Humareda, las elecciones y yo

Fernando Morote

Victor Humareda (1920-1986)





Su repentina aparición rompió mis esquemas. Semanas atrás, cuando vi su nombre debajo del mío en el periódico, no pensé que estuviera en condiciones de asistir. La precariedad de su estado de salud era asunto público.

Esa mañana, sin embargo, fundido en una mezcla de arlequín, torero y quijote, me extendió su libreta electoral identificándose como miembro de mesa. Su figura distaba bastante del tipo que bailaba tango en la calle. Aquel sucio y abandonado colegio a punto de desplomarse no parecía escenario propicio para un señor de su edad, a quien habían extirpado la manzana de Adán el año anterior. Lo que más destacaba de su habitual atuendo era su corbata, emergiendo de su pecho como un alacrán herido, y la chalina enroscada al cuello en un estilo que presagiaba el inminente cadalso.

Una vez dispuesto a mi lado extrajo de su gabán uno de sus famosos cuadernitos con tapa de plástico. A primera vista lucía como una biblia de bolsillo. Con gesto elocuente me indicó que ése sería nuestro vehículo de comunicación durante el ejercicio de nuestro deber cívico. Después, al azar, abrió una página en blanco y escribió: “No confío en ningún candidato”.

Su mano maciza, sosteniendo el bolígrafo como si quisiera estrangularlo, justificaba la caligrafía irregular. Notando mi embarazo por no saber cómo dirigirme a él, anotó: “Hablo cuando pinto”. La frase no podía tener un sentido más literal en estas circunstancias. Me atreví a preguntarle por qué llevaba viviendo tres décadas en ese cuchitril de La Parada, entre mendigos, locos y putas. Su amable sonrisa desnudó mi incapacidad para comprender, al menos con un grado de lógica, sus motivos. Percatado de mi desconcierto, desplegó nuevamente su minúscula agenda y apuntó: “Prefiero la pintura a la comodidad”. A la hora del refrigerio comió con fastidio. La cánula en su garganta era una tortura. Su mirada carecía de chispa, pero su sangre seguía produciendo fuego. Observándolo, surgió un conflicto dentro de mí. ¿Qué era en realidad lo que me intrigaba de este hombre que descubrió su vocación al abstenerse de meter un gol para contemplar el espectáculo de una puesta de sol?

El aroma sórdido del aguarrás y el thinner, impregnados en su indumentaria, movilizó mi fibra interna. Elaboré una serie de conjeturas: ¿Sería su desparpajo para enarbolar dotes histriónicas frente a la prensa o su facha de cargador de bultos en versión elegante? Quizás sus toscos rasgos andinos, la prominencia de sus labios y su recia dentadura equina jugaban un rol. Podía ser también su honesta inclinación por lo promiscuo, su claro desafío a las convenciones o su maravillosa filosofía de azotea. No descartaba su bombín de gángster en bancarrota, su sinfónica carcajada de falso pordiosero, su caótica habitación importada de Arlés, sus polvorientos zapatos de corte tulipán. En fin, su fortaleza de inmigrante marginal… Por encima de todo estaban los acordes de su pincel, la furia de sus colores, la penumbra terrorífica en algunos de sus paisajes, sus brochazos cargados de emoción, el luminoso tránsito de la pastosa oscuridad a la explosión de múltiples matices. A lo mejor era sólo que no pintaba lo que veía sino lo que sentía al ver algo.

Tenerlo tan cerca, seguir sus educados movimientos, leer sus punzantes apreciaciones, tratar de capturar la naturaleza de sus enunciados, me hacía sentir en compañía de un aliado; otra flor entre las piedras.

El flujo de votantes aumentó a medida que se aproximaba el plazo de cierre. La mayoría no lo reconoció. Unos cuantos lo miraron con cautela, otros con arrogancia. Un par de ignorantes pensó que se trataba de un personaje cómico. Deduje que esas cuestiones no lo alteraban en absoluto.

En una pausa volvió a sacudir su libreta para garabatear lo que al cabo de unos minutos se convirtió en un boceto. De reojo me uní a su viaje. Partimos con la fotografía familiar en Lampa, Puno. Realizamos un circuito intro-ductorio por su dormitorio-taller, donde me mostró una cantidad impresionante de autorretratos. Rematamos con una deliciosa charla en el cuarto de las meditaciones; una cautivante disertación del artista desde el Sillón de Sócrates. Al caer la tarde, el cuerpo nos empujó a hollar estratégicos rincones de la ciudad. El periplo incluyó la Quinta Heeren, el Puente de piedra, el cerro San Cosme, Plazuela de Santo Domingo, Plaza de Cercado, Av. Francisco Pizarro, Rímac y El Puente de los Suspiros. Hartos del aire urbano, nos lanzamos a buscar la brisa Marina de Pucusana y el Puerto del Callao. Al retorno nos confundimos entre los fieles religiosos de la Procesión del Señor de los Milagros, nos atropelló la fauna disfrazada de una Procesión con oso y contemplamos los trajes históricos de la Procesión de Santiago. Como el ambiente contradecía nuestros principios, decidimos tomar un descanso en El restaurante, poner unos discos en la vitrola y aplaudir un número de Marinera. No fue suficiente. Nos alejamos del violín y enrumbamos a los burdeles: el Cinco y Medio primero, la Nené después. ¡Qué momentos estábamos pasando! Los Caballos, la Corrida de toros y la Jugada de gallos vinieron con la noche. El Tribunal Correccional, los Abogados y reos, Danton y La Santa Inquisición nos esperaban a la vuelta de la esquina. La visión de Incendios, la matanza de Uchuraccay y La muerte nos obligaron a volver a la realidad.

Al final de la jornada ignoraba cuál sería el destino político del Perú. Tampoco me preocupaba gran cosa. Mi misión como presidente en esa urna había sido cumplida. La fiesta para mí estuvo en gozar la presencia de mi ilustre compañero. A modo de despedida, con trazo nervioso, registró: “Dicen que los químicos me están matando”. Eso afirmaban los reportajes periodísticos y quienes lo conocían. A esas alturas su notoriedad había alcanzado ya niveles de leyenda.

Han transcurrido seis lustros de aquel fortuito encuentro. Mi vida no cambió gracias a él, pero me confirmó dónde está la esencia de las cosas importantes.

Fui yo entonces el que decidió dejar de hablar y empezar a escribir.

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