Yo quise ser Lord Byron

Santiago García Tirado*
 
Una silla de anea, un buen vaso de vino frío, la tarde muriendo bajo la fragancia de una parra no son, desde luego, las mejores condiciones para escapar de un griego hablador. Cuando entendí que lo que pretendía el griego no era más que capear su soledad aprovechando que me tenía de público, traté de reaccionar, pero entonces fue en vano.  El calor me había descompuesto el brío, y me enervaba como si del mar hubiese salido una horda de sirenas a atarme para siempre al suplicio de morir en esa silla, cegándome con los miles de oros y malvas con que arderían todas las tardes de todas las vidas que me quedaran por delante. La otra parte la puso el veneno robado del templo de los dioses tristes, que sorbo a sorbo fui tomando del vaso milagrosamente siempre lleno.
En ese estado de abandono me fueron arrastrando a su antojo los cuentos del marinero, sin que le importase que uno ya tiene también el alma curtida por sus propios taninos, ni que a veces hay heridas olvidadas que vuelven a supurar sin venir a qué. Salpicando su mal inglés de palabras robadas a los marineros italianos, a los árabes de Alejandría, a los sefardíes de Esmirna, tres veces hijos de la diáspora, el griego me hizo reír, levantó mi indignación, exacerbó mi lascivia, me aterrorizó, despertó el azote de la nostalgia, me movió a piedad, me indujo a la perversión. Y todo lo logró a su antojo. Como quiso y cuando quiso.
La historia fue su historia, y la historia de sus antepasados, y todas las historias. Me habló de la vida en el mar, de los vientos ignotos y las olas que besan el cielo y abren las fauces del abismo.

Me relató sus escarceos amorosos, todavía fugaces y torpes en Atenas; ardorosos y desmedidos en la Sudáfrica que le brindó la furia de la selva tanto como la fineza de las hijas de los bóers; esquivos y fríos en la Australia que prefirió la flema británica a la exuberancia de los mares del Sur. Me fue desgranando una a una las historias de la antigua Grecia sin saber que lo eran. Me describió a su padre enamorado de su tierra y afable, paseando por el pueblo con su buen par de pistolas siempre cargadas, más un alfanje calado en el cinto, para que nadie dudase de que la sabiduría empezaba con la defensa del propio pescuezo. Me reveló dónde guardaba los tesoros de una tumba micénica que los alemanes no habían sabido expoliar a tiempo. Me transportó a la guerra con los turcos, y me contó las violaciones de las mujeres, las torturas de los hombres jóvenes, las traiciones y las venganzas que llenaron la vida de sus ancianos. También cantó algunas canciones griegas que no entendí, pero que no podían sino hablar de amores perdidos, de tierras añoradas, de la humillación de los dioses. 

No sé en qué momento desapareció el griego. Cuando quise echar cuentas, el día se había marchado y del mar llegaba un olor a rosas que lo penetraba todo. El camarero me sonrió al ver que la vida volvía a regar mis miembros después de una larga siesta, y sin que le hubiera pedido nada me regaló con un vaso de agua fría que me supo a gloria. 
 
*Del libro Todas las tardes café (relatos)

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