"Polvos ilegales, agarres malditos", de Fernando Morote

Mac Inculking
 
Hoy he venido a hablarles de un libro cuyos ingredientes principales son, en ese orden:
Sexo.
Sexo.
Sexo, y
Sexo.
En menor medida, la obra presenta otros ingredientes entre los que destaca sobre todo el sexo. La obra me ha gustado mucho.
 
Tiene entre sus defectos, uno: que no se puede conseguir fácilmente en España. Y sospecho que fuera de Perú, tampoco. Posiblemente el mundo editorial tradicional dirá a esta objeción que eso es un problema de España y demás países extraperuanos, lo cual no voy a discutir en el breve espacio de esta reseña, puesto que excedería sus propósitos. Por Dios, no quisiera yo opinar sobre modos de distribución, como un vulgar presidente del FMI. En absoluto. Ni siquiera habida cuenta de cómo el anterior presidente del FMI, el ínclito e impepinable Dominique Strauss-Khant, podía perfectamente haber sido el protagonista de este libro. Libro que paso a reseñar.
Son cuentos.
Son cuentos eróticos.
Son cuentos erótico-festivos que se definirían mejor como pornográficos. 
Son cuentos porno, eso es. Y los ha escrito Fernando Morote. Peruano. Peruano asilado en Nueva York por orden de la santa Globalización. No menos arrojado en el intento ha estado Max Palacios, su editor. El artífice de esa editorial limeña llamada Bizarro Ediciones, que dará que hablar si sigue en esa línea (y logra distribuir en el extrarradio del Perú).
Los relatos, en manos de Fernando Morote, se modelan como piezas breves, punzantes, de efecto inmediato y certero. En esa modalidad Morote es un narrador avezado, que consigue lo que quiere, y en el menor tiempo posible. Así, cada relato es un polvo, y se lee con la misma efusión que si se lo practicara. Lo mejor del libro es que una vez logrado el clímax en apenas dos páginas, el lector tiene a continuación el siguientes orgasmo listo para ser corrido (caso de ser español) o tirado (caso de peruano). 
La cantidad de relatos-polvo refleja, como don Juan, que el amor loco es capaz de recorrer toda la escala social. E incluso todas las posibilidades vitales, en el caso de este protagonista llamado Judas, que solo tiene en común con el otro su capacidad de joder, pero no su capacidad de traicionar. Judas no traiciona nada importante, y sobre todo, no se traiciona a sí mismo. Su esencia lasciva se desata ya en la oscuridad de sus primeros años (es un chico precoz), cuando levanta las sábanas mientras duerme ese amor primero que es (lo sabíamos desde Edipo) nada menos que su madre. Desde ahí y hasta el final encontramos pasiones latentes con sus tías, los primeros besos con niñas del colegio, juegos eróticos con vecinas, con desconocidas, con furcias, flirteos con el sexo amigo y un ejercicio manual continuo de experimentación vergal presente en todas las etapas de la vida. Vida alegre, muy alegre, tanto que esquiva de principio hasta (casi) fin el asunto de la moralidad. Una moralidad que no existe. Que si existe solo se ha inventado para coartar la felicidad. Que si se practica los domingos en la iglesia es solo eso, un juego de domingo que no tiene incidencia en la felicidad de la rutina sexual.
La estructura es inteligente. Cada texto se abre con una referencia intertextual: dos o tres versos de una canción de moda (que puede ser de Camilo Sesto o de Queen). A continuación, el relato-orgasmo, siempre intenso. Para cerrar el bloque, un diálogo hiperbreve, como un disparo, que parece extraído de la experiencia personal del ¿autor? ¿protagonista? Disparos inteligentes en todo caso que obligan a focalizar situaciones que, en sí mismas, podrían constituir otro microrrelato. En este caso, sobre el matrimonio y sus consecuencias.
El final se lee como una novela. Judas, el protagonista, vive en los Estados Unidos. Está casado. Tiene un empleo medio-bueno, habla un inglés medio-malo, su vida sexual es medio-angustiada. La alegría ya no es tan promiscua a su alrededor. Aunque siempre le quedará internet. Son cuentos de una decadencia interesante que culminan en frases de una humanidad a prueba de balas. 

“Acostumbrado a sufrir el dolor cosmético de viajar en colectivo y sentir la poesía intrínseca de movilizarse en ómnibus, esa lluviosa mañana de abril tuvo la certera impresión de que aquella hermosa criatura cambiando de asiento se enamoró de él tan pronto lo vio subir” 

Delicioso. Si después de leer fragmentos así, uno descubre que quien lo mira embelasada ya es una niña de cinco años, entonces el deleite llega a dimensiones orgásmicas casi espirituales. Es el otro lado de la sexualidad, la que se logra en la decadencia. La que no habría entendido Judas sin esas docenas de experiencias que Fernando Morote ha registrado en este libro que, créanme, no es justo que siga en Perú encerrado.

“Sé que eres un hombre enfermo (le dice su mujer: habla de sexo). Sigo contigo porque también lo haría si tuvieras cáncer o sida”.

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