Francisco Segovia
He resuelto bajar de los cielos y dar una caminata por el terrenal mundo: es bueno saber qué sucede en el lugar donde la humanidad habita, ajena a la trascendencia de su propia especie e ignorante de su futuro.
Ordeno callar a los etéreos arcángeles que, disciplinados, se disponían raudos a proclamar a los mortales mi llegada con resonar de poderosas trompetas. Se abre la Puerta y, recogido en un absoluto silencio, desciendo a la Tierra en un lugar apartado, entre dos montañas y un río que las atraviesa con rugir de piedras arrastradas.
Hago humanos mis sentidos; miro los colores difuminados de la tarde de otoño; aspiro el olor de las hojas muertas de los árboles; me arrodillo y palpo la tierra húmeda de la lluvia caída recientemente; bebo el agua fría del riachuelo que pasa bajo mis pies; veo las marciales bandadas de pájaros que emigran hacia el sur; y me digo que todo está bien como está.
Luego desbrozo el largo camino hasta llegar a la ciudad que se atisba en lontananza. Allí comienzo a caminar entre los hombres y mujeres, como uno más de ellos, sin que sospechen mi auténtica esencia.
Al principio lo que escucho parece un sonido de fondo que, por monótono y reiterativo, es como una música tocada para adormecer a los niños. Mas pronto deviene en ruidos blasfemos; fuegos que danzan, humos negros, gritos de muerte y sonidos de trueno. Lo que descubro poco después no es la imagen de mi obra primigenia: ni siquiera una sombra en la que se pueda descubrir la luz de la cordura y el conocimiento. ¿Es esa mi obra divina?
Es el lado oscuro, las tinieblas que nacieron en el principio de los tiempos, lideradas por el hijo traidor y amado a pesar de su soberbia. Sangre que sangre hermana derrama. Caín domina el planeta. ¿Dónde fracasé, qué hice mal? No hay respuesta.
Caín, el hijo envenenado, levanta la mirada: no me ve, sólo fija sus ojos en el vestido de la posesión, las joyas de la soberbia, el alimento material y el espíritu de lo limitado.
Me alejo del lugar, entristecido por lo que he visto, incapaz de hacer nada en mi forma humana. Cuando estoy a solas miro al cielo: las nubes negras cubren el sol de la tarde, y los colores se desvanecen en un arcoíris de grises trágicos.
Asciendo, y atravieso las oscuras nubes. Al llegar dos arcángeles me sostienen y ayudan a regresar a mi retiro: estoy agotado, infinitamente agotado… quizá muerto.
Y tal vez, si renazco de mi mismo, despertaré al Leviatán que en la oscuridad aguarda. Soy el artista que todo Dios lleva dentro. Pretendo hacer el Vacío y Crear de Nuevo. Sólo que no soy tan joven como antes y no sé si tendré fuerzas para la Tarea.
Quizá, a pesar de todo, está bien lo que hice al principio…
