Solo ante el peligro

Jorge Cuba Luque

 

 

His rival, it seems, had broken his dreams
by stealing the girl of his fancy
Lennon & Mc Cartney

 

A diferencia de los demás muchachos del colegio, yo prefería el cine Roma antes que el Victoria por razones que podrían parecer raras para un adolescente: iba poca gente, el decorado de la sala era vetusto, las luces opacas, los clientes entrados en  años. Además, los domingos pasaban películas sobre el Lejano Oeste, de esas en las que había diligencias, sheriffs, bandidos, pieles rojas a granel y muchachas bellas e indefensas de grandes ojos claros. Esas historias me gustaron desde que era chico al punto que siempre, por mi cumpleaños, pedía que me regalaran la indumentaria de comisario, y, cuando estaba solo en casa, me la ponía y me contemplaba en el espejo del ropero desenfundado mi Colt. Por eso me gustaba el Roma, cuyo único rasgo de modernidad era su cafetería, inusitadamente moderna con relación al resto de las instalaciones de las que era separada por una reja: eran unos veinte metros cuadrados con mesitas y sillas de plástico de colores pastel, muros tapizados con fotos de cantantes melenudos, un escaparate cromado que ofrecía helados, botellas de gaseosas y golosinas en envolturas multicolores. Pero eso no bastaba para atraer más gente a sus butacas pues su  cartelera sin novedades cinematográficas era poco atractiva.

Otra de las razones por las que prefería el Roma era porque estaba alejado de casa, casi al final de la avenida Olaya, cerca del malecón, por lo que tenía que caminar varias cuadras a lo largo de esa calle más bien tristona, flanqueada por viejas casonas que olían a guardado y por edificios de vivienda mustios y prematuramente marchitados hasta los que llegaba la brisa del mar. Nunca he sido un buen conversador, por eso daba largas caminatas solo, mientras me imaginaba a mí mismo como un apuesto sheriff del Far West, admirado por sus conciudadanos y amado en secreto por la camarera del saloon del pueblo.

La taquilla estaba a cargo de una mujer de mediana edad cuyos rasgos finos y sus ojos grises le daban un toque delicadeza y de gracia al cubículo en el que vendía los tickets de entrada. A veces, justo cuando compraba mi boleto, irrumpía a su lado un hombre alto y corpulento, rubio y de ojos azules que, con un marcado acento de gringo, le preguntaba cuántas entradas había vendido o dónde había puesto tal o cual cosa, a lo que ella respondía serena y sonriendo. Eran marido y mujer, eran los dueños del Roma. Eran los padres de Amy.

Me enamoré de Amy la tarde en que la vi por primera vez. Tenía los ojos claros, los rasgos finos de su madre, el cabello rubio de su padre; debía andar por los dieciséis. Había ido a ver High Noon, y, temiendo ilusamente que ese western de los años 50 despertara un interés masivo, acudí al Roma con bastante antelación. Pero no tuve que hacer cola, apenas si hubo un poco más de gente que lo habitual, pagué mi entrada y fui a la cafetería para comprarme un chocolate. Aquella tarde no despachaba la viejita bonachona que solía hacerlo sino una muchacha de aspecto angelical cuya sola visión me provocó un vuelco al corazón, hizo que me sudaran las manos y que me diera un cosquilleo en todo el cuerpo.

—¡Amy, la película comienza en cinco minutos!—, le dijo con un español masticado el hombre rubio y corpulento, atravesando la cafetería a paso  ligero llevando los carretes de la película en sus cajas metálicas de forma circular.

—Sí, papá, voy a cerrar.

Sin darme cuenta me encontraba ya delante del escaparate aunque sin saber qué decir, haciendo esfuerzos por tragar la saliva que me llenaba la boca.

—Un Sublime, por favor —dije por fin.

—¿Un qué? —respondió dirigiéndome un gesto de incomprensión.

—¡Un Sublime! —repetí tratando de articular mejor y de hablar más fuerte.

—Ah —sonrió y me alcanzó presta la barra de chocolate—. Un sol veinte.

Busqué atolondrado el dinero en mis bolsillos, di con las monedas y le pagué abochornado sin saber por qué. Dije “Gracias” pero ella no me escuchó y procedió a bajar las rejas de la cafetería; yo me apresuré a ir a mi butaca. Me instalé cuando ya habían apagado las luces y la película acababa de empezar. En realidad, era la tercera vez que iba a ver High Noon, pero aun así seguí cada escena en vilo, cautivado por la inminencia del duelo en el que el sheriff afrontaría, él solo, a cuatro forajidos dispuestos a matarlo. Esa tarde High Noon me gustó todavía más al percatarme de que una de las protagonista no solo tenía el mismo nombre que la muchacha de la cafetería sino que había un ligero parecido entre ambas.

Como cada lunes en el colegio, durante el recreo fui el blanco de las bromas  pesadas de mis compañeros de clase. En realidad, las bromas tenía que soportarlas casi todos los días, pero los lunes giraban en torno a lo que había hecho el fin de semana, costumbre inútil pues sabían bien que los sábados los pasaba en la clínica y que los domingos iba al Roma. Pero poco importaba lo que hubiera hecho pues en cuanto abría la boca empezaban a burlarse de mi manera de hablar. Aquella vez me hice el desentendido y, demás está decirlo, no les conté  nada sobre la chica de la cafetería.

La semana siguiente fui nuevamente al Roma, no tanto por la película  (Los siete magníficos) sino para ver a Amy. Fue una decisión difícil pues en el Victoria daban La aventura del Poseidón que, después de varias semanas en los cines de estreno del centro, llegaba por fin  a Chorrillos. Fue mi primer sacrificio por Amy, primer sacrificio que motivó algunos comentarios suspicaces de parte de los de la clase. Si bien yo era objeto permanente de sus mofas, siempre me pareció raro a mí mismo que hubiera un tema en el que, a veces, en los recreos, me escucharan sin burlarse: cuando hablaba de películas. Por eso les llamó la atención que esa vez  no quisiera ir al Victoria pues un mes antes les había hablado con entusiasmo de La aventura del Poseidón de la que había leído comentarios y visto fotos en una revista.

—Carajo, este domingo te vienes con nosotros al Victoria —me dijo el viernes Agurto— . No sé qué gusto le encuentras al vejestorio del Roma.

Agurto era el matón de la clase. Se impuso desde que llegó, varias semanas después de iniciado el año escolar, expulsado de otro colegio por problemas graves de conducta; contaban que le había pegado a un profesor. Era alto, fortachón, de mirada hosca, ya bastante mayor para seguir vistiendo el uniforme de un estudiante de secundaria. Yo era tan alto como él, aunque escuálido; también era ya bastante mayor para seguir siendo un escolar pero, en mi caso, era por motivos de salud. Fue por su culpa que todos empezaron a burlarse de mí pues, hasta antes de su llegada, se reían de mí a mis espaldas pero nadie me ponía en ridículo. Agurto fue el primero en hacer escarnio de mi defecto. Así que esa tarde caminé solitario por la avenida Olaya hasta el Roma.

Me di cuenta de que Amy me reconoció cuando le pedí, como la primera vez, un Sublime: me lo dio de inmediato, sonriendo y mirándome con simpatía. Hubiese permanecido allí, delante del escaparate, observándola, pero ese domingo había bastante gente que pedía cigarrillos o gaseosas. Me hice a un lado y no me quedó más que ir la sala de proyección. Pasaban Alburquerque pero apenas si le presté atención. En la penumbra de la sala, hundido en mi butaca, me preguntaba una y otra vez cómo hacer para estar junto a Amy sin nadie a nuestro alrededor, sin ser molestados. Aquel domingo por la noche, ya en mi cama, me sentí contento pues era la primera vez que una chica me miraba y me sonreía.

Por aquellos meses La aventura del Poseidón era el éxito de taquilla incontestable, y se mantuvo en el Victoria durante varias semanas. Me moría de ganas de verla, pero hacerlo significaba no estar cerca de  Amy pues solo podía ir al cine los domingos, y los domingos se los había consagrado. No sé cuánto tiempo pasó hasta antes de que pudiera decirle otra cosa que no fuera el pedido de una golosina. Aquel domingo fui el primero en llegar. Acababan de abrir, compré  mi boleto y fui a la cafetería. Amy estaba sola y, al verme, no me dijo un impersonal “¿Qué deseas?”, como a cualquier cliente sino que me dirigió la palabra con una voz suave y amable.

—Hola, tú vienes todos los domingos, ¿no?

Sabía que si hacía una frase larga corría el riesgo de enredarme con mis propias palabras. Me sonrojé, sonreí.

—Sí, todos los domingos —respondí sin evitar contemplarla.

—¿Un Sublime?

Asentí contento, alcanzándole las monedas.

—Eres muy amable —dije, pero creo que no me escuchó pues me di cuenta de que, como era mi costumbre, hablé muy bajo.

Esa tarde pasaban La diligencia: en mi asiento creía verme en la pantalla, al lado de Amy, ella y yo en un viaje a lo largo de un territorio hostil, protagonizando una historia en la que poco a poco la impostura de los demás iba revelando  su naturaleza pequeña y egoísta.

Transcurrieron varias semanas en las que mi única espera fue la llegada del domingo. Verla, hablarle aunque fuera dos o tres minutos hacía que me batiera fuerte el corazón; ir a la cafetería del Roma era como pagar un sol veinte no por un chocolate sino por un momento fugaz de felicidad. Hasta que en el Victoria empezaron a dar  un ciclo de películas escandinavas, ciclo que curiosamente, pasaban también los domingos por la tarde, con el riesgo de ahuyentar a la clientela adolescente. De inmediato temí que ese cambio de programación tuviera repercusiones sobre mí. Mis temores resultaron fundados.

—¡Nos vemos el domingo en el Roma! —me anunció riéndose Agurto,

Ese viernes dormí mal, tuve pesadillas. El sábado en la clínica no logré hacer ninguno de los ejercicios que me indicaba el ortofonista; estaba tan contrariado que perdí los nervios y estuve a punto de darle manazo a la enfermera. Por suerte me contuve a tiempo y le pedí perdón, de lo contrario me habrían prescrito sedantes para todo el fin de semana. El domingo daban El hombre que mató a Liberty Valence.

Quise ser el primero en llegar, por lo que estuve delante del cine antes de que levantaran la cortina metálica. Me sentía inquieto, y no dejaba de mirar de un lado para otro a lo largo de la avenida Olaya. Entonces abrieron, entré, compré mi boleto y me precipité a la cafetería.

—Un Sublime —dije con la respiración agitada.

Amy me miró extrañada pero, aun así, me sonrió al darme el chocolate.

—Te gustan los chocolates…

—Sí —respondí contento, pero también contrariado pues sabía que Agurto no tardaría en llegar.

—¿Cómo te llamas?  —me preguntó con su suave voz, al recibir el importe.

Me quedé lelo. Le dije mi nombre, de pronto transpirando, sin atinar a decir nada más. Le sonreí y dejé la cafetería. Antes de ir a instalarme en mi butaca fui hacia la entrada a echar un vistazo a la calle. Ni la sombra de Agurto.

El ciclo de cine escandinavo continuó dos semanas más por lo que durante dos domingos consecutivos temí que Agurto se apareciera por el Roma. En el colegio me enteré de que los de la clase se iban en patota a jugar fútbol al estadio municipal, lo que me tranquilizó. Me tranquilicé todavía más cuando en el Victoria anunciaron Los tres mosqueteros para el domingo siguiente pues era el tipo de película que les gustaba a los escolares. Me había decidido a que esa tarde, al llegar al Roma, propondría a Amy ir a caminar por el malecón; había incluso preparado  una frase, ni muy corta ni muy larga para que la lengua no se me trabara. Iba a ser la primera vez que le proponía a una chica salir conmigo.

Llegué temprano, compré mi boleto y fui, decidido, a ver a Amy. Estaba a punto de entrar a la cafetería cuando sentí como un estallido en el corazón: Agurto, acodado al escaparte, hablaba con ella, que parecía divertida con lo que le decía. Vi que le dio un paquete de ducales; él pagó, se llevó a un cigarrillo a la boca y lo encendió mientras que la observaba con aire de suficiencia. La película estaba por empezar, le gente fue ingresando apresurada a la sala de proyección; yo me oculté a un lado de la taquilla, observándolos. Amy y Agurto salieron de la cafetería, ella bajó la reja, puso el candado y continuaron conversando. Sentí rabia, ganas de llorar; de un salto me escabullí en pos de mi butaca.

El lunes siguiente no fui al colegio, inventé que me dolía la cabeza. Hubiese querido argüir ese malestar toda la semana, lo que no me habrá sido difícil, pero corría el riesgo de que me internaran por unos días. Así que el martes regresé al colegio, con tal malhumor marcado en la cara que a nadie se le ocurrió hacerme chacota ni dirigirme la palabra. El único que me habló fue Agurto.

—Hey, qué te pasó, no te vi en el Roma el domingo —me preguntó sin parecer burlarse.

— Fui directamente a ver la película. .

—Yo me quedé toda la tarde hablando con la vendedora de la cafetería —dijo sin ufanarse—.  No está mal, tiene buenas tetas.

No le contesté. No quería escucharlo, no quería verlo. Me pareció un sujeto vulgar cuando empezó a hablarles a sus amigos de Amy, riéndose, inventando cochinadas sobre ella. Los días pasaban atrozmente lentos pero, por suerte, todas las noches tenía a Amy mi lado en mis sueños.

Uno de esos domingos, en cuanto acabé de almorzar, salí corriendo al cine. Llegué, compré mi boleto y me acerqué resoplando a la cafetería. Aún no había clientes. La saludé tratando de sonreír pero no lograba pronunciar una sola palabra con claridad; ella hizo un gesto de complicidad, extrajo un Sublime del escaparate y me lo dio mirándome a los ojos. La sola idea de que apareciera Agurto me ponía furioso y nervioso a la vez, y por eso se me trababa la lengua. Recibí el chocolate, le di las gracias y me alejé, pero no entré a la sala de proyección sino que me fui a caminar por el malecón pues no me sentía capaz de prestarle atención a la película, y eso que pasan Río Bravo. Al salir vi a lo lejos a Agurto avanzando hacia el cine y me sentí invadido por la ira. Bajo el cielo chato y gris de aquella tarde recorrí el malecón de arriba abajo tres o cuatro veces. La neblina, el bramido y el olor del mar, los delicados picotazos de la garúa en la cara me serenaron aunque había comprendido que Agurto era ahora mi rival, un enemigo peligroso al que más tarde o más temprano tendría que enfrentar.

Continué yendo al Roma los domingos pero no entraba a ver la película. Compraba mi boleto, me dirigía a la cafetería y, sonriendo, le pedía a Amy un Sublime. Como las palabras no me salían, trataba de decirle todo lo que sentía por ella mirándola a los ojos o rozándole la mano cuando me daba el chocolate.

Uno de esos domingos, mientras caminaba por el malecón, tuve una mala sorpresa. Era noviembre, ya no hacía frío y el sol asomaba por entre las nubes. Me disponía a regresar a casa cuando se me ocurrió acercarme a la glorieta del parque Cuadros para sentarme un momento en una banca. Fue cuando los vi: de pie, pegados el uno contra el otro, apoyados contra una de las columnas de mármol. Amy y Agurto estaban abrazados, besándose; no me vieron, me escondí detrás unos arbustos observándolos largo rato, llorando. Los espié durante tres domingos más, a la misma hora, en el mismo lugar. En el colegio Agurto ya no se burlaba de mí pero no dejaba de contar a todos cómo había seducido a Amy, dándoles detalles de cómo la manoseaba, cómo le tocaba sus partes íntimas. Para entonces yo ya no le dirigía la palabra a nadie, no hacía las tareas ni contestaba las preguntas de los profesores.

Pensaba en Amy día y noche, y se me hacía insoportable que Agurto la tratara como lo hacía y que ensuciara su nombre en el colegio. Por eso decidí poner fin a esa situación de una buena vez, y la única manea de hacerlo era como en las películas del Far West, o sea retándolo a duelo. Empecé a prepararme: me ponía mi traje de sheriff y, frente al espejo del ropero, me entrenaba desenfundando mi arma cada vez más rápido. Era ya casi el fin del  año escolar, el sol brillaba irradiando un calor agradable a lo largo del malecón. Era domingo aquella tarde cuando me dirigí a la glorieta del parque Cuadros, sintiendo que la gente me observaba y se reía a mi paso.

—Hey, Agurto —le dije en voz alta cuando irrumpí de pronto frente a él, a unos cuantos metros de distancia—. Aquí se acaba la función.

Amy, que estaba de espaldas, se dio vuelta prendida a su brazo y al verme sonrió pero de inmediato me miró extrañada. El, en un primer momento desconcertado, se echó de pronto a reír sonoramente, la apartó ligeramente y se plantó frente a mí.

Sentí que su mirada se deslizaba por mi sombrero negro y mi chaleco del mismo color, mi estrella plateada de sheriff,  la cadenita de mi reloj de bolsillo, las mangas de mi camisa blanca, los finos lazos de mi corbata, mi cinturón y mi cartuchera, mi pantalón, mis botines con espuelas. Sus ojos buscaron entonces los míos y fue cuando desenfundé pero él lo hizo más rápido, llegué a ver su mano que simulaba ser un revolver y sentí el impacto de su carcajada en mi pecho mientras me desmoronaba pronunciado el nombre de Amy.

 

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