Juan Alberto Campoy

Al salir del centro de fisioterapia al que ella acude para tratarse de la lesión producida por el batacazo que se dio cuando trataba de huir del ataque de un temible perro caniche emboscado entre una tupida arboleda de piernas, mi madre y yo emprendimos el camino de vuelta a casa. Hicimos parada reglamentaria en la chocolatería “Milagros”, donde ella se tomó su café con leche y sus churros de rigor. Bueno, en realidad, en esta ocasión su café sólo se vio acompañado por un triste y solitario churrito (ésa es la verdad y a ella nos atenemos: esto es un diario). Al salir, un tenue e inofensivo chirimiri nos estaba esperando. No consideré que fuera necesario abrir mi paraguas. Mi madre sí abrió el suyo.
—Te veo un poco desganada, mamá. Te has dejado un churrito.
—Bueno, me he tomado el churrito que he pedido. El otro me lo pusieron de propina.
—En cualquier caso, sigue siendo cierto que te has dejado un churrito. Quien te ha visto y quien te ve.
—Sí, creo que ya me he hecho mayor. Algún día tenía que llegar. Es ley de vida, como dice tu sobrino Guillermo.
—Sí, es ley de vida. Así que no te preocupes, que te veo un poco preocupada.
—Lo que me preocupa no tiene nada que ver con eso. Lo que pienso es que si, cuando pido dos churros, me ponen uno más, no es lógico que, pidiendo uno, me pongan también uno más. No guarda proporción.
—Ya, de acuerdo, mamá, pero simplemente han redondeado al alza. Lo que te hubiera tocado de propina era medio churro, pero, claro, no te van a poner medio churro, hubiera sido el colmo del cutrerío. Así que, en la disyuntiva de no darte nada de propina o darte un churro entero, se han quedado con esta última opción. Me parece lógico. ¿Me sigues, mamá?
—Disculpa, Juan, estaba pensando en otra cosa, pero seguro que tienes toda la razón del mundo.
—¿Y qué es eso en lo que pensabas, si puede saberse?
—Claro que puede saberse. Se supone, o al menos eso es lo que dice la Iglesia Católica, que en el otro mundo resucitaremos en cuerpo y alma. Hasta ahí, bien, nada que objetar. Pero ahora viene la pregunta del millón: ¿con qué cuerpo resucitaremos? Si es con el glorioso cuerpo que teníamos con 20 o 25 años no está nada mal la cosa. Pero si es con el no tan glorioso que una ya va teniendo, como que no. Mucha gracia no me hace, la verdad.
—Aunque no te he conocido con 25 años, mamá, no dudo en absoluto de que entonces fueras un bombón. Pero ahora estás estupenda. Y lo sabes. Siempre te lo he dicho, pero veo que quieres que te lo diga otra vez.
—Bueno, eso de que me lo has dicho, no sé, no sé…
—¿No te he dicho siempre que estás en el número uno del ranking?
—Bueno, tú dices que soy la número uno “de mi liga”. O sea de mi tramo de edad. Y ahora mismo de mi de edad ya quedamos muy poquitos. No hay mucha competencia, vaya.
—Ya, pero yo te lo he dicho siempre, no sólo ahora. Te lo decía con cuarenta años, con cincuenta años y así sucesivamente.
—Calla, que eres un zalamero.
Un poco antes de que la calle Cardenal Silíceo fuera a desembocar a la calle Canillas, la chica que caminaba unos pasos por delante de nosotros encontró refugio (por llamarlo de alguna manera) del orvallo en el amplio portal de una casa cercana. Mientras nos acercábamos a ella, la chica no nos quitaba ojo. Traté de averiguar si la conocía de algo, pero ninguna cara parecida figuraba en mi archivo mental de recuerdos. Mientras iba pensando que quizá fueran mi madre y ella quienes se conocían, llegamos a su altura. Entonces, con tono muy afectuoso, se dirigió a mi madre en estos o parecidos términos:
—Casi no la reconozco, señora. Cómo me alegro de verla.
Mi madre correspondió a su cumplido con otro similar:
—Sí, la verdad es que al principio yo tampoco la reconocía. Como nos vemos tan poco… A ver si nos vemos más, porque es una pena…
La chica se vino arriba y, aunque de forma cautelosa, le plantó dos besos a mi madre (uno por mejilla). A continuación, mi madre, de forma aún más cautelosa (aunque no había sido ella quien había iniciado las “hostilidades”), le respondió con otro par de besos.
Entonces se produjo un espeso silencio, que la chica rompió con estas palabras:
—Mi abuela ya se encuentra mejor.
Y mi madre:
—Me alegro. Pues nada, a seguir bien, y a disfrutar, que para lo poco que estamos en esta vida…
Una vez que parecieron agotados todos los temas y el momento se presentaba propicio para la despedida, decidí tomar la palabra y me dirigí a la joven con estas palabras:
—No sé, quizá llevamos todos la misma dirección. Bueno, mi madre y yo, seguro. Me refiero a usted. Si quiere le dejo el paraguas. Ya ve que ni siquiera lo he abierto. Así que es todo suyo mientras nuestros caminos coincidan. O si lo prefiere, podemos acompañarla hasta su casa. Mi madre y yo estamos jubilados así que tenemos tiempo…
Y ella:
—No se preocupe. Seguro que amainará. Nunca ha llovido tanto que no haya terminado amainando.
Y yo:
—Bueno, pues hasta otra. Ha sido un placer conocerla.
Una vez que ellas también se despidieron, mi madre y yo entablamos este pequeño dialogo.
—¿Quien era esa chica tan mona?
—Ni idea.
—¿Cómo que ni idea? Si parecía que erais amigas de toda la vida…
—Bueno, puede que lo pareciera, pero no lo somos.
—No sé, mamá, yo no voy besando por ahí al primero que me encuentro.
—No, yo tampoco, pero hay un matiz…
—¿Qué matiz ni qué niño muerto?
—Pues sí, un matiz y un matiz importante.
—Valga la paradoja, ¿no?
—Sí, valga la paradoja.
—¿Y qué matiz es ése si puede saberse?
—Muy fácil. Ella creía conocerme. Ella creía que yo era su amiga. Y yo no podía desilusionarla. No quería que pensara que su amiga se había olvidado de ella así como así.
—Bueno, visto de esa manera, no puedo sino aplaudir tu comportamiento. Lo tuyo sí que es empatía y no otras cosas…
