Martín Chambi y el retrato de un país que desconoce su identidad

Fernando Morote

Autorretrato de Martín Chambi mirándose a sí mismo, Cuzco (1923)

 

No muchos se animan a escamotear la bien ganada fama universal de Henri Cartier-Bresson y su pasión por retratar escenas callejeras en diversas ciudades europeas. Desde un punto de vista enteramente personal su mayor mérito es haberme permitido tomar contacto con un artista peruano hasta entonces extraño para mí.

En 1985 la Municipalidad de Miraflores, a pocas semanas de organizar una exhibición sobre la labor del francés, inauguró una retrospectiva de la obra fotográfica de Martín Chambi, fallecido 12 ó 13 años antes. Resultaba notorio el movimiento (tardío como es habitual) de las autoridades e instituciones locales por llamar la atención del público hacia su legado.

Wiñay Wayna, parte del Santuario de Machupicchu (1941)

Nacido en 1891, en un minúsculo y remoto pueblo de Puno, en las serranías del Perú, Chambi fue un peregrino que recorrió los Andes a lomo de burro, desafiando los rigores del clima y la altura, para registrar con su primitiva cámara la realidad del mundo indígena al que perteneció.

Sus imágenes, estéticamente cautivadoras, en las que casi nadie sonríe, no son para quien las contempla una bofetada en la cara sino una patada en los huevos. Basta observar los rostros de sus personajes para comprender el nivel de pobreza, abandono y desolación que soportan. No hace falta ser demasiado acucioso para reconocer que son tratados como desechos de una sociedad cuya hipocresía es la rúbrica incuestionable de su ignorancia.

Policía deteniendo a un niño , Cuzco (1923)

Chambi dispara el obturador con clara intención perturbadora. Su magia desborda una enérgica fascinación por el heredero inequívoco -sistemáticamente olvidado- de los antiguos líderes del Imperio Incaico, y constituye un testimonio honesto, crudo e irrefutable -dulce y amargo a la vez- de su condición.

Su extrema sensibilidad lo mueve a describir con precisión admirable, por un lado, el embrutecimiento a causa de la explotación humana, y por el otro, la grandeza y la nobleza de su raza. Su espíritu indómito se alza en protesta para recordarle a sus compatriotas que el Perú es una tierra de indios ilustres, dignos y respetables.

Indio de Paruro, Cuzco (1932)

Me pregunto cómo es posible o por qué motivo, aun hoy en día que Martín Chambi es considerado ícono y pionero de la fotografía latinoamericana, ningún director de cine o artista visual peruano se haya interesado en producir una película o documental de la magnitud que merece su vida y obra. La respuesta es muy sencilla: el Perú es una nación que se regodea proclamando a los cuatro vientos su inmensa y riquísima tradición milenaria, pero al mismo tiempo es incapaz de mirarse al espejo sin maquillaje.

Boda de Gadea, Cuzco (1930)

Jugando ‘Sapo’, Chicheria en calle Pumacurco, Cuzco (1932)

Martín Chambi fue un genuino creador equipado con una tecnología precaria, que en ningún momento supuso una limitación para su gigantesco talento, comprometido a rescatar y exaltar sus orígenes, apasionado por ofrecer al mundo la belleza de su acervo cultural.

Celebro que Chambi, con su fabuloso tesoro fotográfico, nos reviente un botellazo en la cara, recordándonos a los peruanos lo que realmente somos, no lo que creemos que somos ni lo que decimos que somos.

Niño con sombrero, Cuzco (1928)

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