Martin Eden (X)

Jack London






CAPÍTULO XXV

MARÍA Silva era pobre y conocía muy bien todas las realidades de la pobreza. Para Ruth, esta palabra significaba, tan sólo, una situación poco agradable. Eso era cuanto sabía acerca del asunto. Le constaba que Martin era pobre y, mentalmente, asociaba esa situación a la infancia de Abraham Lincoln, de Mr. Butler y de otros hombres que habían triunfado. Asimismo, aunque consciente de que la pobreza resultaba totalmente indeseable, compartía el cómodo concepto burgués de que era, en cierto modo, conveniente, de que constituía un fino acicate para espolear hacia el éxito a cuantos hombres no eran unos inútiles degradados. Por tanto, la noticia de que Martin estaba en tan difícil situación que tuvo que empeñar su reloj y su abrigo, no la alteró en absoluto. Incluso lo consideró como provechoso, segura de que iba a obligarle, antes o después, a abandonar la literatura.

Ruth nunca advirtió el hambre en el rostro de Martin, que se hizo más enjuto, destacándose las mejillas hundidas. En realidad, la muchacha recibió con satisfacción el cambio en su cara. Semejaba darle un aire más refinado, eliminando carne y aquel aspecto de vigor casi animal que tanto la impresionaba pese a detestarlo. A veces, cuando estaban juntos, Ruth advertía un extraño brillo en sus ojos, que le gustaba mucho, pues le daba aire de poeta y de erudito, lo que él deseaba ser y lo que ella hubiese deseado que fuera.

En cambio, María Silva veía algo muy distinto en las hundidas mejillas y en los ardientes ojos, siguiendo sus cambios a diario, con lo que, también, seguía los cambios de fortuna de Eden. Se dio cuenta de que Martin salía de casa con el abrigo y que regresaba sin él, pese a que el día era frío, y, asimismo que las mejillas volvían a llenarse un poco y su mirada perdía el fuego del hambre. También advirtió cómo desaparecían su bicicleta y su reloj y que, tras cada una de las desapariciones, recobraba parte de su vigor.

Del mismo modo, se daba cuenta de lo mucho que trabajaba, al medir el aceite de lámpara que gastaba por las noches. ¡Trabajar! María sabía que la superaba a ella, aunque fuese otra clase de trabajo. Y la sorprendía que, cuanto menos comida tuviese, trabajase con más ardor. A veces, con toda naturalidad, cuando creía que el hambre de Martin era más aguda, le enviaba un pedazo de pan recién salido del horno, disimulando la ayuda con la presunción de que él no lo hacía tan bueno. Otras, le mandaba, con uno de sus hijos, un cuenco de sopa, mientras se preguntaba si estaba justificada en quitárselo de la boca a sus familiares. Martin no era desagradecido, pues conocía la penuria de los pobres, y le constaba que, si en el mundo había caridad, era la de María Silva.

Cierto día, una vez hubo alimentado a su prole con lo que tenía en casa, María invirtió sus últimos quince centavos en un galón de vino barato. Invitó a Martin, que entraba en aquel momento a buscar agua, a que se sentara y bebiese. Eden brindó a su salud, y ella, a su vez, brindó a la suya. Luego, la viuda brindó por el éxito de sus esfuerzos, y Martin, para que James Grant apareciese y pagara lo que le debía por sus coladas. James Grant era un carpintero nómada, que no siempre pagaba sus facturas, y que debía tres dólares a María.

Tanto Eden como la viuda Silva bebían con el estómago vacío, por lo que pronto se les subió a la cabeza. Pese a ser muy distintos, ambos se sentían muy solos en su miseria y, aunque procurasen ignorarlo, éste fue el lazo que les unió. A María la sorprendió enterarse de que Eden había estado en las Azores, donde ella vivió hasta los once años. Se sorprendió aún más de que Martin hubiese estado, también, en las islas Hawai, a las que emigró con su familia. Pero su sorpresa no tuvo límites cuando el marino le dijo que conocía Maui, donde ella creció y se casó. En Kahuli, donde María conociera a su esposo, Martin había estado dos veces. Sí, la mujer recordaba los cargueros de azúcar, en uno de los cuales iba Martin embarcado. ¡El mundo era muy pequeño! ¿Conocía Eden al capataz de la plantación? Sí, habían bebido unas copas juntos.

Así, recordando, ahogaron el hambre con el amargo vino. A Martin, el futuro no le parecía tan sombrío. El éxito se agitaba ante sus ojos. Estaba a punto de alcanzarlo. Contempló, entonces, las facciones duras de aquella mujer, abrumada por el trabajo, y recordó la sopa y el pan, sintiendo que despertaba en él una profunda gratitud y amistad.

—María —exclamó de pronto—. ¿Qué le gustaría tener?

Ella le miró sin comprenderle.

—¿Qué le gustaría tener en este momento, de poder conseguirlo?
—Zapatos para todos mis chicos, siete pares de zapatos.
—Las tendrá —declaró Edén, mientras ella asentía gravemente—. Pero me refería a algo muy importante, que usted desee.

Los ojos de la viuda brillaron divertidos. Martin quería bromear con ella, con María, que tan poco bromeaba en los últimos tiempos.

—Piénselo —la invitó él cuando iba a abrir la boca.
—Muy bien —repuso María—. Lo pienso. Me gustaría que la casa, esta casa, sea mía, para no pagar alquiler, los siete dólares al mes.
—La tendrá —aseguró Martin— y muy pronto. Pero desee algo muy grande. Imagine que soy Dios y le digo que puede tener cuanto quiera. Luego, usted me lo dice.

María lo estuvo pensando muy seriamente.

—¿No da miedo? —indagó animada.
—No —rió él—. No da miedo. Siga.
—Es muy grande —le advirtió la viuda.
—De acuerdo. Dispare.
—Bueno… —María aspiró hondo, al igual que una niña, antes de proclamar lo que más deseaba en la vida—. Me gustaría tener una granja, una granja de vacas. Muchas vacas, mucha tierra, mucho pasto. Me gustaría que esté cerca de San Leandro; mi hermana vive allí. Yo vendo la leche en Oakland y hago mucho dinero. Joe y Nick no vigilan vacas. Van al colegio. Quizá sean ingenieros y trabajan en el ferrocarril. Sí, me gustaría una granja.

Se interrumpió para mirar a Martin con los ojos brillantes.

—La tendrá —aseguró Eden.

María asintió, mientras se llevaba la mano a los labios, para besar el vino y al dador de aquel obsequio que, le constaba, nunca iba a ser realidad. Martin tenía el corazón en su sitio y ella, íntimamente, apreciaba sus buenos propósitos igual que si le hubiera ya dado el regalo.

—No, María —siguió Martin—. Ni Nick ni Joe deberán vender leche, y todos los chicos podrán llevar zapatos e ir al colegio. Será una granja de primera, con todo comprendido. Habrá una casa, para que vivan en ella, con cuadras y establos para las vacas. Habrá también gallinas, cerdos, huertos y árboles frutales y todo lo necesario. Dará lo suficiente para que alquilen a un bracero o dos. Así no tendrá otra cosa que hacer más que cuidar de sus hijos. Y, si encuentra a un buen hombre, cásese y descanse, mientras él dirige la granja.

Y, tras ese desprendimiento basado en su futuro, Martin fue a buscar su traje nuevo para empeñarlo. Era un acto de desesperación, pues le aislaba de Ruth. No tenía otra ropa presentable y, si bien podía ir a la panadería y a la carnicería e, incluso, a casa de su hermana, era inconcebible pensar en mostrarse ante los Morse tan mal vestido.

Siguió trabajando, cada vez con menos esperanzas. Comenzaba a creer que había perdido la segunda batalla y que no le quedaba otra solución que buscarse un empleo. Con eso, iba a satisfacer a todo el mundo, al tendero, a su hermana, a Ruth e, incluso, a María, a la que debía un mes de alquiler. Debía, también, dos meses de la máquina y la agencia no hacía más que exigir el pago o la devolución del artefacto. Desesperado, a punto de rendirse, estableció una tregua con la suerte, hasta que pudiese empezar de nuevo, presentándose a los exámenes para el servicio postal ferroviario. Para su sorpresa, obtuvo el primer puesto. Tenía el empleo asegurado, pero nadie sabía cuándo iban a llamarle para que comenzase su trabajo.

Fue en ese momento, en que se encontraba más abajo, en que falló el engranaje periodístico. Debió desprenderse un tornillo o agotarse una bujía, pues una mañana el cartero trajo un sobre muy delgado. Martin lo examinó, descubriendo en un extremo el membrete del Transcontinental Monthly. El corazón le dio un brinco y sintió como si fuera a desmayarse, al tiempo que le temblaban las rodillas. Entró en su habitación, para sentarse en la cama, sin atreverse aún a abrir el sobre. Entonces, comprendió que hubiese gente que cayera muerta al recibir unas noticias excepcionalmente buenas.

Y se trataba de buenas noticias. El sobre no contenía un original, por lo que significaba que le habían aceptado un escrito. Recordaba el relato que enviara al Transcontinental. Se titulaba El tañido de las campanas, una historia de terror, que sumaría unas cinco mil palabras. Y, puesto que las publicaciones de primera fila pagaban siempre al adquirir una colaboración, en el sobre debía haber un cheque. A dos centavos por palabra, veinte por mil, el cheque sería de cien dólares. ¡Cien dólares! Mientras abría la carta, fue recordando todas sus deudas: tres dólares, ochenta y cinco centavos, al tendero; al carnicero, cuatro, dos al panadero y cinco en la verdulería. Total, catorce, con ochenta y cinco. Luego, el alquiler de la habitación, dos y medio. Un mes adelantado, otros dos y medio. Dos meses de la máquina de escribir, ocho, y cuatro de un mes por adelantado. Total, treinta y un dólares, con ochenta y cinco. Luego, quedaba el asunto del prestamista, con sus correspondientes intereses: el reloj, cinco dólares y medio, el abrigo, cinco treinta, la bicicleta siete con setenta y cinco y la ropa cinco cincuenta. (Le imponían el sesenta por ciento de interés, pero no importaba.) En total, cincuenta y seis dólares con diez centavos. Vio ante sus ojos, como impreso en el aire, los números y la operación de sumar y restar y, tras liquidarlo todo, le quedaban aún cuarenta y tres dólares con noventa centavos. Y, además, tendría cubierto un mes de alquiler del cuarto y otro de la máquina.

Había ya abierto la carta y sacado una cuartilla mecanografiada. No había cheque. Examinó el sobre, incluso a contraluz, pues no se fiaba de la vista, y lo rasgó totalmente. No había cheque. Leyó la misiva, estudiándola línea a línea, saltando los elogios del firmante, en busca de la razón por la que no le enviaban un cheque. No lo encontró, pero lo que allí decía le dejó aturdido. Se le cayó la carta. Sus ojos perdieron el brillo, y tuvo que echarse en la cama, cubriéndose con la manta.

¡Cinco dólares por El tañido de las campanas, cinco dólares por cinco mil palabras! ¡En vez de dos centavos por palabra, uno por cada diez! Y, además, el director de la revista alababa su trabajo. Y no recibiría el cheque hasta la publicación del relato. Así que todo era mentira, lo de los dos centavos por palabra como mínimo y el pago por adelantado. Era mentira y a él le había seducido. De saberlo, no hubiese intentado escribir. Habría buscado trabajo, como Ruth quería. Recordó el primer día en que se puso a escribir, quedando horrorizado ante la cantidad de tiempo perdido, a cambio de un centavo por cada diez palabras. Entonces, cuanto leyera acerca de los grandes ingresos de ciertos autores debía, también, ser mentira. Todas sus ideas prestadas respecto a esta materia eran un puro error y allí tenía la prueba. El Transcontinental se vendía a veinticinco centavos y la cubierta, artísticamente realizada, aseguraba estar entre los primeros del país. Era una publicación formal y respetable, que circulaba desde mucho antes de que él naciese. En cada número, se incluían las palabras de cierta gran figura de la literatura mundial alabando la gran obra del Transcontinental. Este autor había publicado por primera vez en aquellas mismas páginas. ¡Y el elevado y culto Transcontinental pagaba tan sólo cinco dólares por cinco mil palabras! Aquel gran escritor había muerto en el extranjero, en la máxima pobreza, según recordaba Martin, cosa nada de extrañar considerando los grandes beneficios de los autores.

Bien, se había tragado el anzuelo, creyendo los embustes de los periódicos acerca de los beneficios que proporcionaba la literatura. Pero había concluido. No iba a escribir ni una sola línea más. Haría lo que Ruth quería que hiciese, lo que todo el mundo quería que hiciese: buscarse un empleo. Al pensarlo, se acordó de Joe, de Joe que vagaba por el país del ocio. Martin suspiró de envidia. Le pesaba la reacción de una jornada de diecinueve horas, durante muchos días. Pero Joe no estaba enamorado, carecía de las responsabilidades del amor y podía pasearse por el país del ocio. Él, Martin, tenía un motivo para trabajar y trabajaría. Al día siguiente, a primera hora, iría a buscar un empleo. Y también le haría saber a Ruth que se había enmendado y estaba dispuesto a entrar en el bufete de su padre.

¡Cinco dólares por cinco mil palabras, un centavo por cada diez palabras, el precio del arte! Le pesaban el desengaño, las mentiras y la infamia de todo aquel asunto. Con los párpados cerrados, veía, cual en números de fuego, los tres dólares con ochenta y cinco centavos que debía al tendero. Se estremeció, consciente de que le dolían los huesos. También le dolía la espalda. Lo mismo le ocurría en la cabeza. Sentía un intenso dolor en todas partes e incluso en el cerebro, que semejaba hinchársele. Resultaba intolerable. Y, como grabado en los párpados, veía siempre la implacable cifra: 3,85 dólares. Abrió los ojos para alejarla, pero la luz blanca de la habitación semejaba lacerarle las pupilas, obligándole a cerrarlos de nuevo, por lo que tuvo que enfrentarse, otra vez, a los 3,85 dólares.

¡Cinco dólares por cinco mil palabras, a centavo las diez palabras! No podía dejar de pensar lo. Se le instaló en la mente con tanta fuerza como la deuda del tendero. A fuerza de darle vueltas, se le apareció la cifra de dos dólares. Se dijo que ése era el panadero. Luego, vio dos dólares y medio. Le intrigó y lo estuvo meditando, como si de ello dependiese su vida. Le debía a alguien dos dólares y medio, de eso no tenía duda, pero ¿a quién? Un imperioso y maligno universo le impulsaba a averiguarlo. Con este propósito, estuvo recorriendo los interminables corredores de su mente, abriendo profundos desvanes, en los que almacenaba retazos de recuerdo y toda clase de datos. Al cabo de varios siglos, se le ocurrió que la deuda era con María. Martin experimentó un profundo alivio. Había resuelto el problema; podía descansar. Pero no fue así. Desaparecieron los dos dólares y medio, para verse sustituidos por ocho dólares. ¿Quién era ése? Debía comenzar de nuevo el tormento, hasta averiguarlo.

No supo cuánto invirtió en eso, pero, al cabo de lo que le pareció un enorme lapso de tiempo, le devolvió a la realidad un golpe en la puerta. Era María, que le preguntaba si se sentía enfermo. Contestó con una voz que no pudo reconocer, para decir que estaba descansando. Se sorprendió al advertir la oscuridad que reinaba en la habitación. Había recibido la carta a las dos de la tarde. Entonces, se dio cuenta de que estaba enfermo.

Una vez más, la cifra de ocho dólares comenzó a quemarle las pupilas y, de nuevo, se sintió sujeto. Pero se hizo más astuto. No tenía necesidad de ir revisando su propia mente. Había sido un estúpido. Pulsó una palanca e hizo que el cerebro le girase, hasta convertirse en una gigantesca rueda de la fortuna, una especie de tiovivo de los recuerdos, una gran esfera de la sabiduría. Fue moviéndose más y más de prisa, hasta que el vértice le arrastró, hacia un inmenso caos negro.

De súbito, cosa que le pareció muy natural, se encontró en una lavandería, almidonando puños. Advirtió que en ellos había escritas unas cifras. Dedujo que sería un modo de marcarlos, hasta que, al acercarse, comprobó que decía tres dólares y ochenta y cinco centavos. Recordó que era su deuda con el tendero y vio que todas las que tenía revoloteaban por la habitación. Entonces, tuvo una idea. Las tiraría al suelo y así no debería pagarlas. Dicho y hecho. Fue arrugando todos los puños para arrojarlos al suelo, especialmente sucio. Iban formando un montón, pues cada deuda estaba repetida más de mil veces, pero sólo había una de dos dólares y medio, que era la de María. Esto significaba que ella no le iba a apremiar para que le pagase. Decidió que, por tanto, era la única que iba a liquidar. Comenzó a revolver el montón, para buscarla. Estuvo siglos buscándola y aún la buscaba cuando apareció el gordo holandés, propietario del hotel. A éste, el semblante le ardía de coraje y gritaba con voz estentórea, que resonaba por todo el Universo:

—¡Te deduciré el precio de esos puños de tu sueldo!

La pila de puños se convertía en una montaña y Martin supo que debería trabajar mil años para pagarlos. No le quedaba otra solución que matar al propietario y prenderle fuego a la lavandería. Pero el enorme holandés se lo impidió, asiéndole por el cuello y obligándole a bailar por todo el local. Le arrastró sobre las mesas de plancha, la estufa, el secadero, los lavaderos y los secadores. Le obligó a saltar hasta que le castañetearon los dientes y le dolió la cabeza, maravillándose de lo fuerte que era el holandés.

Y, de súbito, Martin se encontró ante una lavadora, de donde salían los puños. El director de una revista echaba la ropa. Cada puño era un cheque y Martin los examinó febril, expectante, pero todos estaban en blanco. No obstante, se quedó allí, recibiéndolos durante un millón de años, sin perder uno solo, por miedo de que estuviese extendido. Al fin, encontró uno. Con mano temblorosa lo acercó a la luz. Era por cinco dólares. El director de la revista rompió a reír.

—Muy bien —dijo Martin—. Ahora te mataré.

Se fue a la lavandería en busca del hacha y se encontró a Joe que astillaba los originales. Pero la herramienta quedaba en el aire y Martin se encontraba, de pronto, en el cuarto de plancha, en medio de una tormenta de nieve. No, no eran copos lo que caía, sino cheques por grandes cantidades, el menor de ellos por mil dólares. Comenzó a cazarlos al vuelo, para ir formando paquetes de cien, que ataba con un cordel.

De súbito, Martin alzó la cabeza, para ver a Joe, que hacía juegos de manos con las planchas, las camisas y sus originales. De vez en cuando, se inclinaba para recoger un paquete de cheques, que, luego, lanzaba al aire y que salía por el techo, formando un círculo inmenso. Martin le agredió, pero el otro, haciéndose con el hacha, la incluyó en sus malabarismos. Más tarde, agarró a Martin, para que corriese la misma suerte. Eden atravesó el techo, mientras iba a la caza de los originales, de modo que, al caer, tenía toda una brazada. Pero en cuanto tocó el suelo, volvió a subir, de modo que continuó en el círculo volador durante mucho rato. A lo lejos, oía una voz infantil que repetía el estribillo:

—Valsemos, Willy, valsemos, girando y girando.

En medio de aquella Vía Láctea de cheques, Martin pudo alcanzar el hacha y, al volver al suelo, se dispuso a matar a Joe. Pero éste no apareció. En su lugar, a las dos de la madrugada, María, que había oído sus lamentos a través del tabique, entró en su cuarto para ponerle ladrillos calientes junto al cuerpo y paños húmedos sobre los ojos.


CAPÍTULO XXVI

AQUELLA mañana, Martin Eden no salió a buscar un empleo. Era ya muy tarde cuando dejó de delirar y miró en torno suyo con ojos doloridos. Mary, un miembro de la tribu Silva, de ocho años, montaba guardia y, al ver que recobraba el conocimiento, lanzó un grito. María, que estaba en la cocina, entró en el cuarto. Le apoyó la callosa mano en la frente y le tomó el pulso.

—¿Quiere comer? —indagó.

Martin negó con la cabeza. Comer era lo más alejado de sus pensamientos y le sorprendió que alguna vez hubiese tenido hambre.

—Estoy enfermo, María —dijo con voz débil—. ¿Qué debo tener? ¿Lo sabe usted?
—La gripe —repuso ella—. Dos, tres días y usted bueno. Mejor no coma ahora. Mañana, sí, mucho.

Martin no tenía costumbre de estar enfermo y, cuando salieron María y su hija, intentó levantarse y vestirse. Con un supremo esfuerzo de la voluntad, con la mente vacilante y los ojos que le ardían, consiguió salir de la cama, para ir a caer sobre la mesa. Media hora más tarde, pudo volver a la cama, contentándose en yacer con los ojos cerrados, mientras analizaba sus dolores y debilidades. María acudió varias veces para cambiarle los paños húmedos de la frente. Por lo demás, le dejó tranquilo, comprendiendo que no debía molestarle con su charla. Esto despertó la gratitud de Martin, que se dijo:

—María, tendrás la granja, seguro que sí.

Entonces, Eden recordó su lejano pasado de ayer mismo. Semejaba haber transcurrido toda una vida desde que recibiera la carta del Transcontinental, toda una vida desde que pusiera fin a una etapa y comenzara una nueva página. Forzó la marcha en exceso y, ahora, estaba agotado. De no haber pasado hambre, no le habría pillado la gripe. Se encontraba muy débil y no fue capaz de vencer el germen que había invadido su organismo. Aquél era el resultado.

—¿De qué le sirve a nadie escribir toda una biblioteca y perder la vida? —indagó en voz alta—. Aquí no hay lugar para mí. De ahora en adelante, la teneduría de libros y una casita con Ruth.

Dos días más tarde, tras comer un huevo y unas tostadas y beber una taza de té, pidió el correo, pero los ojos aún le dolían demasiado para intentar leerlo.

—Léamelo usted, María —rogó—. No se preocupe de las cartas más grandes. Échelas bajo la mesa. Lea sólo las pequeñas.
—No puede —fue la respuesta—. Teresa, ella ha ido colegio. Ella puede.

Por tanto, Teresa, que sólo tenía nueve años, abrió el correo y le leyó las cartas. Martin escuchó distraído una larga misiva de los propietarios de la máquina de escribir, mientras pensaba en el modo de hallar un empleo. De pronto, volvió a la realidad.

—«Le ofrecemos cuarenta dólares por los derechos de serielización de su cuento —leía Teresa lentamente—, siempre que nos permita hacer las correcciones que le indicamos».
—¿De qué revista es eso? —gritó Martin—. Trae, dámelo.

Por lo menos, podía leer y no se fijó en el dolor que le producía. Era del White Mouse, que le ofrecía cuarenta dólares por El remolino, uno de sus primeros relatos de terror. Leyó la carta varias veces. El director le decía con toda franqueza que no había tratado adecuadamente la idea del cuento, pero que le compraban ésta porque era original. De permitirles quitarle un tercio de su extensión, le enviarían un cheque de cuarenta dólares a su respuesta.

Pidió papel y pluma y le dijo al director de la revista que podía cortar un tercio del relato y mandarle los cuarenta dólares.

Una vez enviada la respuesta, que Teresa echó al correo, Martin se tendió en cama nuevamente. Al fin y al cabo, no era mentira. El White Mouse pagaba al contratar una colaboración. El remolino tenía tres mil palabras. Si le quitaban un tercio, quedaban dos mil. A cuarenta dólares, serían dos centavos por palabra. Pagado al aceptarlo y a dos centavos por palabra. ¡Los periódicos decían la verdad! Martin había creído que el White Mouse era de tercer orden. Por lo visto, no estaba muy al corriente de las revistas. Consideró de primera categoría al Transcontinental y sólo pagaba un centavo por cada diez palabras. No le dio importancia al White Mouse, pero pagaba veinte veces más que el otro y al aceptar un trabajo.

Bien, una cosa era cierta: no iría a buscar trabajo. En la cabeza, Martin tenía muchos otros relatos tan buenos como El remolino y, a cuarenta dólares cada uno, iba a ganar más que en cualquier empleo. Cuando creía haber perdido la batalla, acababa de ganarla. Había demostrado sus condiciones. El camino estaba claro. Comenzaría con el White Mouse y, luego, iría añadiendo, una tras otra, todas las publicaciones a su lista de clientes. Se había acabado el trabajo de batalla. Además, fue una pérdida de tiempo, ya que no le proporcionó ni un centavo. Iba a dedicarse a escribir de verdad, cosas buenas, y pondría en ellas lo mejor de sí mismo. Deseó que Ruth estuviese allí, para compartir su alegría, y, al revisar las otras cartas que yacían en la cama, encontró una suya. La muchacha le reprochaba dulcemente el que se hubiese mantenido apartado de ella durante tanto tiempo. Martin la leyó varias veces, recreándose en cada una de sus frases, contemplando con amor cada rasgo de la pluma, para acabar besando la firma. Al contestarle, le dijo a Ruth, con toda claridad, que no había ido a verla porque tenía empeñado el traje bueno. También le explicó que había estado enfermo, pero que ya se encontraba casi recuperado y que en cosa de diez días o dos semanas, tan pronto como una carta tardaba en ir y volver de la ciudad de Nueva York, iba a rescatar sus ropas y la visitaría.

Pero Ruth no pudo esperar diez días o dos semanas. Además, su novio estaba enfermo. A la tarde siguiente, en compañía de Arthur, se presentó en el coche de los Morse, para delicia de la tribu Silva y de todos los pilletes de la calle y la consternación de María. Ésta ahuyentó a sus hijos, que se agolpaban en el porche, y, con mayor torpeza que nunca, intentó excusarse por su abandonado aspecto. Las mangas arremangadas, sobre unos brazos húmedos de jabón, y un saco, empapado en agua, en torno a la cintura, indicaban muy a las claras lo que estaba haciendo. Tanto la impresionaron aquellos dos elegantes jóvenes, que venían a ver a su huésped, que olvidó invitarles a que pasaran a la sala. Para dirigirse al dormitorio de Martin, debieron cruzar la cocina, húmeda, caldeada y llena de vapor a causa de la colada que María estaba lavando. En su turbación, la viuda atrancó las puertas del dormitorio y del armario, por lo que, durante cinco minutos, el vapor, que olía a jabón barato, fue penetrando en el cuarto del enfermo.

Ruth consiguió establecer bien el rumbo, virando hábilmente a derecha e izquierda, hasta llegar al canal que conducía junto a Martin. Pero Arthur calculó mal y acabó chocando en el rincón donde Eden cocinaba, con un gran estruendo de platos y sartenes. No se quedó allí mucho rato. Ruth ocupaba la única silla y, tras cumplir su cometido, Arthur salió, permaneciendo junto a la verja de la calle y convirtiéndose en el centro de atracción de siete maravillados Silva, que le miraban como hubiesen contemplado un espectáculo de circo. En torno al coche, se congregaron niños de una docena de edificios, que parecían esperar algún acontecimiento extraordinario. En aquel barrio, los coches sólo se veían en las bodas y en los entierros. Entonces, no había ni lo uno ni lo otro, por lo que era de esperar algún suceso transcendental, que merecía presenciarse.

Martin estaba encantado de ver a Ruth. Tenía una naturaleza esencialmente afectuosa, por lo que tenía más necesidad de lo habitual de cariño.

Estaba hambriento de cariño, lo que, para él, significaba comprensión inteligente. Le faltaba averiguar que el cariño de Ruth era, ante todo, sentimental, lleno de tacto, y que nacía de una condición amable, más que de la comprensión del objeto que lo inspiraba. Por tanto, cuando Martin le estrechaba la mano y le hablaba, su amor por él la impulsó a oprimirle a su vez la mano, mientras los ojos se le humedecían al verle tan abandonado y con las señales del sufrimiento impresas en el semblante.

Pero no le pudo seguir cuando él le contó que le habían aceptado dos relatos, su desesperación ante la carta del Transcontinental y el lógico júbilo ante la del White Mouse. Oyó las palabras y entendió su significado literal, pero no compartía su desesperación ni su alegría. No podía dejar de ser ella misma. A Ruth no le interesaba que vendiese relatos a las revistas. Lo que de veras le importaba era el matrimonio. De esto, no obstante, no se daba cuenta, como de que su deseo de que Martin alcanzase una posición, obedecía al impulso instintivo de la maternidad. Se hubiese ruborizado de decírselo alguien con estas palabras y, luego, se habría indignado, asegurando que su único interés radicaba en el hombre del que estaba enamorada y en su deseo de que triunfase en la vida. En consecuencia, mientras Martin le descubría el corazón, animado por los primeros éxitos que obtenía en el trabajo elegido, ella sólo escuchaba las palabras, al tiempo que miraba en torno suyo, horrorizada por lo que sus ojos descubrían.

Por vez primera, Ruth se enfrentaba a la sordidez de la pobreza. Siempre había considerado románticos a los enamorados hambrientos, pero no tenía ni idea de cómo vivían. Jamás imaginó que pudiera ser de aquel modo. De continuo, la mirada de la muchacha iba de Martin a su habitación. La enfermaba el maloliente vapor de la ropa sucia, que la venía siguiendo desde la cocina. Ruth decidió que Eden debía estar empapado en él si aquella horrible mujer lavaba con frecuencia. Al mirar a su novio, creía descubrir la marca que el medio ambiente le dejara. Nunca le había visto sin afeitar, y la barba de tres días le resultaba repulsiva. No era sólo que le diese el mismo aspecto lóbrego y oscuro de la casa de los Silva, sino que, además, semejaba destacar su fuerza casi animal, que ella tanto detestaba. Y, entonces, se veía animado en su locura por la venta de los dos relatos, que, con tanto orgullo, le contaba. Un poco más y se hubiese rendido, buscando un empleo. Ahora, seguiría escribiendo en aquella horrible casa y pasando hambre durante otros varios meses.

—¿Qué es ese olor? —indagó la muchacha, de pronto.
—Supongo que la colada de María —fue la respuesta.
—No, no es eso. Se trata de otra cosa, algo pegajoso, que marea.

Martin olió el aire antes de contestar.

—No noto nada, excepto el tabaco —declaró.
—Eso es. ¡Qué terrible! ¿Por qué fumas tanto, Martin?
—No lo sé, excepto que fumo mucho más cuando me siento solo. Y, además, es una costumbre ya antigua. Comencé de chico.
—Es un hábito detestable —le reprobó Ruth—. Huele mal.
—Eso es por culpa del tabaco. Sólo puedo comprar el más económico. Pero espera a que me manden el cheque de cuarenta dólares. Usaré una marca que no molestará ni a los ángeles. Pero no me ha ido mal, ¿verdad? Dos trabajos vendidos en tres días. Esos cuarenta y cinco dólares cubrirán todas mis deudas.
—¿Con el trabajo de dos años? —preguntó ella.
—No, por menos del de una semana. Por favor, pásame ese libro de cuentas que está en la mesa; el de las tapas grises. —Lo abrió y fue pasando las páginas a toda prisa—. Sí, tenía razón. Cuatro días por El tañido de las campanas y dos por El remolino. Eso representa cuarenta y cinco dólares por una semana de trabajo, ciento ochenta al mes. Supera al mejor sueldo que puedo esperar. Y, además, estoy empezando. Mil dólares mensuales no es demasiado para comprarte todo lo que quiero que tengas. Uno de la mitad resultaría pequeño. Esos cuarenta y cinco dólares no son más que el principio. Espera a que coja el paso. Entonces, echaré humo.

Ruth no entendió la frase y volvió al tema de los cigarrillos.

—Ya fumas demasiado, y que cambies de marca no significa nada. Es el hecho de fumar lo que resulta desagradable. Eres una chimenea, un volcán ambulante y una perfecta desgracia, cariño; lo sabes muy bien.

Ruth se inclinó hacia él, con una mirada de súplica, y, al contemplar sus delicadas facciones y sus límpidas pupilas, Martin sintió, como siempre, que no era digno de ella.

—Quisiera que no fumases más —murmuró la muchacha—. Hazlo por mí.
—De acuerdo, no fumaré —afirmó él—. Haré todo lo que me pidas, cariño mío, también tú lo sabes.

Una gran tentación asaltó a Ruth. Con sus peticiones, la muchacha había descubierto el aspecto amable del carácter de Martin y tenía la seguridad de que, de pedirle que dejara de escribir, él atendería su deseo. Durante un breve instante, las palabras le bailaron en los labios. Pero no llegó a pronunciarlas. Le faltaba valor y no se atrevió. En vez de ello, se inclinó hacia Martin para, una vez en sus brazos, murmurar:

—Sabes que no es por mí, Martin, sino por tu bien. Estoy segura de que el fumar te hace daño. Además, no es bueno estar esclavizado a nada y menos a una droga.
—Siempre seré tu esclavo —dijo Eden sonriendo.
—En cuyo caso, comenzaré a dar órdenes.

Le miró con malicia, aunque en el fondo lamentaba no haber expresado su mayor deseo.

—Vivo para obedeceros, majestad.
—Bien, pues mi primera orden es: no olvidarás afeitarte ni un solo día. Mira cómo me has arañado la cara.

Y todo acabó en caricias y risas. Pero Ruth había conseguido una cosa y no podía esperar lograr más de una sola cada vez. Se sentía satisfecha de haberle obligado a que dejase de fumar. Algún día iba a lograr persuadirle de que buscase un empleo, pues, ¿acaso no había dicho que haría cuanto ella le pidiese?

La muchacha se separó de su novio para explorar la habitación, examinando las cuerdas, de las que pendían las notas, enterándose del uso de los ganchos, de los que antes colgara la bicicleta, y entristeciéndose de los muchos originales que se amontonaban bajo la mesa y que para ella sólo representaban tiempo perdido. El fogón de petróleo despertó su admiración, pero, luego, descubrió que en las estanterías no había víveres.

—Pero si no has comido nada, pobrecito mío —dijo con cierta compasión—. Debes estar hambriento.
—Lo guardo todo en la despensa de María —le mintió él—. Allí se conserva mejor. Pero no temas que me muera de hambre. ¡Fíjate en esto!

Ruth se había reunido nuevamente con él y le vio doblar el brazo por el codo y cómo, bajo la manga de la camisa, los bíceps se hinchaban, para formar un nudo de pesados y duros músculos. Esto la repelió. Le molestaba, desde un punto de vista sentimental. Pero sus pulsos, su sangre, cada una de sus fibras lo amaban y lo deseaban e, inexplicablemente, se inclinó hacia él, en vez de apartarse. Y, en los minutos que siguieron, mientras Martin la estrechaba entre sus brazos, la mente de la muchacha, preocupada tan sólo por los aspectos superficiales de la vida, se rebelaba, al tiempo que su corazón, su esencia de mujer, preocupado por la esencia de la vida, se exaltaba triunfalmente. Era en ocasiones como aquélla, cuando experimentaba al máximo la grandeza de su amor por Martin, ya que la envolvía una oleada de placer al sentirse rodeada por sus fuertes brazos, estrujándola, hiriéndola casi con su fervor. En esas ocasiones, se veía justificada por haber traicionado a su clase, por la violación de sus altos ideales y, sobre todo, por la tácita desobediencia a sus padres. No querían que se casara con ese hombre. Les horrorizaba que le amase. A veces, también la horrorizaba a ella, sobre todo cuando no estaban juntos y se convertía en una persona fría y razonadora. Cuando estaba con él, simplemente le amaba, con un amor, a veces humillante e inexplicable, pero, pese a todo, un amor más fuerte que ella.

—La gripe no tiene importancia —afirmaba Eden—. Duele un poco y da jaqueca, pero no se puede comparar con la malaria.
—¿También has tenido eso? —indagó Ruth distraída, atenta tan sólo a la justificación que encontraba entre sus brazos.

Y, así, con preguntas que no le interesaban, la muchacha le fue animando hasta que, de súbito, sus palabras la sobresaltaron.

Había tenido la malaria en la colonia, establecida por treinta leprosos, en una de las islas Hawai.

—¿Pero por qué fuiste allí? —quiso saber Ruth.

Un desprecio tan olímpico del cuerpo le parecía criminal.

—Porque no lo sabía —repuso él—. No imaginaba que, por allí, hubiese leprosos. Cuando deserté de una goleta y llegué a la playa, me fui hacia el interior, en busca de un sitio en el que ocultarme. Durante tres días, me estuve alimentando de frutas silvestres. Al cuarto, encontré un sendero, no más que un rastro de pies. Conducía al interior y lo seguí. Era hacia donde quería dirigirme y se advertía que alguien había pasado por allí recientemente. En un sitio, cruzaba sobre un risco y era muy estrecho. No tenía más de tres pies de ancho y a ambos lados había profundos precipicios. Un solo hombre, con muchas municiones, hubiera podido defenderlo contra cien mil.
»Era la única entrada al escondite. Llegué tres horas después de encontrar el sendero. Formaba un pequeño valle, entre las montañas de lava. Estaba muy bien cultivado. Había árboles frutales y ocho o diez chozas de hierba. Pero, en cuanto vi a los habitantes, me di cuenta de dónde había caído. Me bastó una sola ojeada.
—¿Qué hiciste? —indagó Ruth, que le escuchaba como cualquier Desdémona, llena de horror y, a la vez, fascinada.
—Nada podía hacer. El cacique era un anciano bondadoso, muy dominado por el mal, pero que gobernaba como un rey. Había descubierto el valle y establecido el poblado, todo lo cual era contrario a la ley. Tenía armas y municiones, y aquellos canacas, que se entrenaban cazando cerdos y ganado salvaje, tenían una puntería certera. No, Martin Eden no podía huir. Tuvo que quedarse durante tres meses.
—¿Y cómo lograste salir de aquel lugar?
—Pues aún estaría allí de no haber sido por una muchacha, medio china, un cuarto blanca y un cuarto hawaiana. Era una verdadera belleza, pobre china, y estaba muy bien educada. Su madre, en Honolulú, tenía una fortuna de millones. Bueno, esa chica me ayudó a salir. Su madre era la que financiaba el poblado, por lo que no corría peligro de que la castigasen. Antes, sin embargo, me hizo jurar que a nadie revelaría aquel escondite y nunca lo hice. Ésta es la primera vez que hablo de eso. La chica tenía sólo los primeros síntomas del mal. Los dedos de la mano derecha comenzaban a torcérsele y se advertía una mancha en el brazo. Eso era todo. Supongo que ya habrá muerto.
—¿Pero no tenías miedo? ¿No te alegraste de huir sin haber contraído esa terrible enfermedad?
—Bueno —confesó Martin—, al principio estaba bastante nervioso, pero acabé acostumbrándome. Sin embargo, aquella pobre chica me daba mucha pena. Eso me quitaba el miedo. ¡Era tan bonita, lo mismo de alma que de cuerpo! Pero, aunque sólo tenía unos ligeros síntomas, estaba condenada a vivir allí, igual que un salvaje, y a irse pudriendo poco a poco. La lepra es mucho más horrible de lo que puedes imaginarte.
—¡Pobre chica! —murmuró Ruth suavemente—. Me sorprende que te dejara marchar.
—¿Qué quieres decir? —indagó Martin con cierta inconsciencia.
—Porque debía estar enamorada de ti —explicó Ruth en voz baja—. Con franqueza, ¿no es así?

La piel bronceada de Eden se había ido aclarando a consecuencia del trabajo en la lavandería y de la vida de reclusión que llevaba, mientras que el hambre le había dado una intensa palidez. Y, sobre ella, se extendió de improviso un vivo rubor. Abría la boca para contestar, cuando Ruth le interrumpió.

—No, no contestes. No es preciso —dijo riendo.

Pero a Martin le pareció advertir un tono metálico en la voz y que la luz de sus ojos era fría. Le recordó una tormenta que presenciara en el norte del Pacífico. En el mismo instante, se le apareció ante los ojos el comienzo de la galerna, en una noche clara, de luna llena, con un mar resplandeciente. Luego, vio nuevamente a la muchacha del refugio de los leprosos y recordó que era porque le amaba por lo que le ayudó a escapar.

—Se trataba de una mujer muy noble —dijo simplemente—. Me devolvió la vida.

Así concluyó el incidente, pero Martin oyó cómo Ruth ahogaba un sollozo, advirtiendo que volvía la cara, para mirar por la ventana. Cuando, nuevamente, le dirigió la vista, en sus pupilas no había rastro de tormenta.

—Soy muy tonta —dijo a modo de excusa—. Pero no lo puedo remediar. Te quiero mucho, Martin, de veras. Con el tiempo, me acostumbraré, pero, de momento, no consigo dominar los celos de esos fantasmas del pasado y te consta que tu pasado está lleno de fantasmas. Ha de estarlo —añadió acallando sus protestas—. No podría ser de otro modo. El pobre Arthur me hace señas de que baje. Está cansado de esperar. Y, ahora, adiós, querido. Los farmacéuticos hacen una pócima que ayuda a dejar el tabaco —añadió ya junto a la puerta—. Te mandaré un frasco. —Cerró la puerta, abriéndola nuevamente casi al instante—. Te quiero, te quiero —murmuró y, luego, se fue de verdad.

María la acompañó al coche, con una mirada de admiración, que no por eso dejaba de advertir la calidad y el corte de las ropas de Ruth (un corte desconocido que causaba un efecto extraordinario). La turba de desilusionados chiquillos siguió el coche con la mirada basta que desapareció, para, luego, volverla hacia María, que, de súbito, se había convertido en el personaje más importante de la calle. Sin embargo, fue uno de los vástagos de la viuda el que deshizo su nueva reputación, al anunciar que las elegantes visitas eran para su huésped. Entonces, María volvió a su antigua oscuridad y Martin comenzó a notar el respeto que le demostraban los chiquillos del vecindario. En cuanto a María, su estimación por Martin subió un cien por cien y, si el tendero portugués hubiese visto a los visitantes, habría concedido a Eden otros tres dólares y ochenta y cinco centavos de crédito.

CAPÍTULO XXVII

PARA Martin, se alzó el sol de la buena suerte. Al día siguiente de la visita de Ruth, recibió un cheque de tres dólares de una revista de Nueva York, que le compraba unos pareados. Dos más tarde, un periódico, que se publicaba en Chicago, aceptó su artículo sobre la búsqueda del tesoro, prometiéndole diez dólares a su publicación. Era un precio muy bajo, pero se trataba de su primer trabajo, de su primer intento de exponer sus ideas por escrito. Para redondearlo, el serial de aventuras para muchachos lo adquirió, antes de que acabase la semana, una revista que aparecía cada mes, titulada Youth and Age. Cierto que el serial tenía veintiuna mil palabras y que sólo le ofrecían dieciséis dólares, lo que equivalía a setenta y cinco centavos las mil, pero también era cierto que se trataba de su segundo intento en la literatura y que él mismo se daba ahora cuenta de su torpeza.

Pero ni siquiera sus primeros escritos estaban marcados por la mediocridad. Lo que los caracterizaba era la torpeza de una excesiva fuerza, como la del que intenta matar mariposas con mazas y graba madera a golpes de hacha. En consecuencia, Martin se alegró de vender sus primeros esfuerzos por lo que le diesen. Sabía lo que valían y no tardó en adquirir ese conocimiento. En lo que más confiaba era en su trabajo posterior. Había intentado ser algo más que un simple escritor de relatos. Intentaba equipararse con las herramientas del arte. Pero, sin embargo, no sacrificó la fuerza. Tampoco se había separado de su amor por el realismo. Su trabajo era realista, aunque intentase fundirlo con la fantasía y la belleza de la imaginación. Lo que buscaba era un ardiente realismo, visto a través de la naturaleza humana. Lo que deseaba plasmar, era la propia vida, con todas sus peculiaridades.

En el curso de sus lecturas, había descubierto dos escuelas de ficción. Una, trataba al hombre cual a un dios, ignorando sus orígenes terrenos; la otra, como a simple fango, despreciando sus sueños celestiales y sus posibilidades divinas. Ambas escuelas se equivocaban a juicio de Martin, y se equivocaban a causa de seguir una sola línea. Había un término medio, mucho más próximo a la verdad, si bien no halagaba a la escuela de los dioses, mientras que desafiaba la brutalidad de los otros. Martin creía que en su relato Aventura, que impresionó a Ruth, había alcanzado su propósito de la verdad en cosas de la imaginación. Estos puntos de vista, los había expresado en un artículo titulado Dios y fango.

Pero Aventura, y cuanto imaginaba su mejor obra, seguía el recorrido por las publicaciones. Sus primeros escritos carecían de importancia, excepto por los beneficios que le proporcionaban, y los relatos de terror, de los cuales había vendido dos, no le parecían buenos. A su juicio, eran pura fantasía, aunque los hubiese investido con el encanto de una realidad que les daba su fuerza. Esta combinación de lo grotesco y lo imposible con la realidad, no era, para Martin, más que un truco, un truco hábil. La gran literatura nada tenía que ver con eso. Juzgaba que poseían calidad artística, pero no creía que el arte mereciese la pena si se lo divorciaba del hombre. El truco residía en darles una máscara de humanidad. Supo hacerlo con la media docena de relatos que escribiera antes de alcanzar las cimas superiores de Aventura, Júbilo, El recipiente y El vino de la vida.

Los tres dólares, que recibió por sus pareados, le sirvieron para aliviar su precaria existencia hasta que llegara el dinero del White Mouse. Le hizo efectivo el talón el suspicaz tendero portugués, al que pagó un dólar a cuenta, dándoles los otros dos al panadero y al verdulero. Martin no era lo bastante rico para comprar carne, y estaba a una dieta muy rigurosa, cuando llegó el cheque de la otra revista. Estaba indeciso acerca del modo de cobrarlo. Nunca había estado en un Banco, y menos por motivos comerciales, por lo que sentía un deseo infantil de entrar en uno de los más importantes de Oakland y presentar el talón al cobro. Por otra parte, el sentido común le indicaba que debía entregárselo al tendero, con lo que le impresionaría, aumentando así su crédito. De mala gana, Martin se rindió a esto último, pagando, además, la cuenta entera y recibiendo una gran cantidad de monedas. También liquidó sus deudas con el resto de comerciantes, rescató su ropa y su bicicleta, y satisfizo el alquiler atrasado de la máquina, así como cuanto debía a María, más otro mes adelantado por su cuarto. Esto redujo sus efectivos, para emergencias, a casi tres dólares.

Esa cantidad le parecía una fortuna. En cuanto recuperó su ropa, fue a ver a Ruth. Durante el trayecto, no pudo evitar ir tintineando el puñado de plata que guardaba en el bolsillo. Se había visto privado de dinero durante tanto tiempo, que, lo mismo que un hombre al que rescatan a punto de morir de hambre no puede dejar comida en el plato, Martin no lograba apartar la mano de la plata. No era mezquino ni egoísta, pero el dinero significaba algo más que dólares y centavos. Era el triunfo, y las águilas estampadas en las monedas se le figuraban otras tantas victorias.

Casi sin darse cuenta, llegó a la conclusión de que era un mundo magnífico. A él, por lo menos, le parecía muy hermoso. Durante semanas, fue triste y sombrío, pero ahora, con casi todas las deudas pagadas, tres dólares tintineando en el bolsillo y la seguridad del triunfo en su ánimo, el sol resplandecía con calor e, incluso, un chaparrón, que empapó a los descuidados transeúntes, le pareció a Martin un divertido acontecimiento. Cuando pasaba hambre, pensaba mucho en los centenares de miles que, como bien sabía, sufrían del mismo mal en todo el mundo. Pero ahora, en que se había hartado, su recuerdo ya no le perseguía. Se olvidó de ellos y, al estar enamorado, sólo pensaba en cuantos amaban a lo largo del Universo. Sin proponérselo, varios motivos para poemas comenzaron a bailarle en la cabeza. Dominado por este impulso creador, se apeó, sin sentirse humillado, dos manzanas más allá de su parada.

Encontró a mucha gente en casa de los Morse. Las dos primas de Ruth, que vivían en San Rafael, habían venido de visita, y Mrs. Morse, con el pretexto de agasajarlas, ponía en práctica el plan de rodear a su hija de gente joven. La campaña comenzó durante la forzada ausencia de Martin y estaba entonces en todo su apogeo. Mrs. Morse se esforzaba en tener en la casa hombres que hicieran algo. Así, además de las primas Dorothy y Florence, Martin encontró a dos profesores de la Universidad, uno de latín y otro de literatura, a un joven militar, de regreso de las Filipinas, a un antiguo condiscípulo de Ruth, un joven llamado Melville, secretario de Joseph Perkins, presidente de la «San Francisco Trust Company» y, por último, a un cajero de Banco, lleno de vitalidad, llamado Charles Hapgood, de aspecto más joven que los treinta y cinco años que tenía, graduado de la Universidad de Stanford, miembro del «Nile Club» y del «Unity Club» y orador muy circunspecto del Partido republicano durante las campañas electorales; es decir, un joven que prometía en todos los aspectos. Entre las mujeres, había una que pintaba retratos, otra que era concertista y una tercera que tenía el grado de doctor en sociología, habiendo alcanzado cierta fama local por su trabajo en los barrios humildes de San Francisco. Pero las mujeres contaban poco en los planes de Mrs. Morse. En el mejor de los casos, eran accesorios necesarios. De algún modo había que atraer a los hombres a la casa.

—No te excites al hablar —le advirtió Ruth a Martin, antes de iniciar las presentaciones.

En un principio, Martin se mantuvo algo envarado, inquieto por su habitual sensación de torpeza, en especial por los hombros, que parecían, nuevamente, amenazar todos los adornos. Asimismo, le impresionaba la reunión. Nunca hasta entonces se había relacionado con gente tan distinguida, por lo menos con tantos a la vez. Melville, el cajero de Banco, le fascinaba, por lo que decidió hablarle a la primera oportunidad. Pues, bajo su timidez, se alzaba el ego de Martin, que experimentaba la urgente necesidad de medirse con aquellos hombres y mujeres, para averiguar lo que habían aprendido de los libros y que él aún ignoraba.

La mirada de Ruth le buscaba con frecuencia, para comprobar cómo se desenvolvía, y la muchacha quedó muy complacida al ver con la facilidad con la que entró en relación con sus dos primas. Martin no se excitó, ya que, al estar sentado, no debía preocuparse por los hombros. Ruth sabía que sus primas eran listas y superficialmente brillantes, pero no comprendió que ellas le elogiasen tanto después de la reunión. Por su parte, Martin, que era ingenioso entre los de su clase y un alegre conversador en los bailes y excursiones dominicales, había descubierto el modo de divertir y romper el hielo en su nuevo ambiente. Aquella tarde, tuvo al éxito a su lado, diciéndole al oído que iba bien y que podía reír y hacer reír a los demás, sin miedo al ridículo.

Al cabo de un rato, Ruth se sintió inquieta, Martin y el profesor Caldwell se habían retirado a un rincón y, si bien no agitaba las manos en el aire, a Eden, a juicio de la muchacha, los ojos le brillaban demasiado, hablaba muy de prisa y con excesivo calor y la sangre le fluía intensamente a las mejillas. Consideró ella que le faltaban decoro y autodominio, en lo que ofrecía un vivo contraste con el joven profesor de literatura.

Pero a Martin no le importaba su aspecto. Advirtió, en seguida, que su interlocutor era hombre culto y capacitado. El profesor Caldwell no se dio cuenta de la opinión que Eden tenía de sus colegas en general. El joven quería hacerle hablar de su trabajo y, aunque el otro, en un principio, no semejaba muy dispuesto, acabó por conseguirlo. Martin no entendía el motivo de que nadie quisiera hacerlo.

—Es absurdo e injusto —le había dicho a Ruth semanas antes— esa aversión a hablar del propio trabajo. ¿Por qué otra razón se reúne la gente, sino para intercambiar lo mejor que hay en ellos? Y lo mejor que hay en ellos, son las cosas que les interesan, sus profesiones, la tarea en que se han especializado, en la que han invertido días y noches de esfuerzo y con la que, incluso, llegaban a soñar. Imagina que Mr. Butler, en un intento de cumplir con la etiqueta, comienza a opinar acerca de Paul Verlaine, del teatro alemán o de las novelas de D’Annunzio. Nos íbamos a morir de aburrimiento. Por lo que a mí respecta, si es que debo soportar a Mr. Butler, prefiero oírle hablar de leyes. Es lo mejor que hay en él, y la vida resulta tan corta que deseo descubrir lo mejor de cada persona que conozco.
—Pero —había protestado Ruth—, hay temas de interés general.
—En eso te equivocas —añadió Martin—. Cuantos forman la sociedad, todos los grupos sociales, o, bien, casi todas las personas y casi todos los grupos, imitan a sus mejores. Pero ¿quiénes son sus mejores? Los ricos ociosos. Éstos, por lo general, ignoran las cosas que saben los que se ocupan en algo. Se iban a aburrir mucho si asistieran a una conversación acerca de esas cosas, por lo que han decretado que no son de buen gusto. Asimismo, han decidido lo que es de buen gusto y acerca de lo que se puede hablar, como son las últimas óperas, las últimas novelas, las cartas, el billar, las reuniones, coches, caballos, pesca, caza, los yates, etc. Pero ten en cuenta que eso es precisamente de lo que los ricos ociosos entienden. En realidad, hablan de su trabajo, que en los otros consideran de mal gusto. Y lo raro es que la gente inteligente y la gente que debería ser inteligente permite que los ricos ociosos se les impongan. Por lo que a mí respecta, deseo descubrir lo mejor de cada persona, sea o no de buen gusto tratarlo.

Ruth no le había entendido. Este ataque de Eden a lo establecido le pareció simplemente otra cabezonería.

Pero Martin había contagiado al profesor Caldwell, animándole a que expusiera sus opiniones sinceras. Al pasar a su lado, Ruth oyó decir a su novio:

—¿No debe proclamar tales herejías en la Universidad, de California?

El profesor se encogió de hombros.

—Ya sabe, están el honrado contribuyente y los políticos. En Sacramento se confieren los puestos y, por tanto, nos inclinamos ante Sacramento, la junta de directores y la Prensa del partido o la de los dos partidos.
—Eso lo comprendo, ¿pero y usted? —apremió Martin—. Debe sentirse como un pez fuera del agua.
—Cuento con pocas simpatías en la charca de la Universidad. En ocasiones estoy seguro de que me encuentro fuera del agua y que debería irme a París, a una cueva a hacer de ermitaño, o asociarme con algún grupo de bohemios para beber vino, o rojo dago como le llaman en San Francisco, cenar en restaurantes baratos del barrio latino y exponer a gritos mis puntos de vista más radicales. En realidad, tengo la certeza de que nací para ser un radical. Pero, sin embargo, hay tantas cosas acerca de las que no estoy seguro… Me vuelvo tímido al enfrentarme con la fragilidad humana, que me impide abarcar todos los factores de cualquier problema, problemas vitales, quiero decir.

Mientras le escuchaba, Martin se dio cuenta de que a la memoria le acudía la Canción de los alisios:

Soy más fuerte al mediodía, pero, por la noche, impulso las recias vetas.

Casi pronunció esas palabras en voz alta, ocurriéndosele que el otro le recordaba los alisios, en especial los del nordeste, firmes, fríos y fuertes. El profesor era ecuánime, digno de confianza y, no obstante, había en él cierta frustración. A Martin le pareció que su interlocutor no era nunca totalmente sincero, como tantas veces había tenido la sensación de que los alisios no soplaban nunca a su máxima potencia, reservando parte de ella, que jamás usaban. Actuaba con viveza la facilidad de Martin para las visiones. Su mente era como un almacén de recuerdos y de fantasías, con todo su contenido ordenado y dispuesto para la inspección. Ante cualquier cosa que le ocurriera, Eden extraía, al instante, similitudes o antítesis, que, por lo general, se presentaban en forma de visiones. Era algo automático que nunca dejaba de acompañar al presente. Así como el semblante de Ruth, en momentos de celos, despertaba la imagen de una noche de luna y el profesor Caldwell le hizo ver nuevamente el alisio, agitando la espuma blanca sobre el mar, así, poco a poco, nuevas visiones se iban presentando en su consciente, no de modo desordenado, sino bien clasificadas y precisas. Tales visiones venían de actos y de experiencias del pasado, de cosas y de hechos de los libros, de ayer y de la semana anterior, como una interminable hueste de espectros que, dormido o despierto, vivían siempre en su mente.

Así, mientras escuchaba la fluida conversación del profesor Caldwell, la de un hombre inteligente y culto, no dejaba de verse a sí mismo, tal como era en el pasado. Se vio en la época en que no era más que un matón, ataviado con un sombrero de ala ancha y rígida y una chaqueta cruzada, y se contoneaba, imbuido del ideal de ser tan duro como le permitiese la Policía. No lo quiso disimular y ni tan siquiera paliarlo. En cierta etapa de su vida, no fue más que un matón vulgar, cabecilla de una banda que molestaba a la Policía y aterrorizaba a los obreros honrados. Pero sus ideas habían ido cambiando. Miró en torno suyo, a las personas educadas y bien vestidas, y se llenó los pulmones con la atmósfera de cultura y refinamiento, mientras, en el mismo instante, veía cómo el fantasma de su primera juventud, con aquel atavío, contoneándose y presumiendo, cruzaba la sala. Luego, vio cómo aquella imagen de un matón de barrio se fundía con su actual personalidad, al tiempo que hablaba con un profesor de literatura.

Al fin y al cabo, Martin nunca había encontrado su lugar definitivo. Se adaptó en todas partes donde le tocó estar, convirtiéndose siempre en un favorito gracias a su capacidad para mantenerse en su puesto, tanto en el trabajo como en el juego, y a su habilidad para luchar por sus derechos y a ganarse el respeto ajeno, Pero jamás echó raíces. Se había adaptado lo suficiente para satisfacer a sus compañeros, pero no para satisfacerse a sí mismo. Siempre se sintió perturbado por una vaga inquietud, como una llamada lejana, y pasó por la vida buscando, hasta encontrar los libros, el arte y el amor. Y, ahora, allí estaba, en el centro de aquella reunión, el único de todos sus compañeros de aventura que era elegible para frecuentar la casa de los Morse.

Pero tales pensamientos y visiones no le impidieron seguir de cerca al profesor Caldwell. Mientras le escuchaba, comprensivo y, a la vez, crítico, se dio cuenta de la amplitud de los conocimientos del otro. Acerca de sí mismo, la entrevista le fue descubriendo sus fallos y las muchas lagunas, pues de numerosas materias no tenía la menor noción. No obstante, advirtió, también, que, gracias a sus lecturas de Spencer, dominaba el esquema de la cultura. Era sólo cuestión de tiempo que fuese llenando los vacíos. Entonces, se dijo, que todos se apartasen. ¡Despejen la cubierta! Tuvo ganas de sentarse a los pies del profesor, casi con adoración, pero, conforme le escuchaba, comenzó a percibir cierto fallo en los juicios del otro, un fallo tan débil y fugaz, que, quizá no lo hubiese notado de no hallarse siempre presente. Y, en cuanto lo hubo advertido, volvió a sentirse su igual.

Ruth se acercó a ellos nuevamente, en el momento en que Martin comenzaba a hablar.

—Le diré en qué se equivoca o, mejor dicho, qué es lo que debilita sus juicios —afirmó—. Le falla la biología. No tiene sitio en su esquema. Me refiero a la biología verdaderamente interpretativa, desde abajo, desde los laboratorios y los tubos de ensayo y las vidas inorgánicas, hasta la generalización más amplia y sociológica.

Ruth quedó horrorizada. Había asistido a dos ciclos de conferencias del profesor Caldwell y le consideraba como la imagen viva del conocimiento humano.

—No le entiendo —comentó éste sorprendido.

Martin estaba muy seguro de lo contrario.

—Intentaré explicarme. Recuerdo haber leído en un tratado de historia egipcia que no podía entenderse el arte de ese país sin antes estudiar el terreno.
—Muy cierto —convino el profesor.
—Y a mí me parece —continuó Martin— que el conocimiento del terreno en cuestión, no puede tenerse sin antes conocer la materia y la constitución de la vida. ¿Cómo vamos a entender las leyes, las instituciones o las religiones y costumbres sin antes entender, no tan sólo la naturaleza de quienes las hicieron, sino la naturaleza de la materia de la que salieron esas mismas personas? ¿Acaso la literatura es menos humana que la arquitectura y la escultura egipcias? ¿Hay una sola cosa en el universo conocido que no esté sujeta a las leyes de la evolución? Ya sé que se ha reconstruido una evolución muy elaborada de las distintas artes, pero la encuentro demasiado mecánica. El hombre, en sí mismo, queda fuera. Se ha elaborado muy bellamente la evolución de las herramientas, de las arpas, de la música, del canto y de la danza, ¿pero qué hay de la evolución del ser humano, del desarrollo de lo que había en él antes de que hiciese su primera herramienta o compusiera su primera canción? Esto es lo que usted no tiene en cuenta y lo que yo llamo biología. Biología en su aspecto más amplio.
»Ya sé que me expreso con cierta incoherencia, pero intento explicarle mi punto de vista. Se me ocurrió conforme le oía a usted, por lo que no estaba preparado para exponerlo. Habló usted de la fragilidad humana que impide abarcar todos los factores. Y usted, a mi entender, deja a un lado el factor biológico, el punto de partida de todas las artes, la materia de donde salieron todas las acciones humanas.

Para sorpresa de Ruth, a Martin no le fulminó el rayo y el modo como respondió el profesor le pareció a la muchacha simple condescendencia a la juventud del marino. El profesor Caldwell permaneció sentado y en silencio durante todo un minuto, mientras jugueteaba con la cadena del reloj.

—¿Sabe? —exclamó al fin—. Esa misma crítica me la hizo, hace ya algún tiempo, un gran hombre y científico, el evolucionista Joseph le Conté. Ha muerto y supuse que nadie más iba a darse cuenta. Y, ahora, viene usted a descubrirme. Sinceramente, y esto es una confesión, creo que hay mucha verdad en sus afirmaciones, una gran verdad. Soy demasiado clásico, no estoy bastante al día en las ramas interpretativas de la ciencia. Sólo puedo disculparme con las desventajas de mi educación y una pereza temperamental, que me impide ponerme a estudiar. ¿Creerá usted que nunca he entrado en un laboratorio de física o de química? Sin embargo, es cierto. Le Conté tenía razón, como, también, la tiene usted, Mr. Eden; por lo menos, hasta un cierto punto que no puedo determinar.

Ruth se llevó a Martin con un pretexto y, una vez lejos, murmuró:

—No debes monopolizar al profesor Caldwell de este modo. Puede haber otros que también quieran hablar con él.
—La culpa fue mía —reconoció Martin contrito—. Pero conseguí animarle y resultaba tan interesante que no pensé en nada más. ¿Sabes?, es el hombre más culto y más brillante de cuantos he conocido. Y te diré otra cosa. Antes, yo creía que todos los que habían ido a la Universidad u ocupaban puestos importantes en la sociedad eran tan brillantes y cultos como él.
—Se trata de una excepción —respondió ella.
—Desde luego que sí. ¿Con quién quieres que hable ahora? Oye, preséntame a ese cajero.

Martin estuvo departiendo con él durante quince minutos y Ruth no hubiese podido desear mejor comportamiento por parte de su novio. Ni una sola vez le brillaron los ojos ni, tampoco, se le encendieron las mejillas, mientras que la sorprendieron la calma y compostura que demostraba. Pero, en la estima de Martin, la casta de cajeros de Banco descendió un cien por cien y, durante el resto de la tarde, estuvo bajo la impresión de que ser cajero de Banco era equivalente a hablar con frases hechas. A Eden, el militar le pareció un buen muchacho, sencillo, fuerte y sano, satisfecho de ocupar en la vida el puesto al que su nacimiento y la suerte le habían empujado. Al enterarse de que había cursado dos años en la Universidad, Martin se preguntó dónde los habría almacenado. Sin embargo, le resultó más simpático que el cajero de Banco, que hablaba con frases hechas.

—En realidad, nada tengo contra eso —le confió más tarde a Ruth—. Lo que me quiebra los nervios es la seguridad pomposa con la que se expresan y el tiempo que invierten en hacerlo. Podría haberle explicado a ese hombre todo el proceso de la Reforma en el tiempo que empleó para contarme que el partido Unión-Laborista se había fusionado con los demócratas. Si te fijas, verás que extrae las palabras igual que un jugador profesional extrae las cartas. Algún día te enseñaré lo que quiero decir.
—Lamento que no te cayera bien —fue la respuesta—. Es uno de los predilectos de Mr. Butler. Éste dice que es seguro y honrado, le llama la Roca, y afirma que, basándose en él, cualquier Banco puede prosperar.
—No me sorprende, por lo poco que he visto de él y lo menos que he oído. Pero ya no opino de los Bancos lo mismo que antes. ¿No te importa que diga lo que siento, verdad, cariño?
—No, no, es muy interesante.
—Sí —continuó Martin muy animado—. No soy más que un bárbaro, que tiene sus primeras impresiones de la civilización. Y esas impresiones han de resultarle una novedad curiosa a las personas civilizadas.
—¿Qué te parecieron mis primas? —indagó Ruth.
—Me gustaron más que las otras mujeres. Son divertidas y no simulan.
—¿Es que no te gustaron las otras?

Martin negó con la cabeza.

—La mujer aferrada al estamento social no es más que un loro. Te aseguro que, si las agitaras, no ibas a encontrar en ellas una sola idea original. La pintora, es un latazo. Haría buena pareja con el cajero. ¡Y la concertista! No me importa lo ágiles que sean sus dedos, lo perfecto de su técnica y lo magnífico de su expresión; nada sabe de música.
—Toca muy bien —protestó Ruth.
—Sí, indudablemente, debe dominar la gimnasia externa de la música, pero nada conoce de su espíritu intrínseco. Le pregunté lo que para ella significaba la música, ya sabes que siempre siento curiosidad por eso, y no lo sabía, excepto que la adoraba, que la creía la más importante de las artes y que significaba más que su propia vida.
—Les obligaste a hablar de su trabajo —le acusó Ruth.
—Lo confieso. Y si fracasaron al tratar de eso, imagina mis sufrimientos de haber comenzado a tratar de otros asuntos. Antes, suponía que aquí arriba, donde se gozaba de todas las ventajas de la educación… —Hizo una momentánea pausa, para contemplar la imagen juvenil de sí mismo, con el sombrero y la chaqueta cruzada, que paseaba por la sala con aire de desafío—. Como iba diciendo, creía que aquí arriba todos eran brillantes e ingeniosos. Pero ahora, por lo poco que he visto, me parecen, en su mayor parte, una banda de cabezas vacías, y el resto, unos pelmazos. Ahora bien, el profesor Caldwell es distinto. Es un hombre, de cabeza a pies.

El semblante de Ruth se animó.

—Háblame de él —apremió—. No de sus grandes cualidades, ésas ya las conozco, sino de lo que consideres negativo. Siento una gran curiosidad.
—Puede que me meta en un lío —opuso Martin divertido—. ¿Por qué no hablas tú primero? Pero, a lo mejor es que sólo le ves cualidades.
—He asistido a dos ciclos de conferencias suyas y le conozco desde hace un par de años. Por eso deseo saber cuáles han sido tus primeras impresiones.
—Malas impresiones, querrás decir. Bien, ahí va. Creo que es todo lo bueno que imaginas; por lo menos, es el mejor ejemplo de intelectual que he conocido. Pero tiene una vergüenza oculta.
»¡No, no! —se apresuró a agregar—. Nada deshonesto ni vulgar. Lo que quiero decir es que me parece alguien que ha llegado al fondo de las cosas y le asustó tanto lo que veía, que se ha convencido de no haber visto nada. Quizá no sea ése el modo más claro de expresarlo. A ver así: Un hombre que ha hallado el camino para el templo oculto, pero que no lo ha recorrido, que incluso pudo ver los contornos del templo, pero que, luego, se convenció a sí mismo de que no era más que un espejismo. Y aun de otra manera: Alguien que pudo haber hecho cosas, pero que no concedió valor a hacerlas y que, de continuo, en lo más íntimo, lamenta no haberlas hecho, que, en secreto, se burló de la recompensa de hacer cosas y, más en secreto aún, ansió las recompensas y la satisfacción de haberlas hecho.
—No lo creo yo así —repuso Ruth—. Y, además, no sé lo que quieres decir.
—Es sólo una impresión mía —contemporizó Martin—. No tengo motivos para pensar de este modo. Ya he dicho que no pasa de una impresión mía y que, probablemente, está equivocada. Tú debes saberlo mejor que yo.

Aquella tarde en casa de Ruth, Martin se vio abrumado por una extraña confusión y sentimientos contradictorios. Estaba desilusionado de su objetivo, de las personas a las que había ascendido a tratar. Pero, por otra parte, le animaba su triunfo. La escalada había resultado mucho más sencilla de lo que imaginara. Él era superior a la escalada y (no se lo ocultaba a sí mismo a impulsos de una falsa modestia) superior, también, a la gente con la que había llegado a tratarse, excepto, naturalmente, el profesor Caldwell. Sabía más que todos ellos acerca de los libros y de la vida y se preguntaba en qué escondrijos habrían ocultado sus estudios. Ignoraba que poseyera un musitado vigor mental y, asimismo, que las personas que llegaban hasta lo profundo y tenían ideas definitivas, no se encontraban nunca en los salones de los Morse de este mundo. Tampoco soñaba que tales personas eran como águilas solitarias, que volaban solas a través del cielo azul, muy por encima de la Tierra y de su vida gregaria.

(Continuará…)

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