La lucidez

Julio Fernández Peláez
Con la llegada de aquel extremo verano, la ropa se puso carísima. Para colmo, y por culpa de incuestionables preceptos de ahorro público era imposible adquirir detergente, así que nuestros gobernantes no tuvieron más remedio que fomentar secretamente el nudismo entre la clase obrera.
Cuando los tiempos empeoraron aún más, y unos pantalones (incluso los reciclados con arena y fabricados sin controles sanitarios en China) llegaron a costar tanto como el sueldo de un mes y medio, nuestro presidente no sólo admitió el desnudo como medida de ahorro sino que lo consideró motivo de fuerte estímulo laboral.
“La ropa es sólo un motivo de hacer visible la desigualdad”, llegó a decir.
“Al carajo las marcas”, añadió el vicepresidente.
Los primeros en dar ejemplo, de hecho, fueron las fuerzas de seguridad. El Jefe Mayor del Ejército apareció un buen día como su madre lo trajo al mundo frente a las cámaras de televisión dando un discurso sobre la belleza de la piel bien hidratada, y a partir de este discurso se puso de moda y se institucionalizó la desnudez.
La gente andaba desnuda y con toda naturalidad (tanto en playas como calles como mercados como en su casa).
El ahorro en ropa y detergente fue mayúsculo, en especial para quienes siempre llegábamos justos a finales de mes.
Desde fuera del contexto nacional, la noticia fue utilizada como un ataque a la lucidez mediterránea (tampoco faltaron ataques internos, en especial desde los rígidos posicionamientos ultraortodoxos de algunos partidos de la oposición minoritaria). Incluso hubo una Asamblea de la ONU para debatir una propuesta de sanciones a nuestro país por este motivo (no es que la ONU considerara la desnudez algo malo en sí mismo, lo pernicioso era su escabrosa evidencia y el escándalo de patrocinarla por parte de un estado; la propuesta fue rechazada gracias al veto de Palestina).
(Desde mi humilde punto de vista, lo que se colocaba en tela de juicio no era la decencia de las gentes desnudas sino la indecencia de la mirada puritana al ver a sus soldados, ministros, guardias civiles, alcaldes, jueces, obispos y demás agentes de los poderes públicos en pelotas).
Fue una pena que con la desaparición del cambio climático volvieran los duros inviernos.
Las inauditas e insoportables heladas casi nos obligan a fabricar abrigos obreros con los callos de nuestras manos. 
 

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