Saber adaptarse

Marcelo Filzmoser

 

 

Fui a reuniones de padres, arreglé la correa de la persiana, discutí con vendedores de autos y hasta llegué a pagar para que me presten plata. Tuve sexo del bueno y del de todos los días. Tomé la cocaína necesaria para estar una semana entera sin dormir y para creer que el edificio se desplomaba cada vez que alguien llamaba al ascensor.

Durante otros días hice gimnasia, comí sano, fui de compras a esos lugares que llaman dietéticas o almacenes naturistas y busqué analista. Se puede decir que traté de hacer las paces con el mundo.

Casi sin darme cuenta, quizás porque fue de a poco, hice plata. No demasiada pero más de la que sé gastar. En eso soy todo un caso. Me resulta más fácil hacerla que gastarla. Puede también que sea falta de ingenio, o algún defecto genético que me vuelve menos vulnerable al vómito publicitario constante, a eso que hace a una persona trabajar diez horas pensando en un televisor de mil pulgadas. Lo seguro es que si se llegara a saber estaría perdido. No habría gobierno ni oposición que me salve. Una sola opinión, un solo grito. Que me empalen frente a la Catedral, o mejor aún, frente al shopping, o las dos cosas juntas. Claro que para eso tendrían que llevarme a Roma. Como sea, sería terrible, así que por el momento disimulo. Salgo de compras cada tanto y pago por cualquier porquería que apenas puedo dejo olvidada en algún rincón de la casa.

La mujer con la que vivo, la madre de mis hijos, ha envejecido de golpe. No se le nota, claro. Vivimos en una época de ancianos escondidos en cuerpos más o menos deseables. De hecho ella está bastante bien. Hace gimnasia dos o tres veces por semana, usa ropa interior diminuta que se marca bajo la lycra y después de la operación tiene las tetas mejor que cuando tenía veinte. Sin embargo ya es casi una vieja.

Mira toda la tele que puede, noticias, chimentos, lo que aparezca delante de sus ojos. A su vez sabe que debe negar esa actividad para estar a la altura de los tiempos que corren, por eso se la pasa en las redes sociales diciendo que la televisión era algo que veían sus abuelos.

Día a día crecen sus miedos. Mojarse bajo la lluvia parece ser un verdadero problema. Ni que hablar de eso que llaman inseguridad o accidentes de tránsito. Calculo que dentro de poco va a dejar de salir a la calle. Su actividad social se va a reducir a sacarse fotos más o menos desnuda y colgarlas en las redes, un lugar donde todavía se puede andar tranquilo si se tienen unos pocos cuidados.

Cada tanto me la quedo mirando. Puedo verle las arrugas fantasmas, el batón y los pliegues de carne censurados que esta época no le deja tener. Tiempo de tiranías para el que no está preparada. En la mirada opaca sospecho la queja por no haber nacido antes, treinta o cuarenta años atrás, cuando hubiera bastado con ser deseable unos pocos años, hasta conseguir quien le diera dos o tres hijos y el sueldo en un sobre, cada día de pago en la fábrica o en la oficina.

Por mi parte no me quedo atrás. Soy dos talles menos que mi ropa, que mis zapatos. Tampoco se nota, aunque si alguien pasa un par de horas conmigo puede llegar a darse cuenta. Estos últimos años he perdido muchos amigos, de ahí que cada vez hablo menos. Mis nuevas opiniones políticas, de hombre que ha juntado experiencia y al que ya no pueden engañar con discursos románticos, ponen muy nerviosa a la gente. Descubro en cada pobre un enemigo hambriento y cada día que pasa veo con mayor claridad lo idiota que son aquellos demasiado jóvenes.

El dinero se me ha vuelto indispensable. No lo uso, ya dije que no sé gastarlo, pero por más que mi cuenta esté bien, la posibilidad de que se vacíe por cualquier cambio político me llena de angustia.

Al fin y al cabo el mundo actual no es tan malo. Si me apuran hasta digo que es el mejor de los posibles. La capacidad de adaptarse es lo que muchos no han tenido. Nuestra generación hizo los cambios necesarios, ahora es momento de dejar las cosas como están y disfrutar un poco. Es el momento de cosechar lo que se ha sembrado. Eso le digo a mi mujer cuando me habla de sus nervios destrozados, de su necesidad de comprar ropa y de viajar. Los peores días empieza con ganas de decorar la casa y termina llamando a la inmobiliaria.

Sé que es absurdo hablar de divorcio a nuestra edad y por eso callo. Nuestros hijos disimulan también. El mayor se fue apenas terminó la carrera y nos llama cada tanto, la mitad de las veces para pedir un préstamo que nunca devuelve. La menor le duplica el paso a la hora de estudiar. Espera el diploma como un perseguido el visado de su pasaporte. En la casa nos vemos poco y prefiero que sea así. Este último tiempo se le dió por acusarme de machista cuando no llega a llamarme misógino directamente. Las primeras veces traté de explicar mis intenciones pero fue peor. Se enojaba más y más con cada una de las palabras que yo iba soltando, así que con ella también preferí el silencio.

Hubo un tiempo en que disfrutaba de manejar por la ciudad. Pasaba horas dando vueltas mientras escuchaba las noticias. Hasta gasté una fortuna en esa camioneta que hoy casi no saco de la cochera. Ya no es posible andar. La ciudad es un caos. Cualquier desgraciado tiene auto y las calles no dan para más. El estado malgasta los impuestos en contentar a un montón de vagos mientras la ciudad se derrumba.

No es justo. Soy un hombre civilizado pero tengo mis límites. Hace poco decidí que no podía perder esos buenos momentos y volví a usarla. Recuperé la comodidad sutil de la butaca, mejor que los sillones de la sala, por supuesto. El interior todavía huele a nuevo y tiene una computadora que estoy tratando de aprender a usar más allá de la radio.

La situación familiar mejoró mucho desde entonces. Mi mujer adaptó sus tiempos y reclamos para no tener que interrumpirme, mi hija parece buscar una tregua que quizás consigamos en pocos meses y cuando le conté a mi hijo le pareció una gran idea. De hecho fue él quien me hizo notar las ventajas de no salir a la calle. Manteniéndome en la cochera evito accidentes, robos, malos momentos y como si fuera poco, ni siquiera tengo el gasto en combustible.

 

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