Juan Alberto Campoy
La navidad puede ser una época realmente jodida. Una y otra vez vuelven los recuerdos de aquellas otras navidades en las que fuimos dichosos, aquellas navidades de la infancia (las únicas merecedoras de tal nombre) en las que todavía no conocíamos el significado de la palabra nostalgia y en las que la muerte no era más que un fantasma que vagaba extramuros del castillo de la felicidad familiar.
Tumbado en el suelo y protegido apenas por una raída manta del frio de la mañana, el mendigo intentaba no pensar en nada, abstraerse del ambiente festivo que por doquier le rodeaba y de la falsa camaradería que de repente se había apoderado de todo el mundo, y que se marcharían, ambiente festivo y falsa camaradería, no bien hubieran terminado las vacaciones navideñas. Él no tenía en realidad nada que celebrar. Nadie celebra la pobreza, el frío y la soledad.
Cuando Rosa y su nieto Guillermo pasaron por delante del señor de largas barbas y abundante melena, el niño le saludó con estas palabras: “Hola, rey mago”. Aunque casi imperceptible, una sonrisa se dibujó en su rostro.
