Viernes de cine: ¨Ciudad de conquista (City of Conquest)¨

Fernando Morote

 

No es para llorar a mares. Tampoco llega al extremo de competir con las inverosímiles tragedias del cine de oro mexicano, con Pedro Infante como su ídolo insuperable. Pero es sin duda un melodrama típico que logró conmover al propio Charles Bukowski, quien escribió unas líneas sobre ella en uno de sus poemas.

Realizada en blanco y negro, en una época que se sentían ya muy próximos a América los vientos de guerra que corrían en Europa, la Warner Bros produce una historia edificante cuyo escenario es la brillante y difícil ciudad de Nueva York, entonces poblada por 7 millones de habitantes. La imagen de apertura con el tren elevado circulando sobre el Puente Williamsburg para descender en la Avenida Delancey, vena viva de un tugurizado barrio al este de Manhattan, es una acertada descripción de ese sector de la urbe en 1940.

James Cagney deja en esta ocasión su coraza de tipo duro y encarna a un sacrificado boxeador que entrega todo por conquistar el afecto de una amiga de la infancia y ayudar a su hermano menor a cumplir su sueño de convertirse en músico. En el proceso tiene que luchar con el desencanto, los celos, el despojo y una ceguera producto de los golpes recibidos en el ring. Termina vendiendo periódicos en un quiosco, escuchando con orgullo el apoteósico concierto que su protegido ofrece nada menos que en el prestigioso Carnegie Hall, aunque también recupera la vista y al amor de su vida.

La cinta presenta varias figuras ilustres de Hollywood. Entre ellas destacan Anthony Quinn en uno de sus primeros roles reconocibles, caracterizando a un danzador ambicioso que además quiere robarle la novia al pequeño Cagney; Elia Kazan, que luego descollaría siendo director de legendarias películas protagonizadas por Marlon Brando (Un tranvía llamado deseo de 1951 y La ley del silencio de 1954), desempeñando aquí un papel completamente secundario como pájaro frutero juvenil que asciende en el mundo del hampa hasta erigirse en poderoso gángster; y Ann Sheridan, una de las más preciosas y a la vez menos valoradas actrices de la industria —cuya apabullante belleza y sutil sensualidad despierta el impulso de arrinconarla en los vestidores durante uno de los descansos de la grabación—, representando a una aspirante a bailarina profesional que se deja seducir y engañar por el espejismo de la fama.

Anatole Litvak, el director ucraniano conocido por otros films noir (Confesiones de un espía nazi de 1939 con Edward G. Robinson y Lejos de la niebla de 1941 con John Garfield) se desprende de la atmósfera de misterio que impone el género y desarrolla un lenguaje visual más lírico.

Por encima de la calidad del reparto —y de la cantidad de gomina con la que los personajes masculinos embadurnan su cabellera—, Ciudad de conquista tiene como principal atractivo el triunfo de la nobleza del espíritu humano ante la adversidad del ambiente y la mediocridad de la naturaleza competitiva.

 

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