Los otros (Final)

Luis Romero





TAMPOCO en el Ayuntamiento la Guardia Urbana ha sabido dar cuenta de él; su nombre no figura en las listas de accidentados. Llevan varias horas recorriendo Casas de Socorro y hospitales sin conseguir averiguar nada, nada en absoluto.

Están desalentados y temerosos. Se detienen en mitad de la calle, y mientras Carmela se apoya en la pared y se arregla el zapato que le está hiriendo el talón de tanto caminar, el padre aprovecha para liar un cigarrillo.

—Carmela… Sólo nos queda un sitio donde preguntar; el peor de todos. Tú dirás si quieres que vayamos o no. Por mi parte no iría, te lo juro; si le tienen allí, es mejor esperar.
—Se refiere usted a la Policía…
—Claro, hija, claro.

Van caminando por la calle Fernando. Ya han cerrado los comercios, pero los escaparates continúan iluminados. Las gentes que transitan por esta calle de regreso de los espectáculos, de hacer compras o de pasear, van bien vestidas; Carmela y su acompañante desentonan con su aspecto pobre y proletario.

Hay que descartar la posibilidad de que le haya ocurrido un accidente, pues ni en el Hospital Clínico ni en las Casas de Socorro ni en la Guardia Urbana han sabido dar razón de él; de ocurrir algo, especialmente de cierta gravedad, tanto como para impedirle regresar a su casa hace tantas horas, habría un atestado o figuraría en algún registro. Tampoco ha ido a trabajar. Ella ha llamado desde una farmacia, y le han contestado en el taller que allí no le han visto en todo el día.

De pronto, Carmela no puede más y tuerce por una calle lateral poco concurrida. Se pone a llorar desconsoladamente, mientras se lleva a los ojos, hecho una bola, el pañuelo pequeño y sucio. El viejo se echa hacia atrás la gorra y se rasca la cabeza. El cigarrillo se le ha apagado y le cuelga del labio reseco. No sabe qué hacer con Carmela; unas mujeres que pasan se quedan mirando a la extraña pareja.

—Hija… has de tener serenidad… ¡Cálmate, muchacha! Tal vez no haya ocurrido nada malo.

No puede calmarse, no puede tener serenidad. Desearía morirse aquí mismo, terminar de una vez con esta angustia, con este cansancio, con esta incertidumbre en que las alternativas son únicamente lo malo y lo peor. Y para colmo, este hombre la pone nerviosa con su resignado fatalismo, con ese absurdo suponer que las cosas pueden arreglarse por sí mismas.

—Mira, Carmela. Creo que es mejor que nos vayamos a descansar. Procuremos dormir, y quién sabe si mañana resulta que no ha ocurrido nada. Supongamos que se ha emborrachado con los amigos o… vaya, que se ha ido por ahí con una furcia… Tendrías un disgustillo, pero la cosa no sería tan terrible, digo yo.
—¡Pero ya le he dicho que llevaba una pistola, que ha salido de casa con una pistola en el bolsillo!
—¡Quién sabe, a lo mejor era para hacerse el bravucón ante la pandilla! Y además ya está hecho cuanto podíamos hacer; y a la Policía no creo que sea prudente acercarse. Incluso podíamos perjudicarle a él.

Es cierto, llevan dos horas o más, andando de un lado a otro, martirizándose los pies y los nervios, y nada han conseguido averiguar. Ella ha llegado a ilusionarse con la esperanza de que andando por las calles, podría encontrarle; aunque estuviese huido, aunque le persiguieran, porque está segura, ella sabe que cuando un hombre sale de casa con una pistola ocurre alguna desgracia. Pero en este instante está desconcertada; no pueden hacer nada, no pueden vagar eternamente por las calles, ya no saben a dónde ir ni a quién dirigirse. Ni ella ni el padre conocen a los amigos de él. Sabe el nombre de algunos, Pascual, por ejemplo, que una vez le metió en un lío según le ha oído contar; pero ignora dónde vive. El lunes puede ir a la salida del taller a preguntar a los compañeros de trabajo, pero ahora todos estarán en su casa o por la calle, y se siente incapaz de encontrarles. Además le duelen horriblemente los pies, y la llaga del talón le sangra.

Han salido a las Ramblas, que están muy animadas, bordeadas de escaparates brillantes, de espectáculos, de bares. Ella lleva los ojos irritados; él camina a su lado haciendo esfuerzos por encender, con su viejo mechero, el cigarrillo que se le apagó entre los labios.

Su padre también salió de casa con una pistola, pero por lo menos dijo dónde iba; y su madre le dejó salir y todavía le alentó. Ella le hubiera rogado que no saliera, que no hiciera eso que iba a hacer, y se habría, incluso, arrodillado ante él suplicándole que no lo hiciera. Pero él no le ha dicho nada, y se ha despedido como si fuera un día cualquiera; cuando ha intentado averiguar algo, le ha contestado: «Asuntos, tengo que resolver un asunto». Y a pesar de que ha prometido que vendría antes de comer, no ha regresado ni se ha presentado en toda la tarde. Algo ha tenido que sucederle, porque las armas sólo traen desgracias a los hombres.

Al llegar al final de las Ramblas, se detienen. Allí el bullicio es aún mayor. Todos los anuncios de la Plaza Cataluña vierten sus colores falsos sobre la multitud, que ha terminado una semana más de trabajo y está ávida de diversiones o, cuando menos, de distracciones. Ellos dos, mal vestidos, asustados, llenos de asombro e irresolución, parecen dos forasteros en el centro mismo de la ciudad donde han nacido y viven.

—¿Qué hacemos ahora? Di si quieres que vayamos a algún otro sitio, pero creo que lo mejor es que nos volvamos a casa. Es la hora de cenar, y me parece que no vamos a resolver nada por la calle. Además, ¿quién sabe si el chico no habrá regresado en este tiempo que faltas de casa? Porque él debe tener una llave, ¿verdad?

Apenas escucha, nota como si le estuvieran apretando el cuello; los ojos le escuecen. Desearía quedarse aquí, en medio de la luz y de la gente, no pensar en nada, esperar, esperar a ver si ocurría algo, o si era mentira cuanto está viviendo desde que esta mañana se levantó a prepararle el desayuno como siempre.

De pronto se fija en el quiosco de periódicos. Recuerda que antes ha oído vocear los diarios de la noche. Tal vez publiquen alguna noticia que aclare lo que haya podido suceder. Sabe que sólo ha de ser una mala noticia, pero es preciso averiguar si ha ocurrido lo peor. Las cosas peores siempre vienen escritas en los periódicos.

—Compre el diario. A lo mejor pone algo…

Aunque le está mirando, casi puede decirse que no le ve cuando se acerca al puesto. Busca trabajosamente una peseta en el bolsillo del pantalón, el vendedor le entrega un diario y él se acerca desplegándolo. Saca unas gafas con cerquillo de plata y se las coloca sobre las narices. Va leyendo torpemente los titulares y pasando las páginas. Ella está dolorosamente atenta, espera a cada instante que lea lo irreparable. La espera es angustiosa; la voz del hombre insegura, pastosa, torpe. De pronto lee sin darse cuenta siquiera de las palabras que descifra: «Atraco a un cobrador que es herido gravemente». Ella crispa los dedos sobre el brazo del hombre, que la mira un poco espantado, porque sus ojos, sus palabras y su mente resbalan sobre la noticia. Al darse cuenta, mira recelosamente en torno suyo y baja la voz: «Esta mañana, hacia las once, cuando el cobrador don José Mateo Mora…»

Escucha sobrecogida; tiene la evidencia de que esa noticia está relacionada con la pistola que llevaba al salir de casa. Ya está la desgracia, ya no hay remedio: «… según declaraciones de los testigos, parece que el atracador fue herido al intentar escapar…» Le han herido, tal vez a estas horas ya haya muerto. «… la policía realiza activas gestiones para la captura del delincuente…» Quizá lo hayan detenido y muerto.

Ya es inútil buscar, ya es inútil esperar. Le persiguen y le han herido; le cogerán, y la cosa no tendrá remedio. No puede explicarse para qué ha hecho eso. Vivían bien, honradamente, podían arreglarse con el jornal y con lo poco que ella ayudaba. Nunca le pidió nada que no pudiera darle. Jamás se quejaba de las estrecheces. Podían haber sido felices viviendo como vivían; «… apoderarse de la cartera que contenía ciento veinticinco mil pesetas.» El dinero trae la desgracia a las familias. Lo importante era vivir del propio trabajo. Y luchar por salir adelante.

Se da cuenta de que el padre está temblando, y cuando le mira a los ojos, mientras dobla el periódico, ve en ellos la expresión de un animal acorralado que buscará una huida, un agujero donde esconderse de toda esta gente que les rodea, que pasa por su lado.

—Vámonos, Carmela. Vámonos de aquí.

Cruzan la Plaza despacio, con toda la fatiga sobre los hombros, sin saber dónde van.

—¿Usted cree que podrá escaparse, esconderse en algún lugar, huir de la ciudad?
—Hija, yo no creo nada. No esperemos nada bueno. La policía es muy fuerte…

Piensa que puede estar moribundo, piensa que pueden haberle ya detenido, piensa que debe de estar sufriendo en alguna parte, y que ella, la única persona capaz de auxiliarlo, ha sido incapaz de encontrarle.

Lo mejor es regresar a casa y esperar allí; esperar por si al cerrar la noche y quedar menos gente en las calles, sale él de algún escondrijo donde haya podido refugiarse, y decide regresar a casa. Allí, ella le curará y le esconderá, y nadie en el mundo será capaz de hacerle ningún mal mientras esté con ella.

—Me voy a casa. Podría ocurrírsele venir cuando haya menos gente por la calle.
—¿Quieres que te acompañe, Carmela?
—No, no… ¿Para qué? Si necesito algo, mañana le iré a ver. Puede que sea preciso esconderle mejor o buscar algún dinero…
—Se hará lo que se pueda… Poca cosa será, pero… Espera, ahora recuerdo que no llevas un céntimo.

Le da un billete de cincuenta pesetas y dos de un duro. Se separan; el viejo se aleja derrotado, inútil, con el periódico doblado asomándole por el bolsillo de la chaqueta azul.

A Carmela, el trayecto en el tranvía le parece interminable. No piensa ya en nada; toda está llena de dolor. Sabe que ha ocurrido la desgracia, y que la desgracia es irreparable. Siempre ha estado sola; su padre, su madre… Siempre ha estado sola y volverá a estarlo. Por estar sola, porque una mujer sola no sirve para nada, porque ganaba sesenta pesetas y llovía mucho y ella llevaba una falda de verano y unas sandalias que le dejaban indefensos los pies en mitad de los charcos, le pasó aquello. Y él deseaba comprarle un abrigo, medias y zapatos, y no quería que nunca más le faltase dinero para pagar el autobús, ni que subiese a un automóvil para que un hombre rico la acompañara los días de lluvia. Pero ya no le verá más; la policía le busca, y cuando la policía busca a un hombre, lo encuentra. Todo ha sido culpa de la pistola; los hombres confían en las armas, y las armas les pierden. A su padre le mataron porque un día salió con la pistola en el bolsillo. Los pobres lo único que deben hacer es trabajar para poder comer; porque los ricos siempre tienen más armas que los pobres; y los guardias y los soldados y, sobre todo, el dinero, que les defiende. Ella ahora se quedará sola otra vez y venderá los muebles; venderá también el colchón, porque hoy era sábado y él no ha ido siquiera a cobrar al taller. Ha preferido meterse una pistola en el bolsillo y hacer algo que no debería haber hecho y que han publicado todos los periódicos.

Ojalá este tranvía no llegara nunca y nada hubiese sucedido; ojalá todo el resto de su vida se lo pasara sentada en un asiento de tranvía. Pero ya está llegando y ahora tendrá que apearse y subir las escaleras y entrar en la casa; y la casa estará vacía y no sabrá qué tiene que hacer ni cómo acostarse sola, pues ahora hacía mucho que él se acostaba siempre al tiempo que ella; muchas noches daba media vuelta y se ponía a dormir, pero ella notaba el calor de su cuerpo, que era un cuerpo que ella amaba mucho, porque era el de su hombre. Otras noches la abrazaba y le decía algunas palabras que a ella la ponían contenta; y además hubiese deseado tener un hijo y que él hubiera trabajado más y ganado mejor jornal. Y nunca, nunca le compraría a su hijo una pistola de juguete, ni habría permitido que nadie le regalara armas de juguete, porque sólo traen la desgracia, aunque sean de juguete.

Al apearse del tranvía casi se cae al suelo; el pie le duele porque el zapato le roza duramente en la desolladura.

La casa se le aparece como un fantasma, junto a otras casas alineadas a lo largo de la calle pobre. Todavía están abiertos el colmado y la verdulería.

No se ha dado cuenta, y dos hombres se hallan junto a ella; uno a cada lado:

—¿Es usted Carmela Giménez Corrales?

Les mira atontada; no les conoce, nunca les ha visto. Está muy cansada y además el zapato le va martirizando.

—Haga el favor de venir con nosotros.

Nota la presión de unos dedos en el brazo y cómo la conducen hacia un automóvil que estaba parado en el chaflán. No se resiste. No sabe bien lo que pasa, ni por qué la llevan hacia ese auto. No conoce a estos hombres, y el zapato le hiere tanto en el pie, que la obliga a cojear.



LE molesta esperar a quien sea, pero su mujer estaba tan indignada al mediodía, que ha decidido venirla a buscar a la salida del cine. Mañana es domingo y no quiere que Lucía se lo amargue. Hoy ha sido un día de tantas emociones y trabajos, que quiere tener paz por lo menos en su casa.

El portero le ha dicho que la sesión acabará dentro de unos minutos, pero la cosa se está retrasando. Ha dejado el coche estacionado en lugar indebido —¡había tantos coches a la puerta del cine!— y teme que el urbano le ponga una multa.

Hace un rato ha telefoneado al hospital; afortunadamente, parece que José Mateo está mejor, y que la gravedad no era tan grande como a primera hora se temió. Hubiese deseado visitarle, pero no ha tenido un minuto libre en todo el día. Mañana le visitará. Es lamentable que toda la responsabilidad de una industria recaiga sobre un solo hombre. Así no se puede vivir, siempre urgido de preocupaciones, de trabajos, necesitando continuamente estar resolviendo problemas. Y todavía le critican los obreros… ¡Bien se cambiaría él por uno de ellos! Trabajan sus ocho horitas diarias, y luego, al fin de la semana, no tienen más que alargar la mano y cobrar su jornal. Y si trabajan más horas, pues entonces hay que pagárselas con recargo. ¿Quién le paga a él horas extraordinarias? No, que no le envidien su suerte; hoy día es preferible ser obrero a patrono. Todas las leyes les protegen y no tienen preocupaciones. En cambio, a él, entre los impuestos, las cargas sociales y otras gabelas, le están haciendo imposible la existencia. Esta manera apresurada de vivir le hará envejecer de prisa y morir joven seguramente. Luego dirán que si vive bien, que si gana dinero. ¡No faltaba más! Alguna compensación ha de tener el que trabaja como trabaja él. Hoy mismo, no ha podido disponer ni de un minuto para visitar a un empleado suyo que ha sido herido por un miserable que pretendía robarle el dinero.

Aún no sale el público del cine. Lamenta no haber visto esta película, que debe de ser excelente, cuando la empresa puede destinar tanto dinero a la propaganda.

Ya se ha olvidado de averiguar si los gastos que produzca el accidente de Mateo corren por cuenta del seguro o a cargo de la casa. Esta noche misma telefoneará al gerente… Pero ¡no! Ése no sabe nada nunca; es un parásito; telefoneará al contable, aunque es fácil que no lo encuentre en casa, porque se haya marchado al cine o a cualquier otro espectáculo. También ése se queja y está pidiendo siempre aumentos de sueldo. En cambio, si esta noche le telefoneara no lo encontraría, porque estará por ahí divirtiéndose, sin importarle nada el trabajo; dicen los empleados que hasta el lunes se olvidan de todo lo que tiene la menor relación con la oficina. Así son ellos; y él, en cambio, ahora, a la puerta de un cine, mientras espera a su mujer, tiene que estar preocupándose por si los gastos del herido son o no por cuenta del seguro.

Si no fuese por él, los obreros se morirían de hambre. Él es quien los mantiene, quien los viste, quien les permite casarse y tener hijos. Gracias a él, a su dinero, viven todos ellos; y no se lo agradecen, ni trabajan con la ilusión con que deberían hacerlo. Y eso sucede por culpa de tantos discursos y de tanto como les halagan los que gobiernan.

—Perdone, acaba usted de decirme que terminaba la película y veo que todavía no sale el público…
—Faltan unos minutos, señor.

Lucía está ahí dentro divirtiéndose, viendo una buena película; y después aún se quejará, aún le acusará de que no la acompañe, como si él se hubiera pasado la tarde de juerga. Lo que ha hecho es estar de un lado a otro, hablando con la policía, reunido con el contable, procurando que sus obreros cobraran hoy mismo el jornal. Y su mujer en el cine; y antes de ir al cine, habrá perdido una hora pintándose, peinándose y cambiándose de vestido.

Pero mejor es que no discuta con ella. Mañana es domingo; pueden coger el coche y marcharse a comer fuera, a cualquier restaurante lejos de Barcelona. Y para no aburrirse los dos solos, pueden telefonear a algún matrimonio amigo para que les acompañe. Después, de regreso, reunirse en casa de unos u otros y jugar una partida.

Comienza el público a abandonar la sala. Él se hace a un lado y empina la cabeza para no perder de vista a las personas que salen, pues Lucía pasará distraída, ya que no puede suponer que ha venido a buscarla. La gente comenta la película en tonos muy diversos. Lucía va del brazo de Marinita; ambas charlan animadamente y se sorprenden cuando le ven que, abriéndose camino entre el público, se acerca a ellas.

—Hola. No te esperábamos…
—He tenido trabajo hasta ahora mismo. ¿Qué tal, Marinita?
—Ya ves, hija, qué marido más atareado tengo. Ni siquiera el sábado por la tarde puede acompañarme. No le veo más que a las horas de comer y, ¡menos mal!, a las de dormir.
—Sí, chica. Fíate de los que siempre dicen que tienen tanto trabajo… ¡Disculpas! ¿Qué puede hacer un marido el sábado por la tarde?
—¡No seas mala, Marinita! Si vieras lo cansado que estoy… Tú no sabes lo que es tener una fábrica como la mía y estar rodeado de imbéciles o inútiles.

Lucía le mira, indignada, pues Marinita sabe que tiene empleado como gerente a un primo suyo. Él no se da cuenta y continúa quejándose:

—Una partida de vagos que se han propuesto vivir a mis espaldas…

Nota en el costado el codo de Lucía. La mira asustado y tarda unos instantes en comprender. Quiere ser habilidoso y añade, mientras Marinita le mira irónicamente, pues se ha dado cuenta de lo ocurrido:

—Y suerte tengo del primo de Lucía que colabora conmigo como si fuese yo mismo…

Lucía y él sonríen satisfechos. Marinita se aguanta la risa. Lucía propone:

—Oye, ¿por qué no telefoneas a tu marido y nos vamos a cenar por ahí?

Se han sentado los tres en la parte delantera del coche. Van algo estrechos. Maniobra para arrancar.

—Yo… es que tendría que ir a casa antes. El Comisario de Policía me ha dicho que si salía de casa dejara dicho…
—¡Tú eres tonto! Te dejas mangonear por todo el mundo. ¿Eres el ladrón o el robado? ¿Qué tienes entonces que ver con la Policía? No permitas que te traten como si estuvieras en libertad condicional.
—¡Es verdad, hombre! Anda, llévanos a un sitio donde haya teléfono. Llamaré a mi marido. Me agrada la idea de cenar con vosotros esta noche. Y tú, si tan necesario es, puedes telefonear también a tu casa por si hay algún recado para ti. O mejor, llama al Comisario y dile dónde vas a cenar por si te necesita.
—Ya ves en qué líos se mete mi marido. Esta noche aparecerá su nombre en la página de sucesos. Han matado a un empleado suyo.

Le da rabia la exageración de su mujer.

—No le han matado. He ido a verle y está mejor.
—Bueno, si no le han matado por lo menos le han herido gravemente. Pero ¿sabes, Marinita?, le va a dar una recompensa, una recompensa importante. A ver si tu marido que tiene influencia hace que lo publiquen los periódicos para compensar el mal efecto de salir en la página de los sucesos en vez de en las notas de Sociedad.

Mejor es que se calle y no discuta; mejor es no escuchar siquiera. Irán a cenar y procurará hablar de otros temas, y si le es imposible desviar la conversación, se callará y pensará en cualquier cosa. Cuando él era joven, trabajaba con su padre en el taller. Su padre era una gran persona. También su madre. Hablaba poco, era muy sencilla, nunca llevó sombrero. Los sábados, él se lavaba bien, se peinaba y vestía el traje de las fiestas. Luego se iba al café con los amigos, y después se metían en algún baile donde se divertían mucho.



HAY una luz dura, teatral; huele a formol. Se diría que el aire libre está muy lejos, y que la escena se desarrolla en un subterráneo misterioso y trágico.

Los pies cuelgan hacia los lados, y las suelas de los zapatos se asoman por debajo del lienzo de un color blanco pajizo. Le han destapado el rostro. La diligencia ha sido cumplida rápidamente. Todos han afirmado reconocerle.

Tiene manchas de sangre en la cara; el labio superior inflamado, acentúa la mueca de doloroso esfuerzo. La mirada —la última y definitiva mirada— ha espantado a los asistentes, aunque nadie lo declare en voz alta. De la mano izquierda, que parece de yeso, les han hecho notar la falta de una falange.

Se ha formado un pesado silencio; se miran unos a otros sin saber qué decir y deseando marcharse de allí.

Los guardias se han acercado mucho y, a pesar de que han afirmado reconocerle, la verdad es que el rostro les resulta extraño. Para identificar debidamente al atracador hubiesen necesitado verle correr; pero ya es imposible. Uno de ellos, llevado por el escrúpulo (aunque no le cabe duda de que el muerto es el hombre sobre el cual dispararon esta mañana), ha descubierto una parte del traje para asegurarse de que se trataba exactamente del tejido cuyo color recordaba.

El tabernero ha hecho un gesto afirmativo con la cabeza. Todo esto le desagrada y además el estómago le martiriza, y el dolor le castiga los nervios. Se ha movilizado mucha gente, se han alertado vigilantes, se ha telefoneado, se han tomado declaraciones y consultado ficheros; y este hombre se estaba muriendo por las calles. Ahora todo ha terminado en esta sala teatral y trágica, donde hasta los rostros de los vivos parecen pertenecer a cadáveres. Ahí están, serios, fatigados —no parecen muy satisfechos y ojalá no lo estén—, los guardias que esta mañana vinieron corriendo y dispararon mientras el atracador —eso que hay ahí, cubierto por un lienzo— saltaba la tapia; después uno de ellos, que no se sabe si fue el más joven o el otro, se encaramó a unas tablas (él mismo le ayudó a encaramarse), e hizo un par de disparos más sobre el atracador que corría por un solar. Y ahora todo ha terminado: los comentarios, la exaltación del día, la decisión que sintió dentro de él mismo cuando entró en la taberna y cogió una botella de agua mineral que estaba sobre el mostrador y, empuñándola por el gollete, salió a arriesgar lo que fuera necesario con tal de que las cosas no ocurrieran como no debían ocurrir. Después, su hijo, aprovechando la confusión de la lucha —dos hombres que se debatían entre el polvo resollando, jadeando—, cogió la cartera y corrió con ella hasta el fondo de la trastienda, donde se encerró con llave por si acaso.

Ahí está, con la cara llena de manchas de sangre seca; y esta mañana le apuntó con el cañón de la pistola, y él temió por un momento que disparara, porque le había sorprendido a punto de descargarle un botellazo. Ya no hacen nada aquí. Pueden marcharse todos; la cosa ha terminado. El dinero ha vuelto a su dueño y el culpable está castigado. ¿Puede hacérsele aún algo más?

—¿Podemos marcharnos ya?
—Un momento todavía, por favor…

Están anotando algo en un bloc o tomando los nombres de los presentes. Ahí hay un taxista que parece ser quien condujo al atracador cuando escapaba; y otro hombre que no conoce, y otro todavía que ha dicho que era compañero de trabajo del muerto. En el fondo de la habitación, junto a un policía, hay una muchacha que le obsesiona desde que ha entrado. Casi prefiere no mirarla. Es joven, va mal vestida, lleva una chaquetilla deslucida, adornada con piel en el cuello, esa piel triste de las prendas pobres, y no calza medias. Está retorciendo un pañuelo entre los dedos temblorosos. Cuando le han preguntado si reconocía al cadáver, ha hecho un gesto afirmativo y ha permanecido en silencio, apretando los dientes. Parece una alucinada. Tiene los ojos fijos en el bulto que está sobre la mesa de mármol, y que es un cuerpo humano; el cuerpo de un hombre joven que esta mañana realizó un atraco a mano armada, hiriendo gravemente a un semejante. La chica está en un rincón, despeinada, con los ojos brillantes y secos, con el pecho hundido sacudido por una respiración anhelante.

Uno de los guardias le dice al otro en voz baja:

—Era un tío con agallas, hay que reconocerlo. Cayó sin rendirse.
—Me recuerda a uno que fusilaron en mi pueblo; debía tener la misma edad que éste, y el pelo así, castaño y rizado.

Luego se fijan en la muchacha, y en voz más baja aún, avanzando la barbilla hacia ella, pregunta:

—Y ésa ¿quién es?
—La chica. La han detenido hace un rato.
—¿Qué chica?
—¿Qué chica va a ser? ¡La fulana; la fulana del tipo… del tipo ese!
—Pobrecilla; no parece mala persona…
—No te fíes. Mira, detuvimos una vez a una miliciana que había sido de lo peor, no quisieras saber. Bueno, pues parecía una mosquita muerta.

La diligencia ha terminado y abandonan la sala. Van subiendo la escalera del Depósito Judicial —unos pocos escalones que ascienden al nivel de la vida, al nivel de los hombres— para salir al patio del hospital. Los guardias coinciden con el taxista. Uno de ellos le apoya campechanamente la mano en la espalda:

—Anda, amigo, que de buena se libró esta mañana…
—¡Y que lo digas! Cuando dio la vuelta aquella ya lo tenía enfocado por el punto de mira del fusil.

Ellos se ríen, pues se dan cuenta de que el taxista está un poco confuso, no sabiendo bien qué actitud adoptar. Recuerda el estampido de los disparos y la pistola del atracador amenazándole tras la nuca. Es de corta estatura y mira a los guardias desde abajo; les sonríe con cierto esfuerzo.

—¡Cómo corría el condenado!

El tabernero ha procurado quedarse el último. Se acerca, al pie de la escalera, al policía que acompaña a la chica. Le conoce porque esta tarde estaba con el Comisario cuando le tomaban declaración. La chica se ha vuelto de espaldas y mira obstinadamente el cadáver. El tabernero hace un gesto discreto hacia ella y pregunta:

—¿Está detenida?
—Por el momento, sí.

El policía es un hombre campechano; en un instante en que el Comisario salió del despacho, liaron juntos un cigarrillo y estuvieron de charla. El hermano de este agente estuvo también preso durante la guerra en la cárcel Modelo. Él le recordaba vagamente, pero sólo de nombre, de cuando pasaban lista.

Se sabe si está complicada?
—No. Parece que no. Tampoco tiene antecedentes. Vivía con él y se supone que no sabía nada. He oído decir que la soltarán en seguida.

En ese instante ella se ha vuelto hacia los dos hombres, y la expresión de la cara se le ha transformado. Su voz ha sonado angustiada, cálidamente dolorosa:

—Entonces… ¿Por qué no me dejan quedarme aquí esta noche? Esta noche por lo menos…

En el patio han alcanzado al grupo y avanzan hacia la calle. La muchacha va ahora sollozando calladamente, con el pañuelo apretado contra los labios. El tabernero y el policía la consuelan, diciéndole que tal vez esta misma noche la dejen regresar, y le den un permiso especial para que pueda velar el cadáver.

El tabernero dice al policía que desearía acompañarles a la Jefatura con el fin de interceder por la chica, ya que conoce a uno de los Jefes que seguramente le atenderá, porque fueron compañeros cuando él ocupaba un puesto importante en la Falange de su distrito. El policía le hace un gesto por detrás de la muchacha. Ese gesto le disuade.

Han llegado a la verja y salen a la calle. Es tarde ya, y en este barrio hay poca animación por la noche. El grupo se disuelve; unos se van sin decir nada y otros se despiden alegremente. El policía y Carmela montan en un coche que les espera. El compañero de trabajo del muerto ha desaparecido sin decir nada a nadie. El taxista toma su vehículo y se marcha en él. Tiene ganas de descansar. La pareja de guardias se aleja camino del tranvía.

—¿Sabes tú lo que dijo don Alfredo Conesa Sánchez cuando vino el hijo de un cazador furtivo a pedirle clemencia para su padre al que habían metido preso? Pues contestó: «¡Qué se chinche! ¡Que lo hubiese pensado antes de robar!» Como enemigo era malo don Alfredo…

El tabernero los ve alejarse a todos; de pronto cuando se da cuenta, se ha quedado solo en mitad de la acera. Mira hacia las ventanas del hospital y recuerda que aquí está también el herido, un pobre empleado que esta mañana fue a cobrar, porque así se lo mandaron, una suma de dinero a la sucursal de un Banco.

Empieza a caminar, y aunque el estómago le molesta mucho, saca otro caliqueño del bolsillo y lo enciende. Decide regresar a pie hasta su casa, a pesar de que está lejos. Mejor, así se cansará y confía en que la fatiga le sirva luego de soporífero.

El día ha terminado y la justicia se ha hecho. Ya está castigado el delito. Él ha visto la cara ensangrentada y los ojos llenos de terror y muerte, él ha visto la mano tan blanca que no parecía carne, y tan crispada que asemejaba una garra de fiera. Las cosas han quedado, pues, en su punto, y la mujer del atracador o lo que fuera, dormirá en los calabozos. Todo es legal y conforme. Pero le duele terriblemente el estómago, y sin saber exactamente por qué, se siente desgraciado.

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