Juan Alberto Campoy

(Esta entrada del diario puede contener pequeñas partículas de ficción. Manténgase fuera del alcance de niños e historiadores)
Tras pasar todos los controles reglamentarios, un ordenanza acompañó a María Corina hasta la antesala del despacho, donde otro ordenanza le comunicó que todavía tendría que esperar unos diez minutos más. Al cabo de una interminable hora (de desesperación más que de espera), una rubia despampanante (probablemente de bote) le hizo saber que ya podía entrar en la habitación, que el presidente la aguardaba.
—Pase, pase usted.
—Ya, pero, no sé, supongo que antes habrá que tocar el timbre, o, al menos tocar con los nudillos en la puerta, qué sé yo, algo…
—Le he dicho que pase.
María Corina abrió la puerta y pasó adentro.
Aparentemente, en la habitación no había nadie más que ellos dos: ella y el presidente. Este último, que se encontraba completamente de espaldas, hizo girar de repente la silla giratoria en la que se sentaba, se puso de pie, abrió los brazos y le dio la bienvenida a la visitante.
—Bien, aquí me tiene usted, supongo que estará deseando verme, que estará deseando ver al gran pacificador del mundo, al hombre que ha parado ocho guerras, o tal vez más, la verdad es que he perdido la cuenta.
María Corina pensó que aquel tipo era todavía más gilipollas de lo que le habían contado. Se quedó parada, sin capacidad de reacción. Trump volvió a sacar su lengua a pastar.
—Entiendo que haya usted entrado en shock. No todos los días tiene uno la oportunidad de hablar con un adalid de la libertad, de la paz y de los derechos humanos.
—Lleva usted razón.
—Lleva usted razón, lleva usted razón… No me trate como si fuera un tonto. No quiero aduladores. Y menos aduladores latinos.
—No era mi intención, señor presidente.
—Veo que está usted superada por la situación. Y por este despacho, por el despacho oval, ni más ni menos. No se preocupe, que no va usted a tener que hacerme lo que le hizo Mónica Lewinsky al presidente saxofonista. Quizá otro día, pero hoy no, hoy tengo una agenda apretadísima.
—No quiero entretenerle más de la cuenta. Si quiere vanos al grano.
—Sí, vayamos al grano. ¿Trae usted ahí la medalla del Premio Nobel de la Paz? Una medalla que tan injustamente le dieron a usted, por otra parte. Cuando me enteré de que no me la daban, se me quitaron las ganas de seguir parando guerras, la verdad. Se cansa uno de parar guerras, para que luego no se lo reconozca nadie, absolutamente nadie. ¿Es eso justo?
—Una completa injusticia.
—Bueno, ¿trae la medalla o no?
—Aquí la traigo. Ahora se la muestro.
—A ver, enseñe, enseñe…
María Corina extrajo de su bolso la medalla (convenientemente enmarcada) y se la ofreció a Trump. Sería extremadamente prolijo enumerar el despliegue de palabras y gestos que utilizó la política venezolana para halagar a su anfitrión; baste decir que su grado de untuosidad rebasó con creces la mera cortesía y entró de lleno en el terreno de la sumisión. Hubo empero algo que disgustó al gran pacificador.
—Ese marco es una mierda, perdona que te diga.
—A mi no me parece tan mierda, la verdad.
—Ya, pero yo soy el receptor de este regalo. Y algo tendré que decir, digo yo. Ahora vas a ver, Corinita.
Súbitamente, Trump pulsó un botón y apareció la rubia de bote con una gran placa de marco dorado. En la misma se proclamaban, negro sobre blanco, los grandes méritos que avalaban al presidente de los Estados Unidos en su incesante trabajo en pro de la paz mundial. Una de las inscripciones contenía un verdadero hallazgo verbal: en ella se señalaba su gran contribución a la paz a través del uso de la fuerza. No bien se marchó la rubia, de forma tan rápida como había llegado, el presidente retomó la palabra.
—No me digas que este marco no es mejor que eso que traes. Sólo se me ocurre un marco mejor: Marco Rubio.
María Corina no tuvo ganas de celebrar un chiste tan malo.
—¿No te ríes? Qué poco sentido del humor tenéis las mujeres. Bueno, dame esa medalla que tanto me ha costado conseguir, ya sabes que los caminos del señor son inescrutables. Dámela, que yo mismo la colocaré en la placa.
Una vez ubicada la medalla, Trump contempló el resultado final y se le quedó una cara de bobo verdaderamente notable. Se le notaba feliz y satisfecho, como un niño contemplando sus regalos el día de Reyes. Intentando aprovechar la situación, María Corina se atrevió a pedirle algo.
—Creo presidente que, no digo ahora, pero sí en el medio o, como mucho, en el largo plazo, usted hará ímprobos esfuerzos para promover la democracia en mi país, en Venezuela. ¿Cuento con ello?
A Donald Trump casi se le descoyunta la mandíbula de tanto reír. Finalmente, ya un poco más calmado, le dijo a María Corina Machado:
—No sigas por ese camino y desaparece de mi vista cuanto antes, Suerte tendrás si no terminas en Guantánamo.
