¨The Post: los oscuros secretos del Pentágono¨ de Steven Spielberg

Miguel Ángel Silva

 

 

La última producción de Steven Spielberg bien podría ser la precuela (ahora que están de moda las historias previas a la historia) de esa gran película que fue Todos los hombres del presidente (1976) de Alan J. Pakula. Es más, al final de  The Post, los oscuros secretos del Pentágono (2017), Spielberg nos brinda un guiño cinematográfico que bien podría estar dirigido a la memoria del director que, dicho sea de paso, también filmó a Meryl Streep en La decisión de Sophie (1982).

Cuando finaliza el film hay una visión panorámica del edificio Watergate —en ese entonces lugar de reunión del Comité Nacional del Partido Demócrata— en donde vemos cinco sombras que se mueven entre los diferentes oficinas, una en cada ventana, en plena noche, con un guardia en alerta porque descubre que uno de los accesos a dicho edificio está abierto. Bueno, es allí, en esa secuencia final en The Post —inicial para Todos los hombres del presidente— donde arranca una de los mayores escándalos políticos de los Estados Unidos, el famoso Caso Watergate. La escena final de The Post parece un calco de la escena inicial del film de Pakula, lo que bien podría ser un buen motivo para ver una película tras otra. Un film, el de Pakula,  que dio pie a un sinfín de obras posteriores que tuvieron como epicentro el intrincado mundo periodístico como Buenas noches, y buena suerte (2005) de George Clooney o Spotlight (2005) de Tom McCarthy.

Pero lo que aquí nos interesa es el film número 32 de Steven Spielberg. Lejos de los monstruos marinos y jurásicos, lejos de los extraterrestres —buenos y malos—  y de la ciencia ficción metafísica, aquí un Spielberg maduro —lejos también de aquel niño que con solo 13 años filmó su primera película con argumento propio— lo vemos más cerca de los dramas históricos norteamericanos como El color púrpura (1985) y Lincoln (2012) que de E.T. o Indiana Jones.

En este caso, Spielberg hace hincapié en la guerra de Vietnam, pero desde otro ángulo: el periodístico. Luego de Rescatando al soldado Ryan (1998) —ambientada en la Segunda Guerra Mundial—, el director bien podría haber hecho otra megaproducción rodada en plena selva vietnamita. Talento y recursos estilísticos le sobran. Pero es válido destacar que otros grandes directores incursionaron en tamaño desastre político y humanitario para, no solo ofrecernos grandes alegatos en contra de uno de los conflictos más absurdos y polémicos del siglo XX, sino que los trataron con toda la crueldad y fanatismo propio de un drama que duró veinte años. Pensemos en Apocalypse Now (1979) de Francis Ford Coppola, Nacido para matar (1987) de Stanley Kubrick o Platoon (1986) de Oliver Stone.

Spielberg, por el contrario, se centra en las derivaciones políticas y sociales que ocasionó la filtración de documentos clasificados —top secret— que publicó The New York Times. Estos papeles —los famosos Papeles del Pentágono— conmocionaron a una sociedad norteamericana que se dio cuenta que el conflicto desatado en tierras tan lejanas estuvieron siendo avalados no solo por el presidente de turno, Richard Nixon, sino por los mandatarios anteriores: Eisenhower, Kennedy y Johnson. Un conflicto imposible de ganar. Estas operaciones fallidas, derrotas consumadas, estrategias desarticuladas es lo que estaba escrito en los documentos clasificados al que tuvo acceso The New York Times. Esto lo sabían todos los altos mandos militares y, por extensión, todo el arco político más allá de sus ideologías, más allá de sus mandatos. ¿Por qué la flagrante mentira a una sociedad que se desangraba con cada contingente que iba a pelear por algo que no sabían muy bien de qué se trataba? ¿Peligro comunista? Bueno, la película lo dice muy claramente: iba más allá del miedo a “los rojos”, era lisa y llanamente una cuestión de honor, es decir, se seguía en esa carrera bélica para evitar la deshonra de aceptar que la invasión había sido un acto descabellado teñido de intereses económicos —venta de armas— y políticos —arrogarse el papel de centinelas del mundo occidental y cristiano—. Un país que destinó 60.000 hombres a un frente de batalla en el que murieron, desaparecieron o trajeron consigo severos trastornos psicológicos.

A partir de la publicación de estos documentos por The New York Times comenzaron las protestas y las manifestaciones en contra de la guerra. Es aquí cuando el poder político y judicial aceitó sus mecanismos de defensa y arremetió con cláusulas que tenían un nombre pomposo: Atentado a la Seguridad Nacional. El diario fue sancionado, sujeto a censura previa y sujeto a juicio criminal si seguía publicando esos documentos. A todo esto, The Whashington Post, rival del poderoso The New York Times, veía una gran oportunidad de tomar la posta. Solo había un detalle, conseguir esos papeles y publicarlos. Pero, en la dirección estaba Kay Graham, la mujer de Philip Graham, el dueño anterior, quién se había suicidado años atrás. Kay (una espléndida Meryl Streep) recién estaba haciendo pie en un terreno que no conocía. Un mundo de periodistas hombres, que veían con desconfianza su idoneidad y capacidad de mantener un diario que, encima, estaba teniendo problemas económicos. ¿Estaba dispuesta a tomar semejante riesgo? ¿Estaba de acuerdo en desafiar al Gran Jurado y provocar un tembladeral político desde las tapas de un diario que podía entrar en bancarrota en cualquier momento? Toda la trama gira en ese sentido. Hasta qué punto un medio periodístico es capaz de quemar todas las naves en defensa de la libertad de expresión. No solo eso, si el jurado comprobaba que las fuentes a las que acudía The Washington Post eran las mismas que las de su rival sancionado, tanto su directora como su jefe de redacción podrían ir a la cárcel por atentar contra la seguridad de su propio país.

Si hay algo que sabe hacer Steven Spielberg es narrar. En manos de otro director, esta película se habría convertido en una andanada de conversaciones, argumentaciones, discusiones harto abrumadoras y complejas. En manos de Spielberg es un thriller con todas las letras, angustiante, con una tensión que aumenta a medida que la censura también aumenta. Un inminente cierre de edición, se transforma en algo tan adrenalínico como estar a la espera del ataque de un Tyranosaurio Rex.

“La prensa es para los gobernados, no para los gobernantes”, se escucha por ahí como una sentencia imposible de rebatir. Y en este sentido es una gran apuesta cinematográfica e ideológica en un país en donde hoy en día muchos de sus derechos parecen estar siendo vulnerados. Cabría preguntarse por qué Steven Spielberg se centra en The Washington Post y no en The New Yotk Times, quién fue el que consiguió la primicia. Bueno, es la apuesta hacia el más débil, al pequeño que se enfrenta a las grandes corporaciones —políticas, judiciales y hasta periodísticas—, la oportunidad que aparece una sola vez en la vida y que vale la pena jugarse por ella.

Si bien es cierto que los sucesos narrados ocurrieron en tiempos en donde los medios impresos tenían una fuerza que hoy carecen —desplazados por los medios digitales y audiovisulaes—, Spielberg se encarga de darle ese costado romántico cuando enfoca esas máquinas rotativas, el frenesí de la impresión y la posterior salida de los periódicos arrojados como bloques de información para que sean consumidos ávidamente por un público cada vez más extenso.

En el plano actoral, Spielberg se rodeó de una dupla de celebridades. Por un lado, Meryl Streep, en el papel de Kay Graham, la dueña del diario, en donde la actriz se pone en la piel de una persona dubitativa y temerosa que parece estar caminando continuamente en una cuerda floja. No se presenta como una mujer decisiva y avasalladora, por el contrario se refugia en la opinión de sus asesores, de su entorno familiar y hasta en la de sus amistades del mundo de la política, aquellos que juegan un papel crucial en las internas de la Casa Blanca, como Robert McNamara, ministro de Defensa. ¿Qué pesa más, los intereses corporativos y económicos, o la opinión pública? ¿La autocensura o la libertad de expresión? Muchos dilemas, infinitas presiones, tanto económicas como políticas la van cercando hasta que se da cuenta que su diario —su querido diario— está en una posición inmejorable: convertirse en el único medio periodístico en vventilar las atrocidades encubiertas por varias administraciones presidenciales, aunque eso la lleve a enfrentarse a Robert McNamara, su amigo personal y a cuestionar a su líder ideológico, John Kennedy. Claro que nada de eso impide que, llegado el momento, tenga las agallas suficientes para decidir, ya sobre al filo del tiempo, la mejor opción para seguir en la senda de la Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos, aquella que reza que se prohíbe la creación de una ley que reduzca la libertad de expresión y que vulnere la libertad de prensa.

Tom Hanks es Ben Bradlee, editor en jefe, el mismo papel que personificó Jason Robards en Todos los hombres del presidente. Coincidencias o no, Jason Robards ganó un Oscar por su actuación en esa película, la misma nominación a mejor actor que tiene Hanks en la película de Spielberg. Es un caso único en el que dos actores, encarnando el mismo personaje, logran una nominación al mayor premio cinematográfico de Hollywood.

Si bien Robards tuvo una actuación memorable, Tom Hanks es una actor que con pocos gestos y con un mínimo de movimientos, logra una fuerza  y entereza de convicciones que logra cautivarnos y empatizar con él al instante.

Los actores secundarios, Bradley Whitford (Transparent), Bruce Greenwod (The Resident),  Alison Brie (Mad Men), Sarah Paulson (American Horror Story), Tracey Letts (Homeland), Carrie Coon (The Leftlovers), Jesse Plemons (Breaking Bad), Zach Woods (The Office), Matthew Rhys (Brothers & Sisters) y David Cross (Sr. Show) hacen un grupo compacto y profesional que logran darle a las escenas ese nerviosismo propio de los cierres de edición de un diario. De todos ellos se destaca Bob Odenkirk (Mr. Show) —el que negocia la entrega de los documentos— no por ser mejor actor, sino simplemente porque es el que tiene el guión más extenso. Como está aclarado en los paréntesis, todos vienen del mundo televisivo, lo que proporciona a sus actuaciones una cuota de mayor espontaneidad. Algo de eso habrá pensado Spielberg para su casting.

Como ya es habitual en las producciones de Spielberg, la música corre por cuenta de John Williams —con la acostumbrada excelencia que lo caracteriza— y la dirección de fotografía es de Janusz Kaminski. El granulado de las secuencias iniciales en donde se dramatiza la guerra en medio de la vegetación y la lluvia es propio de los documentales de la época y Kaminsky logra una estética muy parecida a las primeras tomas de Rescatando al soldado Ryan.

Oscar a la mejor película. Oscar a la mejor actriz. Oscar al mejor actor. Spielberg vuelve a estar en el centro del debate cinematográfico. Un director que encuentra el lugar y el momento oportuno para provocar polémicos puntos de quiebre a toda una sociedad.

 

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