Juan Alberto Campoy

Echando un vistazo a la mesa de libros recomendados de determinada librería madrileña en la que suelo recalar, me doy de bruces con la novela “Poeta chileno”, de Alejandro Zambra. Y pienso que empezamos mal, que ya el propio título del libro resulta fallido. No digo que sea malo, cuidado, digo que es fallido. Y lo es porque existe uno claramente mejor: “Poeta chileno. Disculpen la redundancia”. Y es que, según es fama, el país con forma de chile o guindilla es aquel que cuenta con mayor número de poetas por habitante. E incluso de antipoetas por habitante, caso de Nicanor Parra.
Siguiendo por este filón recién abierto, podríamos obtener títulos como estos: “Español orgulloso. Disculpen la redundancia”, “Inglés flemático. Disculpen la redundancia”, “Psicólogo argentino. Disculpen la redundancia”, “Castellano recio. Disculpen la redundancia”, “Andaluz alegre. Disculpen la redundancia”, “Conquistador desalmado. Disculpen la redundancia”, “Marxista trasnochado. Disculpen la redundancia” o “Payaso triste. Disculpen la redundancia”.
