Los apocalipsis

por Santiago G. Tirado

 

Es fantástico que un pasaporte acumule sólo esos datos descarnados, un nombre, una dirección, un número, una huella. No se puede leer ahí nada sobre mis trabajos al lado de Mr. K. Ni el origen de la cicatriz que me obliga a enarcar la ceja derecha siempre un poco más alta. Resulta tranquilizante que sea así. El agente me ha dicho algo en francés que no he entendido bien, pero ni me importa. Lo que me sirve es que en unos minutos tendré el sello puesto, y con él una puerta abierta a donde ya nadie será capaz de alcanzarme. Ni siquiera los Apocalipsis.
Me alegra que del pasado sólo queden unas pocas marcas aquí, dentro de mi cabeza, y que sólo yo tenga la llave, porque llegará un día en que no me hará más falta y podré tirarla donde me apetezca. Fin de etapa. Luego todo será recoger las piezas del deshecho, mirar adelante y sentir que el mundo entero acaba de nacer. Cada cosa a mi alrededor tendrá un nombre nuevo, un fin nuevo. Y yo seré quien se lo dé.
Debería explicar que Mr. K. también tenía un nombre nuevo para cada cosa. Y que yo fui la primera en descifrar la clave de su argot: para Mr. K. sólo existía el presente. En efecto, había negocios que cerrar, había sociedades que mantener, era el trabajo de cada día. Y luego estábamos sus ayudantes, para todo, para terminar de matar el presente con un buen saldo de beneficios a cuenta suya. Sus planes se contaban en tramos  de veinticuatro horas, y había que cumplirlos bien y con decisión, porque no había más vida por escribir que la de cada día. Para recordárnoslo, Mr. K. tenía una forma muy personal de hacernos sentir parte de su sistema.  La liturgia era siempre la misma, con todos, aunque eso nunca lo supo nadie, porque el silencio obraba el milagro de que todos nos sintiéramos únicos y escogidos delante de él. Nos acariciaba como a niños, nos mimaba.

Con cada uno hablaba en un tono diferente. Solía ser dulce conmigo, porque siempre supo que conmigo era la mejor forma de mantenerme activa en sus planes. En el fondo creo que le gustaba también mi conversación. Puede ser que incluso mis reglas de juego. Y sabía ser complaciente con los suyos, también. Lo fue, por ejemplo, cuando le llegó la noticia de que  Arnie Canclini se había puesto farruco conmigo después de una discusión sobre mis métodos de trabajo. Lo soporté bien mientras trataba de rebajar mis méritos, pero le avisé de que no iba a soportarlo más si me levantaba la voz y me decía alguna de esas frases de machos que no le aguanté nunca ni al cabrón de mi padre. De un tajo lo maté al idiota, y en frío, porque siempre me gustó el trato humano, y me pareció mucho más digno saber usar las armas de toda la vida, que se mueven por el calor de la mano, y no por el de la pólvora. Mr. K. quería mucho a Arnie, ojo, pero por encima de él y de todos quedaba el sistema de reglas y fidelidades, donde metió la pata, el muy estúpido. Por eso Mr. K. estuvo de mi lado. Además me dio el consuelo que no pedí, y se pasó toda aquella noche conmigo como si me tuviese que velar una pesadilla.
Recuerdo aún cómo me adoraba en los momentos a solas; me hacía sentir su escogida. Cuando hablaba con voz queda, y apenas levantaba el tono, me hacía estremecer. El presente con él era una joya de brillos indescifrables que estaba siempre a punto de caer en mis manos por la gracia de sus palabras lentas. No  cabían más tiempos entre los deseos. Aunque lo que lo hacía diferente de verdad era su forma aplicada de escuchar. Con su silencio  y el aire de esclavo atento con que se cubría, me hacía sentir la dueña de un reino inmenso. Creo que le gustaba verme disfrutar. De ahí venía nuestra fe ciega en sus negocios, en sus maniobras. Todos estábamos en deuda con él, y no había nada que fuésemos capaces de negarle.
Hasta que alguno importunaba con ideas extrañas, por supuesto. Sobre todo si las ideas extrañas involucraban alguna perversión del sistema. Por ejemplo, no toleraba en nadie los celos. Los celos son un cáncer retrechero, decretaba, y al decirlo a Mr. K. la voz le sonaba cenicienta, con lo que todos entendíamos que ahí se terminaban sus complacencias. Y en efecto, no dejaba que esa perversión del orden durara apenas unas horas. Muchos terminaron en el fondo de un pantano por salidas de tono que escondían el cáncer retrechero. Tampoco toleraba ideas nuevas si hablaban de planes personales, porque jugaban al futuro. Y a eso no se podía jugar a sus espaldas. Y para aclararlo del todo estaban los Apocalipsis.
Eran rápidos y actuaban perfectamente ordenados. Además parecían inteligentes, y atesoraban la sagacidad entre las primeras de sus señas, como una condecoración. Pero habían aceptado el impuesto de no volver a pensar por sí mismos. Se debían a Mr. K.  más que ninguno de nosotros, y ésa era la premisa de sus cálculos. Eran cuatro, aunque eso sobra decirlo.
La primera sospecha la levanté un día de otoño, en un descuido que nunca debí permitirme. Quemé una tarde larga y sin trabajo con una película triste, mientras la bruma se llevó el color de los jardines y acabó clavándome entre las cejas una pena muy antigua. Uno de los Apocalipsis, tan aburrido como yo, estuvo hurgando entre las revistas del salón y los cajones de la cómoda. Así me vio llorar.
Desde entonces cualquier pregunta, cualquier comentario que saliese de mi boca era medido al milímetro, por si encubría alguna forma blanda de sentimiento. Si Mr. K. ordenaba un correctivo para un socio que se descarriaba de la familia, las miradas  de los cuatro siempre estaban en mí. Si había que excederse en la reconvención con algún descuidado, trataban de buscar en mi cara alguna mueca de debilidad. Yo lo supe siempre, y por eso traté de parecer aún más voluntariosa cuando había que actuar duro.
Sin embargo creo que fueron discretos con sus sospechas. Incluso el feo, a quien odiaba sin disimulos desde que lo conocí. Para eso estaban ahí, para velar siempre por Mr. K., para que Mr. K. viviese sin sobresaltos su vida de trabajos penosos por el bien de todos. Por eso digo que fueron discretos y callaron su sospecha; no digo que me dejaran en paz. Yo, para mantener la fiesta viva, les fui regalando algunos motivos de vez en cuando.
En el último ya tenía a los cuatro tomándome las medidas e interesándose por mi última voluntad, tan cristianamente. Fui audaz, aunque no temeraria, porque nunca perdí de vista a ninguno de los que se movían a mi alrededor en esos días. Antes, desde mi  propio teléfono hice algunas llamadas, empezando por amigos a quienes hacía años que había dado por irrecuperables. Del dinero que cobrábamos a los socios fui apartando en cantidades tan pequeñas, pero con tanta constancia, que pude reunir suficiente para un billete de avión y lo necesario para una nueva vida, sin que nadie hubiese echado en falta ni un penique. Nunca habría creído en las fábulas, si yo misma no hubiera sido hormiga.
Cuando tomé el teléfono para la última llamada a Mr. K. había invertido una semana en dispersar pistas que tuvieran entretenidos en otros juegos a los Apocalipsis. De todos, sólo el feo se mantuvo al acecho hasta que conseguí partirle las piernas. Eso fue en el baño del aeropuerto. Con él dejé también mi ropa sucia. Le dije a Mr. K. que me marchaba, pero que no temiese por su seguridad. Al decirle que me iba en busca del Amor, me contestó que no podía creer que resultase al final una mujer como todas. Le dije que sí lo era, y que me gustaba la idea. Luego me regaló una perla de filosofía práctica:
—Vuelve, idiota. El Amor sólo vale en las películas. —Yo le devolví otra:
—Aunque lo tenga que inventar, K. Y ahora déjame conjugar los verbos en futuro.
El policía me ha enseñado un colmillo precioso de oro malo, como si sonriera. Al fin entiendo su francés. Dice que cómo somos la gente joven, y cuánto nos queda por ver en la vida. Habría sido tan bonito que en ese momento los Apocalipsis hubieran llegado repartiendo justicia, y a caballo…

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