Secta

José Manuel Fernández Argüelles
Surgía la palabra en la boca divina de aquel hombre con mirada lejana, pero hombre al fin, quien nos dejaba oír su ilusión del universo, de la vida y de la resurrección, nunca la muerte definitiva, siempre excluyendo, por delicadeza, la irreversible. Su voz era canto y era dulce, grata a nuestros oídos; así, el timbre de su voz, como el canto, nos evadía y elevaba, nos transportaba al imaginario mundo donde sus palabras, en el aire, dibujaban con precisión una arquitectura celestial. Veíamos, porque oíamos, cómo era el universo, su explicación y destino. Casi tocábamos los planetas, las estrellas y a nuestros antepasados.
Sí, surgía la palabra desde aquel hombre sencillo, quien nos hablaba con la sabiduría y la belleza de los parecidos a un Dios, y nos dejábamos convencer con la emoción del hijo que escucha al padre; caíamos rendidos ante su voz suave y clara, la cual descifraba lo que éramos y de dónde proveníamos, que nos indicaba un camino sublime y negaba nuestra muerte definitiva; ni catástrofes, ni predicciones científicas acontecerían. ¡Es tan fácil creer a quien promete la felicidad, a quien te descubre el origen de las cosas y tu propio destino, a quien traza el camino mejor para que tú lo sigas!
Y entonces un rayo de luz negra, como lanzado por el sueño del diablo, cruzó mi mente en la fracción que un pestañeo necesita para atravesar la claridad hasta lo oscuro.

Cuando mayor era la emoción imbuida por el hombre santo, cuando mi mente parecía flotar en una apacible balsa de quietud espesa, el pinchazo, siempre molesto, de la duda surgió de algún rincón en mi cerebro, ese donde se asientan las pesadillas, el que no duerme nunca, el habitante de la oscuridad aún durante el día más claro. Alcé la mano en medio de la reunión, y tuve la sensación de pecado, de sacrilegio, de suciedad. Si en ese momento un rayo me hubiese cercenado el brazo alzado, lo habría comprendido. De hecho, las miradas de todos los acólitos, así parecían esperarlo; pero no la del hombre santo, quien guardó silencio tras una sonrisa hermosa, y por fin, dijo:

Dime, hermano; háblanos y añadió, adivinando quizá mis pensamientos, cuéntanos tus dudas, escupe la voz que te ata al suelo, esa que te impide volar con nuestra sabiduría.
Pero mi voz no cantaba, no traducía esa fracción de pensamiento alterado, no lograba encontrar las sucias palabras amasadas por mi innoble mente en el rincón del pensamiento indómito. Aun así lo intenté con torpeza y ridículos ademanes inseguros:
—Yo me pierdo en tu camino —comencé diciendo, quiero creer, pero me disipo en algún recodo de la línea clara que nos marcas, o mejor dicho, me extravío por la falta de recodos, por ser tan sencillo y recto lo que explicas, me confundo por ser tan fácil no perderse en el destino simple de tus ideas. Creo que mi vida es más enredada. Incluso te diría que la deseo así, compleja y variada, no como la del animal guiado por la vara del pastor.
Ahí detuve mi discurso por sentirme muy confundido. El maestro también guardó silencio, y en su mirada noté una dureza desconocida hasta entonces. Eso me puso más azorado, y quise explicarme mejor como única salida a la desagradable expectación creada, sobre todo para aliviar el peso de aquella mirada, que comenzaba a ser cruel.
—No puede ser tan fácil, tan sencillo dije. El camino que recorremos lo haría un ciego: yo no quiero ser un ciego. La senda que nos marcas la recorre un niño, y yo no me siento un niño.
De nuevo callé por no encontrar más palabras con las cuales explicar lo que en mi entendimiento pugnaba por salir, y todos dejaron de mirarme, salvo el hombre santo, quien con sus ojos me obligó a agachar la cabeza y mantenerme, a partir de entonces, mudo.
Esa noche me aislaron en un cuarto. Los compañeros y hermanos no deseaban mi presencia, dijeron. Esa noche comenzó con la angustia y el miedo, pero, ante mi sorpresa, pronto el sentimiento cambió de la inseguridad asustadiza a la convicción de que era yo, y no el divino maestro, quien tenía razón. Seguía sin poder explicarlo, pero lo entendía dentro de mí. Lo entendía sin palabras, sin cavilaciones, sin las razones de un sabio, sin expresiones bellas, que eran la especialidad de quien había dejado de ser, esa noche, mi guía.
A partir de mi nueva convicción, todo resultó fácil. Salté, buscando la huida, por una ventana, y el dolor del tobillo derecho, al torcerlo en la caída, me hizo sentir más fuerte. Esa torcedura significaba el dolor, el daño necesario para iniciar el camino propio. Mi camino.

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