Mac Inculking
Un año he tardado, sí, pero es que nada como ver antes la corona de flores en cabeza ajena. El turno me llega, de esa forma, con la ventaja de una batería considerable de despropósitos publicados a lo largo y ancho de este año, que me allanan el camino para hacer la crítica desapasionada y ecuánime que me caracteriza, y de cuyas prendas estas páginas se pueden jactar.
Pero veníamos a hablar sin ánimo gonzo, y dispuestos a que de Javier Calvo y su última y premiada novela fuera toda la gloria. Y de la gloria tiene algo que decir la novela. También del infierno. Y de quienes militan en la esfera de la luz y son capaces de patear a los indefensos hasta reducirlos a esterillas, y de quienes se encuadran en las filas del Averno y (la comparación es odiosa, sí) asesinan con mejores dosis de creatividad. Es ahí donde se encuentra uno de los mejores aciertos de la novela: su catálogo de enormidades. Hay asesinatos diversos, originales, minuciosamente descritos, pero también experimentos científicos y máquinas diabólicas que perfeccionan el arte de la crueldad. Habrían hecho las delicias de Thomas de Quincey, y llegarían a ser lectura de culto en las horas silenciosas de toda una saga de moralistas multicolores. Supongo que eso quieren decir los que la critican por su (aparente) anacronismo.
De anacronismo, nada. Javier Calvo ha construido una ciudad con nombre real y contenido alucinado, suficiente para arrancar al lector de su ambiente urbano y veintiuno, y arrojarlo a un mundo de raíz lisérgica. Irreconocible. Y con todos los elementos para que una vez allí, el lector se sienta fascinado, y no quiera volver. En ese otro nivel (el literario y fantástico) todo es posible. Hay otras reglas, porque el sistema también es otro, y ahí debatimos las claves básicas del arte como creación. Diría esto y diría más… pero podría aquí mismo dinamitar mi fama con aseveraciones demasiado eruditas que me pondrían en entredicho. Añadamos tan sólo que, en ese mundo irreal, esa Barcelona de origen químico, habitada por la heroína y cubierta por una cúpula de nubes tóxicas (el Dosel de Sombras), todo es posible excepto la belleza y sus múltiples epifanías (digamos, la Verdad, digamos, el Amor). Y todo, a su manera, es divertido. Sí, divertido. Solo a un lerdo se le ocurriría (ahora que son famosos) desacreditar a los Coen o a Tarantino por concitar en sus obras la irrupción extrema de la violencia, en vez de reírse hasta el desternille, que es lo que toca en esos casos. Violencia exagerada, perversión al límite, la metabrutalidad humana que toma forma en la obra de arte y pone al individuo frente a un espejo que ya entusiasmaba a Valle-Inclán y que algunos, todavía en el veintiuno, no acaban de entender.
Un perfecto canalla este Calvo post.
Lo demás es un derroche de imaginación y literatura. Una ambientación detallista y barroca de una ciudad que se desmorona (literalmente) al tiempo que ve nacer la industria a fines del diecinueve. Una panoplia de personajes que constituyen un animalario exquisito y cautivante. Una trama que se divide en multitud, y que desconcierta al lector, convenciéndole de que los hilos van a quedar sueltos sin remedio, que no va a haber quien sepa trenzarlos, y eso acaba sometiéndolo aún más. Un estilo narrativo intenso que sorprende al girar en cada esquina, colmado por una inteligencia que obliga al lector a echar mano de sus mejores destrezas, página a página.
Esto es literatura, y quien la probó lo sabe.
Pero Javier Calvo es eso y más. Es un lector insaciable, un librópata sin remedio, y se empeña en poblar el relato de conexiones co-textuales, intertextuales, eruditas, estrambóticas: Menelaus, Boamorte, Semproni de Paula, Inana, Dado Blokium, Araña basal, calle Trentaclaus… cada nombre esconde un enigma, o una puya, o una carcajada, o una conexión oscura. Un inventario soberbio de nombres que obligan a llevarse la novela puesta durante mucho tiempo, si se quiere agotar el sentido que esconde Corona de Flores.
Sí, muchachos: se trata de literatura entretenida, pero no fácil. Un modo de hacer literatura de calidad que en este país desconcierta, lo sé, acostumbrados como estamos a que el mayor tostón pase a los libros de nuestros mozalbetes como la joya de valor incalculable, y a que sus autores acaben con un Cervantes en la vitrina. Lo siento, pero no podréis así como así despachar Corona de Flores a topicazos. No podréis hacerlo, y seguir siendo inteligentes.
Seguid mi ejemplo, muchachos. La Corona de Flores siempre sienta bien.
