Se acerca la Navidad en Colombia

por Nelson Verástegui

Desde la terraza del restaurante del Museo de Antioquía escudriño la población local que se pasea un día festivo y soleado. Es diciembre y la gente se va preparando a su manera para las fiestas de fin de año. Estamos en el centro de la ciudad, lejos de los barrios ricos del sur y de la zona industrial del norte con sus suburbios pobres colgados de la montaña.
Botero dice que sus cuadros y esculturas no son gordos sino voluminosos, que lo que busca es la sensualidad. Observando a los viandantes me parece que esos gordos representan bien la población que circula por aquí. Son raros los delgados o sin vientre, pero no me molesta. Los estereotipos de belleza actuales nos pintan mujeres sílfides, estilizadas y altas, sobre todo rubias y blancas.
Las mujeres de aquí quisieran ser blancas y las blancas europeas quieren ser morenas. Lo exótico es mejor aparentemente. Ahora que vivo lejos de mi país disfruto de la belleza local que antes me parecía normal y casi rutinaria. Unas gorditas de carne y hueso anuncian con carteles que cuelgan de sus chalecos que venden minutos a doscientos pesos. Tienen muchas cuerdas de las que atan teléfonos celulares para que los transeúntes llamen a precio módico. Yo quisiera que me vendieran tiempo de verdad, para charlar de sus vidas y sueños.
En un banco más cercano tres o cuatro compadres comparten una botella de alcohol disimulada en una bolsa. No sé si venden cada trago o simplemente lo comparten. Todavía no están borrachos, pero dentro de unas horas seguro que sí. No faltan los marginales vagabundos perdidos en sus locuras artificiales de droga o verdaderas de manicomio. Por lo menos no son agresivos.
Grandes y chicos, sin poner cuidado al resto del populacho, se fotografían al lado de una figura regordeta de Botero. Vendedores ambulantes pasean sus frutas, helados o jugos. En los jardines hay grandes figuras en forma de bolas de árbol de Navidad que por la noche estarán iluminadas para recordar las fiestas y sacar de la rutina y del letargo a los ciudadanos. No muy lejos de un almacén de productos naturales, una joven vestida de azul con menos gordos que las demás espera un cliente para vender placeres sexuales baratos. No tardará en irse con un desconocido.
Un poco más allá un grupo de vendedores llaman a los clientes potenciales a comprar baratijas a mil pesos. En la iglesia celebran primeras comuniones para niños que sintiéndose santos esperan su turno para tragar la hostia cerca de un altar y un pesebre colombianos. En pocos años andarán quizás vendiendo en la misma plaza baratijas o su cuerpo a extranjeros o pintando gordas como el maestro Botero.
Parece que nadie sabe que el Museo de Antioquía, ahora conocido como Museo Botero en honor a su mecenas, era el Palacio Municipal construido por allá en 1937 por la suma extraordinaria de setecientos pesos que hoy no alcanzan ni para tomar el metro. El hotel Nutibara domina la plaza desde hace más de sesenta y pico de años. Por aquí debió de pasearse Pablo Escobar, el ex presidente Uribe, los reyes de España y yo hace casi cuarenta años la última vez que estuve en la Capital de la Montaña, la Ciudad de la Eterna Primavera.
Nadie quiere enterarse de que estamos sentados en un volcán, en una bomba de tiempo que estallará algún día a fuerza de agrandar la brecha que separa ricos y pobres. Pero es mejor no hablar de eso, nadie quiere pensar en pobres, ni en lucha de clases ni de igualdad ni de respeto de derechos humanos. Es casi Navidad y hay que comprar regalos, ver las iluminaciones navideñas y olvidar el año nuevo pues parece que el próximo será mejor. Sin duda.
El euro vale dos mil cuatrocientos pesos y el dólar mil ochocientos. Hace treinta y dos años, cuando viajé a Francia, valía treinta y seis. «¡Ave María Purísima!», como dicen por aquí. Parece que la diferencia entre un político y un ladrón es que el primero lo elegimos nosotros, mientras que el segundo nos elige a nosotros. Al menos los políticos de esta ciudad parece que roban menos que en otras partes y algo hacen por la prosperidad de los paisas. «¡Feliz Navidad, próspero año y felicidad! I wanna wish you a Merry Christmas from the bottom of my heart», como cantaba José Feliciano y bebamos ron, aguardiente y cerveza para olvidar.

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