El teléfono y el silencio

Francisco Legaz
 
 
  Estoy sentado al lado del teléfono. A veces parece que va a sonar. Noto su temblor, su fuerza su brillo. Siento cómo su orgasmo de palabras está a punto de estallar, pero no suena. 
   Estoy tan familiarizado con las cosas que me rodean que solo me son visibles cuando me hacen falta. Ahora el teléfono está ahí, en mitad del salón, haciéndose presente con fuerza y luz propia. 
   Lo descuelgo un momento para ver si funciona, si está averiado, pero su pitido en La Mayor está ahí, siempre igual, constante.
   Vuelvo a colgar imaginando a las palabras amontonadas en alguna sala de espera, en expectativa de destino, apelotonadas en el cable. Un coágulo de palabras desordenadas.
   Voy al baño; dejo la puerta abierta por si acaso. 
   Vuelvo a su lado, lo toco y parece que está caliente. Abro la ventana pero el ruido del tráfico me asusta; es demasiado ruido. Vuelvo a cerrar. Hace calor; no quiero ducharme. 
   Hace una semana que no me llama. ¿Dónde estará? ¿Pensará en mí? ¿Se habrá olvidado? Nadie se olvida en una semana, pero una semana es eterna. Sé que el mal es la indiferencia. 
   Lo toco otra vez. Ahora está frío. Me quedo dormido y sueño que el teléfono se cae y deja el suelo lleno de palabras desparramadas. Me agacho enloquecido y trato de formar frases, pero no encuentro los verbos necesarios. Suena el timbre. Sobresaltado me despierto cuando aún el sonido no ha muerto. Compruebo que sólo ha sido un sueño que se ha colado un poquito en la realidad; como todos los sueños. 
   Vivo, desde hace días, con la sensación de sentirme instalado en un pasado borroso y espeso que no termina nunca de disolverse.  
   Me mojo la cabeza para despejarme. No quiero utilizar el secador; demasiado ruido. Quiero el silencio, quiero que llame, que se acuerde. Confío en el vacío de la tarde, que nos ataca a casi todos a las siete más o menos. Es mi única esperanza, pero me sirve para aguantar también hoy. Todos lo sentimos. Son las siete y quizás decida llamar, pero me da miedo que no lo haga. No sé qué es mejor, si seguir aguantando los peligros de la verdad, de la cruda realidad, o la seguridad del silencio. 

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