Dile que no le has amado nunca, insiste Gatsby, anda, Daisy, dile a tu marido que siempre me has querido a mí y no a él. Es una escena maravillosa. Imagínate, una mujer le dice a su marido, delante de su amante, que no le quiere, en una tarde de verano sofocante, en la ciudad de Nueva York, en los años veinte. Daisy tiene que decirle a Tom estas tres maravillosas palabras: “Nunca te quise”. Pero el amor acaba dando igual, y esa bruja de Daisy sigue con ese pedazo de idiota de su marido. Y Daisy, al final, no quiso a ninguno de los dos, ni al idiota de su marido ni al loco de su amante. Así son estas mujeres de la literatura. Pero es muy bonito. Todo es excelente en el mundo de la literatura. La desdicha es excelente, el desamor es excelente, la muerte es excelente. La literatura es la excelencia. Y además, Gatsby está en la cumbre del mundo porque está enamorado, y en el fondo qué más da que te quieran o no te quieran. Lo importante es ser Dios, como Gatsby. Lo importante es ser literatura. Eso nos dice Scott Fitzgerald, y yo estoy de acuerdo con él. Mucho sabía Francis de la vida, si no sabes de la vida, no escribas nada. Es mejor así. Por eso Scott se mató bebiendo.
Daisy ha hecho que me acuerde de Anna, la protagonista de una película de Louis Malle titulada Damage. En España se estrenó con el título de Herida. La película de Malle y la novela de Scott Fitzgerald tratan el mismo tema. El tema del “nunca te quise”. Jeremy Irons descubre al final de Damage que su Anna, interpretada por Juliette Binoche, era una mujer vulgar y corriente. Una hijadeputa normalita. Irons destroza su vida, causa la muerte de su hijo, por una mujer idiotizada. Gatsby lo mismo. Los dos son dos personajes cervantinos.
Porque todo esto ya lo dijo el mayor energúmeno que haya dado la literatura universal: claro, Cervantes. Bueno, el asunto es que no le hicimos caso, a Cervantes. El célibe Don Quijote alucina con las mujeres. No ve lo que son. Gatsby y Jeremy Irons siguen alucinando con las mujeres. Al hecho histórico de alucinar con las mujeres, los hombres, que somos los que hemos construido la historia de la cultura occidental, lo hemos llamado Romanticismo. Ya sabéis, acordaos de las célebres y patrióticas golondrinas del tuberculoso/sifilítico. Al tuberculoso/sifilítico tampoco lo quisieron las mujeres. También es de la cofradía del “nunca te quise”. Me encantan estos versos, este gran himno a la sífilis y al amor sin condiciones:Una mujer me ha envenenado el alma,
otra mujer me ha envenenado el cuerpo;
ninguna de las dos vino a buscarme,
yo de ninguna de las dos me quejo.
Ni Daisy ni Anna fueron a buscar a sus enamorados. Ellas estaban muy tranquilas en sus casas, tomando el sol. Ellas dos crecieron en los cerebros de sus novios como dos grandes idealizaciones. Bécquer, más cervantino que Fitzgerald y que Louis Malle, no se queja. No te quejes nunca del “nunca te quise”. Bécquer, eres un santo. Si a las mujeres les hubieran permitido construir la historia de la cultura occidental, tal vez los hombres seríamos unos hijosdeputa y ellas unas diosas enamoradas. Ellas serían Gatsby y nosotros Daisy. Ellas Don Quijote y nosotros recipientes sifilíticos vintage. No damos para mucho como especie política. Así que, en conclusión, me gustaría ser una mujer. I want to be a woman. Mejor Santa Vilas de la Cruz. Ser hombre es viejuno. Lo cool es ser mujer. Sí. Me voy a morir sin ser mujer, y eso me está matando.
