a los USA a hacer fortuna y regresar a mi casa próspero, porque este pinche país nos echa…
–No se me achicopale –le respondió en voz baja la muchacha. –Levante el ánimo. Ya verá como tiene un futuro lindo. Mire yo, que dejo aquí un hijo de tres años y a mi marido para buscar qué comer. Esa si es pena.
Maquinalmente eché la mano a la cartera para darle una tarjeta al muchacho y decirle que se bajara inmediatamente de aquel camión que no llevaba a ninguna parte. Pensé decirle, corre, sal de aquí y vete a la ciudad, llama a estos teléfonos y di que eres mi amigo. Pero el gesto se me heló algunos segundos… y de repente sentimos un frenazo, caímos unos sobre otros y escuchamos voces en un español áspero, de gente inculta y bestial, de vida asilvestrada. El ganado que me rodeaba comenzó a gemir, a lloriquear, algunas mujeres rezaban, como si su dios fuera a interceder por ellas. Supongo que estaban avisados de los peligros. Nos abrieron las puertas y cuando pudimos adaptarnos a la luz que entraba vimos que estábamos rodeados por un convoy de zetas; esos delincuentes salidos del pútrido ejército mexicano, ejercitados contra la insurgencia por mis compatriotas y convertidos en los peores perros rabiosos de América. Esos perros bastardos iban a ser, sin duda, quienes me dieran la libertad de mi cuerpo.
Metieron violentamente al conductor del camión detrás, junto a todos nosotros. Íbamos hacia nuestro destino y todos parecían intuirlo. Poco después vimos que nos habían llevado a un rancho. Nos hicieron bajar.
Un tipo cincuentón, de rostro quemado por el sol, barba sucia y gesto depredador nos habló como si se dirigiera a sus perros y nos ofreció trabajar para ellos, en el narcotráfico.
–Bajen pronto o los haremos bajar a lo buey. Rápido, a mi no me chinga Bato ni me fornica Bartolo. Se me respeta. Bueno, esta es la historia: pueden ganar quinientos dólares cada semana, mientras sigan vivos. 
Se detuvo y sonrió de un modo despreciable. Miró su revolver con cariño. Dijo de un modo displicente unas palabras que sonaron como “pinches pendejos” y escupió al suelo. Repitió la propuesta, pero nadie aceptó.
–Está bien que respeten la ley, pero ella no los va a salvar. 
Nos miraba con sorna y desprecio. Se encaminó a una muchacha vestida muy pobremente, de no más de treinta años, y le dijo:
–Güerita: ¿sabe por qué traigo la ropa tan sucia? 
Ella tembló sin atreverse a responder, hasta que él le tocó en un hombro de un modo amenazante:
–No sé. Quizá arreglaba las camionetas en las que trasladaban a los emigrantes. –Dijo ella en susurros.
El perro se rió a carcajadas. 
–¡A todo dar! No soy mecánico. Soy un carnicero, pero no de bestias, sino de personas. Mi trabajo es deshacerme de la basura que no paga cuando se les secuestra o de las basuras humanas que no quieren ser nuestros sicarios. A ver, una última oportunidad. ¿Alguien quiere ser sicario y ganar mucha plata o prefieren que los encerremos y decidamos después qué hacer con ustedes? No estén callados no sea que los deje aquí achicharrándose al sol. Aquí el sol es muy traidor. Ya lo hemos comprobado con otros mudos.
Siguió hablando con su voz alcoholizada y bestial. Intuí que aquella era, por fin, la hora de la muerte. El país estaba poblado de fosas comunes llenas de personas asesinadas por los narcotraficantes, las había en Tijuana, Yucatán, Guerrero, Terán, Anáhuac, Montemorelos, Allende, García, Victoria, Monterrey, Sinaloa… Lo lógico hubiera sido que el Estado hubiera acabado con todos aquellos asesinos, pero gracias a la inoperancia de las autoridades  no serían las células multiplicándose sin cesar quienes acabarían conmigo, sino aquellos hijos de mala madre. Mejor un tiro que la larga degeneración, la agonía lenta, la súplica de un poco de morfina. 
Negociaron durante algunos minutos más la incorporación a sus filas de alguno de nosotros sin éxito. Quizá sólo fuera alguna manera extraña de perpetrar una última burla a sus víctimas y no tuvieran la más mínima intención de buscar refuerzos. Supuse que nadie se ofrecería a formar parte sus filas por temor a ser el primer muerto. Levantar la mano podía suponer recibir el primer tiro.
–Veo que son todos agachados. A lo más que se atreven es a agarrarse del chongo. Son putitas todos ustedes.
Repentinamente un muchacho casi negro salió corriendo en zigzag, pero una ráfaga de metralleta le hizo saltar entre chispazos de sangre y gemidos antes de callar para siempre. El tipo le miró con desprecio.
–Hemos tenido que quebrarle. Él se lo buscó. Ahí te quedas torcido, por pelar gallo.
Por un momento he pensado en intentar huir.
Pero no sé si por escapar de la matanza que se preveía o por adelantar el momento en que me destrozaran a balazos y acabara todo.
Uno a uno hemos sido colocados contra la pared dentro de esta bodega de maíz, entre gritos, amenazas y una estúpida jactancia. Nos han dicho que agachemos la cabeza, que la pongamos contra el pecho. Todos lo hemos hecho como si fuéramos ganado. ¿Por qué nadie se ha rebelado? ¿Piensan que sus dioses crueles han decidido que ha llegado la hora de sus muertes? Yo he buscado a Catrina, a la desnarigada, como llaman estos cabrones a la muerte, pero ¿cómo podían ser tan mansos aquellos tipos que iban a acompañarme a la nada?
Se dirigió a mí por la espalda. Sentí el mal olor de su aliento.
–¿Y qué se le ha perdido al gringo por aquí? Porque es gringo, ¿verdad? Con esa pielecita sonrosada como la de un chancho… ¿Quería conocer mundo? Eso es bueno.
Me pasó el cañón de su revolver por la nuca. No respondí.
–¿Sabe que le vamos a tratar gacho? Me había llegado el grillerío de que venía un gringo en el camión. –Metió la mano en el bolsillo trasero de mi pantalón y sacó mi cartera. –Vamos a ver cuánto tiene… El carné de conducir, unos pocos billetes y ni una tarjeta de crédito. ¡Ah, jefe, qué precavido! Así no le roban. Mejor ir al infierno pelado que con peso en los bolsillos. Pues ahí le va, pues.
Se alejó.
Un tipo de voz áspera, sucia, ha dicho a mi espalda “La tirada es acabar esta chamba ya”. Parecían impacientes, cobardes militares bastardos necesitados de huir como hienas asustadas. Deplorables como defensores de la ley, peores aún como delincuentes. Perros.
Me he despedido de mí mismo. La vida, en el último momento, resulta no ser tanto como se esperaba. Me ha llegado el dolor un instante antes de escuchar el crepitar de las metralletas, una ráfaga me ha cruzado por encima de los riñones. Es terrible, inhumano, pero no tanto como meses de muerte lenta. Estoy caído sobre el suelo y siento la sangre bañarme, no puedo soportar el dolor. Todas las sensaciones del cuerpos se focalizan en una sola, cruel, insufrible. Poco a poco siento como si el alma se marchara de mí, quizá sólo sea que la sangre no me llega al cerebro.
Tras las ráfagas se oyen disparos sueltos. Uno, dos… el sonido es cada vez es más cercano. Escucho como entre sueños que un jodido bastardo dice de alguien “ya se lo llevó la chingada”. Esos hijos de puta –pienso con dificultad– están dando el tiro de gracia a los moribundos. 
En un instante ese tiro será para mí. Va a llegar mi último segundo, el anhelado. No me arrepiento. Quería morir y voy a morir. Nada más. Nada.
Anuncio publicitario

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.