ANÁLISIS: El cine fundacional de Víctor Erice

Pedro A. Curto
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El documental “Víctor Erice: París-Madrid, allers-retours” del francés Alain Bergala, presentado en el Festival Internacional de Cine de Gijón, plantea una propuesta sugerente; el viaje del director de El espíritu de la colmena a través de aquellas expresiones cinematográficas que le llevaron a hacer cine, su momento fundacional como cineasta. Porque al igual que Borges se proclamase más orgulloso por los libros que había leído, a los escritos por él, Erice lo hace del cine que ha visto. El documental bucea en esas raíces a través de una conversación que tiene mucho de intimista y por otro lado haciendo deambular al propio Víctor Erice con una pequeña cámara en mano por aquellos lugares claves en esa formación artística, en la textura que configura la cosmovisión ericiana. Así esa cámara funciona a modo de ojo por el que ve Erice, pero también los espectadores, estableciendo el conocido distanciamiento brechtiano del que él es heredero. Y en ese ojo no está sólo el cineasta, sino el niño, el adolescente, el joven Erice que viajaba a Francia para ver películas, por los recuerdos y la memoria que lo construyen como persona, que algún día se dedicará a la creación artística, momento que él señala como semilla la película Los cuatrocientos golpes. Algo que no es casual pues la mirada infantil es esencial en su obra, así ocurre con los ojos oscuros y profundos de Ana (Ana Torrent) en El espíritu de la colmena o en los de Estrella (Sonsoles Aranguren-Icíar Bollain) en El Sur. Utilizando el contrapeso de actores profesionales frente a otros que no lo son, creando así una gran fuerza creativa. Una dialéctica que señala se establece por ejemplo entre la adolescente Icíar Bollain y el veterano Omero Antoniutti.

el_espiritu_de_la_colmena_1973_1-644x362Esa mirada, virgen en cierta medida, es una búsqueda, la más capaz de hallar esa revelación, por ejemplo cuando la pequeña Ana se encuentra en una sala cinematográfica viendo Frankestein. Porque otro de los ejes temática en torno al que gira la obra de Erice, y reconoce en el propio documental, es el de la soledad y el azar, teñidos o ligados al cromatismo del tiempo. Se pueden visualizar fácilmente cuadros en movimiento, porque el cine de Erice se acerca mucho a lo pictórico, las imágenes, los planos, son creadores de una poesía particular a través de una cuidada elección de cuestiones como la iluminación, creando así una especie de pintura poética. Es una forma de belleza como él mismo dice: “Cuando era joven creía en la belleza de la imagen, pero hoy creo, sobre todo, en la justedad del plano. Porque el cine-esta es una de las lecciones que he aprendido-no es cuestión de imágenes, sino de planos. La belleza de un plano, su justificación, su acierto, es algo muy distinto a la belleza de una imagen”. Recuerdo en particular cuando apenas siendo un adolescente me quedó grabado un plano de El Sur donde la voz en off de una Estrella adulta nos cuenta como de niña deseaba crecer, momento en el que se nos muestra un camino en el cambio de las estaciones por el que se va en bicicleta la Estrella niña para aparecer la Estrella adolescente y la voz en off adulta nos vuelve a decir, crecí como todos, acostumbrándome a estar sola, a la soledad. Una percepción que se percibe en la historia, pero también por una identificación que muchos hemos sentido con ese deseo.

Uno de los aspectos esclarecedores es el que señala a los cineastas españoles de su generación, es el de la orfandad. Tomado el cine como una familia, como una especie de padre que va configurando experiencias y conocimientos, señala las escasas referencias que se podían tomar en la España de la época, estaban Berlanga o Bardem, y un casi desconocido Buñuel por su condición de exiliado cuyo cine difícilmente se veía aquí, produciendo así una búsqueda, que quizás le llevó, a seguir aspectos del neorrealismo italiano (realidad dialécticamente enfrentada al cine americano), la nouvelle vage o a la afirmación bressoniana.

En el documental se aborda esa actividad en el cine de Víctor Erice como son la pequeñas producciones o la correspondencia con Kiarostami, que él señala como una forma de supervivencia y también como una forma de dejar de una generación que él proclama como la última que ha conocido el cine clásico cuando éste ejercía esa labor de guía fundacional. Pero ante todo queda la gran pregunta, de cuando la industria del cine español se va a decidir a que una obra como la de Víctor Erice pueda ser más extensa.

 

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