El prisionero

José Melero Martín

No sé dónde lo conocí, pero sí que hace ya mucho, cuando todavía era un niño. Éramos inseparables, jugábamos y corríamos hasta quedar exhaustos, y nunca desde entonces he sido tan feliz. Siempre estábamos de acuerdo en todo y planeábamos conquistar el mundo con una convicción que jamás volví a poseer. Teníamos tanta vida que la gente nos creía locos y fue esta creencia la que con el tiempo me hizo desconfiar de él. Sus planes comenzaron a parecerme descabellados, su risa escandalosa y sus maneras exageradas, pero era mi amigo, más que un hermano, y por ello seguí a su lado. Con los años comprendí que la gente tenía razón y que él parecía a veces perderla. Le gustaba ser temerario, dejarse la piel en cada cosa que intentaba y aunque yo no era así, su energía y despreocupación me fascinaban. Nuestro escondite era el sótano de casa, y allí nos refugiábamos en unos dominios que solo a nosotros nos pertenecían. Sentados en el suelo imaginábamos qué aventuras correríamos de mayores, qué países remotos visitaríamos y cuántas mujeres caerían en nuestros brazos. Le daba la razón cuando me aseguraba que el mundo estaba hecho para ofrecerse a nuestros deseos, pero en el fondo, traidor, desconfiaba sin atreverme a desmentirle.
Cuando el amor llamó por primera vez a la puerta de ambos, coincidimos en la misma mujer.
Ella, ahora me doy cuenta, carecía de importancia, pero fue el motivo por el que nos distanciamos definitivamente. Su fervor por ella era tan intenso que no dormía, ni comía, ni era capaz de ver más allá de sus ojos. Sus ímpetus parecían más inagotables que nunca y sus planes, como de costumbre, eran insobornables y descomunales, llenos de fantasías que me relataba ensimismado en la intimidad de nuestra guarida subterránea. Los míos, a sus ojos, parecían ridículos y faltos de pasión, sin embargo yo sabía que ella al final me elegiría a mí, ya que un día, en su mirada, descubrí que también a campeón le temía. Competimos por su afecto durante un tiempo en el que terminé detestándole por su arrogancia, pero al final, tal y como intuía, ella me escogió. Supe desde el principio que él no se conformaría, era demasiado vehemente para eso, y aunque intenté que aceptara lo ocurrido, se negó a ello. Sabía escoger las palabras más hirientes y utilizarlas para humillarme, se reía de mi mojigatería, me hacía injustos reproches, hasta que un día, en el sótano, antes de que pudiese seguirme, salí y cerré la puerta dejándolo atrapado. No quería seguir oyéndolo, su intransigencia me hacía daño y aunque rogó y golpeó hasta quedar sin fuerzas, me mantuve firme.
Al principio le echaba de menos y bajaba con frecuencia para asegurarme de que seguía bien. Él aporreaba la puerta, me amenazaba a veces y después me suplicaba que lo dejase salir, me hacía promesas en las que yo ya no creía, pero a punto estuve en un par de ocasiones de liberarle de su encierro. De manera sorprendente, la gente que conocíamos, lejos de preocuparse por su ausencia ni por su paradero, me felicitaban por mi emancipación. Me decían que estaba mejor así, que había madurado, y yo, soberbio, les creí. Mi vida comenzó entonces a deslizarse con una rapidez vertiginosa que apenas dejaba tiempo para pensar, y me olvidé del prisionero. Por primera vez estaba solo con mis propios pensamientos, sin la presión constante de su ímpetu que no me dejaba espacio y, lleno de orgullo, me hice un hombre por mis propios medios. Había tantas cosas que conseguir, tantas que requerían atención, tanto se esperaba de mí, que durante años luché por satisfacerlas olvidándome de todo lo demás. Estaba tan ocupado que apenas era consciente del ruido de fondo que, sigiloso, se había establecido en mi casa, ese golpeteo sordo e incesante que solo por las noches, en el silencio de la madrugada, retumbaba en el sótano. A veces ni siquiera lo escuchaba, sumido como estaba en elaborar planes para el futuro, pero aquella cadencia profunda pasó a formar parte de mis ánimos, como un ritmo ajeno que no los dejaba del todo tranquilos.
Una noche, en la oscuridad, sin saber por qué, bajé en silencio las escaleras del sótano y me acerqué a la puerta. Apenas me atrevía a moverme para que no me oyese mientras le oía murmurar, como si hablara con alguien, y lo imaginé, sentado en el interior de la habitación sumido en sus fantasías, invencible a pesar de su encierro. Pegué la oreja a la madera intentado entender sus palabras, pero un crujido me delató y, aunque contuve la respiración, al instante escuché su presencia pegada al otro lado, apenas a unos centímetros. Después de un minuto oí cómo interrogaba mi nombre, pero corrí hacia arriba sin querer escucharle. Los golpes resonaron el resto de la noche mezclándose con mis sueños, hasta entonces satisfechos, y más adelante lo hicieron también con mis pensamientos. Mi nombre pronunciado por su voz me parecía diferente, el nombre de otro que nadie, excepto él, conocía. Recordé entonces su rostro aventurero y su cuerpo ágil que corría siempre delante de mí dejando tras de sí la estela de su risa y, perdido de repente, me arropé entre sábanas y nostalgia hasta quedar dormido.
No sé cómo sucedió, pero un atardecer se presentó ante mí. Ignoro cómo consiguió escapar, quizá la última vez que fui a llevarle comida no cerré bien la puerta, quizá había encontrado el modo de forzar su encierro, pero el caso es que estaba plantado ante mí, con su cabello incendiado a la luz del sol y su mirada limpia y retadora, tal y como la recordaba. Advertí asombrado que mientras el tiempo había acabado con mi juventud, la suya seguía intacta, como si su cautiverio lo hubiese protegido de su paso. Tras un minuto eterno, me levanté y lo abracé rogando en mi interior que me perdonara, pero él no parecía entender lo que me ocurría y enseguida, sin hacer reproches, me propuso planes como hacía antaño. Las semanas pasaron, y en ellas, a su lado, comprendí que tenía razón, que sus argumentos eran los únicos posibles, pero también que me inspiraban más temor que nunca. Seducido, viví una vez más con la intensidad de nuestra infancia, feliz como no lo había sido desde que nos separamos, aceptando, imprudente, el placer una vez más, pero consciente de que no sería capaz de soportar el dolor que lo acompañaba. No tardé en darme cuenta de que por culpa de mi inconsciencia, la vida que tanto me había costado construir aparecía surcada de grietas que de no ser reparadas terminarían por destruirla. Finalmente, una noche, cuando dormía, lo cogí en mis brazos y lo devolví a su encierro, dispuesto a no dejarle salir nunca más.
Después de eso vinieron la madurez, el equilibrio y el escepticismo. Mi existencia se volvió calma y sin sobresaltos, tibia y razonable, sin sufrimiento pero carente de euforia, y yo me esforzaba en que así continuase, convencido de haber alcanzado la sabiduría. El recuerdo de mis últimos días a su lado me resultaba lejano y ajeno, y además, a pesar de su petulancia, tenía la certeza de estar en lo cierto y de ser el más fuerte. Ante mí solo queda el tiempo, que sopla sin descanso marchitándolo todo, y yo lo enfrento resignado, dejándome acariciar por él, abriendo los brazos y sintiéndolo pasar dulce entre los dedos. Solo de noche, no estoy seguro de si en sueños, un batir profundo proveniente del sótano todavía consigue inquietarme y hacerme dudar. Con los ojos cerrados puedo imaginarlo golpeando incansable y, a veces, el silencio deja oír su voz que pronuncia mi nombre, ese que solo él conoce.

4 Respuestas a “El prisionero

Replica a Alberto Díaz Cancelar la respuesta

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.