Francisco Legaz
Como muchos españolitos estoy orgulloso de ser un reprimidito, criado en ambientes religiosos de los años sesenta y, por lo tanto, con un superyo hiperdesarrollado, que no me deja en paz ni a sol ni a sombra. Y con este bonito y atractivo palmarés, llevo toda mi vida luchando por ser feliz, consiguiéndolo a veces fácilmente, y otras veces solo a medias.
Pero un día conocí a un editor, del que no quiero dar el nombre, no vaya a ser que todos lectores le conozcan, dado que entre otras cosas me dio hace muchos años por escribir, que me aconsejó una de las cosas aparentemente más saludables que me han aconsejado en toda mi vida.
Me dijo, como si no tuviera importancia, lo siguiente: “¿Por qué no sacas al hijoputa que llevas dentro?”
Después de escuchar aquello me fui directamente a donde vamos todos a meditar: a un centro comercial. Me senté en uno de los bancos que han dispuesto para jubilados en estos lugares, pensativo y dudando mucho, hasta que de pronto vi claramente algo que hizo que mi vida cambiara para siempre. Unos padres trataban de entretener a su niño, que no paraba de molestar y llorar y, como si fuesen auténticos magos, sacaron de su bolsa de plástico/chistera, un muñequito verde. Tenía el pelo verde, la cara verde y eso sí, sonreía a pesar de todo. Era un brócoli de plástico.
El editor no tenía ni idea o sí, no lo sé, pero su consejo produjo en mí unos efectos devastadores. Hay que tener mucho cuidado porque las palabras, al igual que las balas perdidas, pueden hacer mucho daño. Nunca se sabe a dónde pueden ir a parar.
Inmediatamente me puse a rebuscar en mis polvorientos interiores, en busca de ese hijoputa y para mi sorpresa lo encontré. Estaba ahí, en expectativa de destino, aburrido y harto de tanto encierro y oscuridad. Y no tuvo inconveniente en salir a enseñarse por esos mundos que, hasta entonces, le habían estado totalmente vedados.
¿Por qué no voy a poder ser yo un escritor salvaje o similar? Tengo que decir lo que me dé la gana, lo que se me antoje, sin ningún tipo de tapujos.
Empecé a escribir en ese nuevo y saludable tono que me liberaba de la represión de tantos años, dejando fluir cómodamente a ese personaje que parecía que llevaba dentro. Y aparecieron mis primeros resultados. Yo los releía con placer observando el posible efecto que causarían en los supuestos y escasos lectores. Parecían perfectos. En ellos no se expresaba ninguna clase de sentimientos. Narraba las cosas desde una distancia tal que me hacían parecer ajeno a todos y a todo. Parecía un extraterrestre que observaba al género humano sorprendido sin entender casi nada.
Entonces di el siguiente paso, que consistió en dar a leer mis nuevos escritos a las personas que me rodeaban. Algunos me dijeron que eran graciosos, pero no hacían más comentarios. Otros, quizá los más cercanos, ponían un poco cara de susto. Y alguno me lo dijo claramente a la cara: “No te das cuenta, pero tú eres un psicópata”. Después suavizó algo su diagnostico, quizás por simple piedad, y lo afinó un poco más diciéndome que era un psicópata integrado. Bien. Vamos bien.
Pero hay un problema. ¿Somos lo que decimos, lo que expresamos, o todo esto de la literatura es nada más que un puro artificio?
Antes lo tenía muy claro, pero ahora empiezo a dudarlo. Antes me defendía diciendo aquello de que no me hacía responsable de lo que decían mis personajes, pero luego no se trataba de lo que decían. Ahora es que parece que el escritor de esos personajes es un chalado que los crea a la imagen y semejanza de sus propios diagnósticos.
Mi maligno editor, me ha convertido en un hijoputa, y no sé si pedirle daños y perjuicios, o invitarle a unas gambas. Sin darse cuenta, gracias a él, estoy haciendo limpieza en mi subconsciente y no veas lo que está saliendo de ahí. A veces hasta yo mismo me sorprendo y me asusto un poco. Aunque miedo, lo que se dice miedo, no tengo porque sé que, a lo sumo, lo más que puedo hacerme a mí mismo con todo esto, es algo tan superficial como arruinarme la vida. Al fin y al cabo es lo que hace, más o menos, todo el mundo.
He descubierto que aquello de que soy buena persona, tranquilo, paciente, que me gustan los niños, los animales, la ecología; todo aquello es un puto cuento chino. Mis personajes se han convertido en seres despiadados sin sentimiento ninguno, egoístas y peligrosos, a los que lo único que les preocupa es satisfacer sus más bajos instintos a cualquier precio, que por supuesto ellos nunca pagan, porque cargan todo en la cuenta del prójimo inocente. “Por fin estás dando la cara, cabrón”. Me dicen. Y yo sonrío con la satisfacción del deber cumplido.
A partir de ahora tendré que tener cuidado, es la única pega, porque mis novelas, mis relatos y artículos, podrán ser usados como pruebas contra mí, en cuanto cometa el más mínimo delito, aunque sea saltarme, no ya un stop, sino un simple ceda el paso.
