El honor perdido de Katharina Blum (I)

Heinrich Böll

 

 

1

El informe que sigue se basa en algunas fuentes secundarias y en tres principales, que se nombran al principio una vez, pero que más tarde no se vuelven a mencionar. Las fuentes principales son atestados policíacos, el abogado doctor Hubert Blorna y el fiscal Peter Hach, compañero de estudios del anterior, quien —de manera confidencial, se entiende— completó el sumario, añadiendo ciertas actuaciones de la autoridad y los resultados de diversas pesquisas. Huelga subrayar que este trabajo tuvo carácter extraoficial, y que sus conclusiones se destinaron exclusivamente a uso privado, porque al fiscal le llegaba al alma el disgusto de su amigo Blorna. Este no encontraba una explicación para todo lo ocurrido y, a pesar de ello, «si lo analizaba bien, no le parecía inexplicable, sino más bien lógico». El caso de Katharina Blum, en vista de la actitud de la acusada y de la difícil posición de su defensor, doctor Blorna, aparecerá, de todos modos, más o menos ficticio, y ciertas pequeñas incorrecciones, como las que cometió Hach, resultan comprensibles e incluso disculpables. No hace falta mencionar aquí las fuentes secundarias, unas de mayor y otras de menor importancia, ya que el mismo informe demostrará sus vínculos, enredos y confusiones, y pondrá de manifiesto la consternación que produjeron.

 

2

Si el informe —pues aquí se habla tanto de fuentes— resulta a veces «fluido», se ruega que lo disculpen: era inevitable. Los términos «fuentes» y «fluir» no parecen compatibles con el concepto de composición literaria; les convendría mejor el de conducción. Esto debería comprenderlo todo aquel que alguna vez, siendo niño (o incluso ya mayor), haya jugado en, al lado de y con unos charcos, uniéndolos mediante pequeños canales, vaciándolos y desviándolos hasta conducir, finalmente, toda el agua hacia un canal colector, para desviarla a un nivel inferior o tal vez, incluso, para encauzarla debidamente, de forma oficial y regular, hacia un desagüe o un canal construido por las autoridades. Es decir, se procede a una especie de drenaje que constituye un verdadero proceso de ordenación. De modo que si cuanto aquí se narra parece en ocasiones fluido, gracias a las diferencias de nivel y a su igualación, se solicita indulgencia, pues también se producen atascos, embotellamientos y obstrucciones, y tampoco faltan los canales que no conducen a ninguna parte, las fuentes inaccesibles, las corrientes subterráneas, etc., etc.

 

3

Los hechos que, tal vez, deberían conocerse en primer lugar son brutales: el miércoles 20 de febrero de 1974, en vísperas de las fiestas de carnaval, una mujer joven, de veintisiete años, abandona su piso, en una ciudad, alrededor de las 18.45 para acudir a un baile particular. Cuatro días después, tras unos sucesos dramáticos —realmente hay que llamarlos así (remitimos a las necesarias diferencias de nivel, sin las cuales no es posible el flujo)—, la noche del domingo, casi a la misma hora —más exactamente a las 19.04— llama a la puerta de la vivienda del comisario superior de policía criminal, Walter Moeding. Este, no por motivos privados, sino oficiales, luce un disfraz de jeque. La mujer declara al asustado Moeding que ella misma, a las 12.15 del mediodía y en su piso, ha matado de un disparo al periodista Werner Tötges, y ruega al comisario que envíe a alguien allí a «buscarle». Entre las 12.15 y las 19.00 ella estuvo deambulando por la ciudad en busca de su arrepentimiento, pero no lo encontró. Ruega además a Moeding que la detenga, ya que desea estar donde se halla también su «querido Ludwig».

Moeding, que conoce a la joven por diferentes interrogatorios y que siente por ella cierta simpatía, no duda ni por un momento de la veracidad de sus declaraciones. La acompaña en su coche particular a la jefatura, informa a su superior, el comisario general de la policía criminal, Beizmenne, interna a la joven en una celda y, un cuarto de hora después, llega, junto con Beizmenne, ante la puerta del piso de la mujer. Un especialista abre la puerta y hallan la confirmación a las declaraciones de la joven.

No deseamos entrar en pormenores sangrientos, y nos limitamos a considerar las diferencias de nivel necesarias. Por eso remitimos al lector a la televisión y a las películas del género. Si aquí ha de fluir algo no será sangre. Pero tal vez convendría llamar simplemente la atención sobre ciertos efectos de color: Tötges, que muere de un disparo, iba disfrazado de jeque; el disfraz se había confeccionado con una sábana usada, y todos sabemos lo espectacular que resulta la sangre en cantidad sobre un fondo blanco. En semejantes condiciones, una pistola se convierte necesariamente en un inyector de chorro, y como en el caso del disfraz se trata de tela, surge con más facilidad la idea de pintura moderna y de escenografía que la de drenaje. Bien; éstos son los hechos.

 

4

Durante bastante tiempo se consideró probable que también hubiera sido víctima de la Blum el periodista Adolf Schönner, al cual se encontró muerto de un disparo el miércoles de ceniza, en un bosquecillo al oeste de la alegre ciudad. Pero, más tarde, cuando se logró reconstruir los hechos por orden cronológico, aquello resultó inexacto. Un taxista declaró haber conducido hasta el bosquecillo a Schönner, que también iba disfrazado de jeque, en compañía de una joven vestida de andaluza. Tötges murió el domingo al mediodía, y Schönner el martes a la misma hora. A pesar de que pronto se dieron cuenta de que el arma hallada junto a Tötges de ninguna manera podía ser la misma que sirvió para dar muerte a Schönner, se sospechó durante unas horas de la Blum, a causa de los motivos. Si ella los tuvo para vengarse de Tötges, tampoco le faltaban para desquitarse de Schönner. Por otra parte, a las autoridades que investigaron el caso les parecía poco probable que la Blum tuviera dos armas. Katharina consumó su sangriento crimen con toda frialdad. Cuando le preguntaron si había matado a Schönner, dio una contestación siniestra disfrazada de pregunta:

—Sí. ¿Por qué no también a él?

Pero luego renunciaron a imputarle ese segundo asesinato, sobre todo porque su coartada era prácticamente perfecta. Ninguna de las personas que conocía a Katharina Blum o que, en el transcurso de los interrogatorios, llegó a conocer su carácter, dudaba que ella, en el caso de haber asesinado a Schönner, lo hubiera reconocido sin rodeos. El taxista que condujo a la pareja al bosquecillo («Yo lo llamaría más bien matorral cubierto de maleza»), desde luego que no reconoció a la Blum en unas fotografías.

—¡Dios mío! —exclamó—. Chicas así, jóvenes y guapas, de cabello castaño, entre 1,63 y 1,68, delgadas y entre veinticuatro y veintisiete años, se ven centenares de miles durante el carnaval.

En el piso de Schönner no se encontraron huellas de la Blum ni tampoco indicio alguno de la andaluza. Los colegas y conocidos de Schönner sólo sabían que el martes, hacia el mediodía, salió de un bar donde suelen reunirse los periodistas «con ciertas chicas alegres».

 

5

Un miembro destacado de la comisión del carnaval, comerciante en vinos y espumosos, que podía vanagloriarse de haber resucitado el buen humor, se mostró aliviado porque los crímenes no llegaron a conocerse antes del lunes el uno y antes del miércoles el otro.

—Esto sucede al principio de los días alegres, y ¡adiós ambiente y adiós negocio! Si se descubre que se abusa de los disfraces para cometer crímenes, nadie tiene ganas de celebrar el carnaval. ¡Un auténtico sacrilegio! El alborozo y la alegría necesitan basarse en la confianza.

 

6

La reacción del PERIÓDICO después de conocerse los asesinatos de sus reporteros fue bastante extraña, y dio lugar a una excitación anormal. Grandes titulares. Ediciones especiales. Necrologías de dimensiones exageradas, como si —en un mundo en el que se disparan tantos tiros— el asesinato de un periodista fuese algo «excepcional, más importante, por ejemplo, que el de un director, un empleado o un atracador de banco».

Conviene subrayar la desmedida atención de la prensa, porque no sólo el PERIÓDICO, sino también otros periódicos trataron aquellos crímenes como algo particularmente grave, horrible y casi solemne; como si de asesinatos rituales se tratara. Incluso se habló de «víctima de su profesión» y, por supuesto, el PERIÓDICO siguió aferrado a la versión de que Schönner también murió a manos de la Blum. Si es preciso admitir que, de no haber sido periodista (sino, por ejemplo, zapatero o panadero), Tötges probablemente no hubiera muerto de un disparo, acaso fuera: más apropiado hablar de una muerte condicionada por la profesión. Todavía queda por aclarar qué razones movieron a una persona tan inteligente y al borde de la indiferencia «como la Blum», no sólo a planear el asesinato sino a llevarlo a cabo, y por qué, en el momento elegido por ella misma, echó mano de la pistola y la hizo funcionar.

 

7

Desde este nivel extremadamente bajo, apresurémonos a ascender otra vez a estratos superiores. Olvidemos la sangre. Olvidemos la excitación de la prensa. Mientras tanto, el piso de Katharina Blum se limpió, las alfombras que ya no servían se las llevaron los basureros, y los muebles quedaron en orden, todo ello por cuenta y disposición del doctor Blorna, quien pidió autorización a su amigo Hach. Este aún no sabe con seguridad si Blorna va a ser el administrador de los bienes de la acusada. Katharina Blum ha invertido, en el transcurso de cinco años, setenta mil marcos en un piso de propiedad, cuyo valor total asciende a cien mil; o sea, que «la herencia merece la pena», según su hermano, que actualmente cumple una insignificante condena de reclusión. Pero ¿quién se hará cargo de los intereses y la amortización de los treinta mil marcos que faltan?

Aunque haya de calcularse una considerable plusvalía, no sólo quedan activos, sino pasivos.

Tötges ya ha sido enterrado (con una pompa inadecuada, en opinión de algunos). Es curioso que a la muerte y al entierro de Schönner no se les haya dedicado tanta publicidad y atención. ¿Por qué será? ¿Porque no fue «víctima de su profesión», sino, probablemente, de un drama pasional? El disfraz de jeque se encuentra en los archivos, como también la pistola (un modelo 08), cuya procedencia sólo conoce Blorna. En cambio, han resultado inútiles los esfuerzos de la policía y del fiscal por averiguarlo.

 

8

Las investigaciones sobre las actividades de la Blum durante los cuatro días en cuestión, se desarrollaron satisfactoriamente al principio, pero quedaban interrumpidas al intentar esclarecer lo sucedido el domingo.

El mismo Blorna abonó a Katharina Blum la tarde del miércoles dos pagas completas de 2280 marcos cada una, correspondientes a aquella semana y a la siguiente, pues él salía de vacaciones de invierno con su mujer la misma tarde del miércoles. Katharina prometió e incluso juró a los Blorna que por una vez también iba a rehacer vacaciones, y que se iba a divertir durante las fiestas de: carnaval en lugar de trabajar como en años anteriores. Les comunicó alegremente que aquella noche estaba invitada a una pequeña fiesta particular en casa de su madrina, mi amiga y confidente, Elsa Woltersheim, y añadió que se sentía muy contenta porque desde mucho tiempo atrás no tenía ocasión de bailar. A esto la señora Blorna le repuso:

—Querida Katharina, cuando volvamos daremos una fiesta y podrás bailar de nuevo.

Desde que habitaba en la ciudad, y de eso hacía cinco o seis años, Katharina se había quejado repetidas veces de la falta de posibilidades «de poder bailar, sin más». Contaba a los Blorna que había locales donde, prácticamente, se encontraban sólo estudiantes acomplejados en busca de una prostituta gratuita; y que también existían el establecimiento de tipo bohemio, que le disgustaba, y las grandes salas de baile, que detestaba.

Fue fácil averiguar que el miércoles por la tarde Katharina aún había trabajado dos horas en casa del matrimonio Hiepertz, donde ayudaba en «ocasiones si se lo pedían». Como los Hiepertz también se marcharon de la ciudad durante los días de carnaval para ir a casa de su hija, en Lemgo, Katharina condujo a este matrimonio de edad en su Volkswagen hasta la estación. A pesar de la gran dificultad para aparcar, insistió en acompañarles hasta el mismo andén y llevarles su equipaje. («No, por dinero, no; a cambio de estas atenciones no le podíamos ofrecer nada, pues se hubiera molestado mucho», comentó la señora Hiepertz). Se pudo comprobar que el tren salió a las 17.30. Si concedemos a Katharina cinco o diez minutos para encontrar su coche en medio del barullo del carnaval, que se iniciaba a aquella hora, otros veinte o veinticinco minutos para llegar a su piso, situado en una zona residencial de las afueras de la ciudad, adonde no pudo llegar antes de las 18.00 o 18.15, no quedaba ni un minuto por cubrir, si le concedemos, como es de justicia, que debió lavarse, cambiarse y comer algo, puesto que alrededor de las 19.25 se presentó en la fiesta de la señora Woltersheim, no en su coche sino en tranvía. No iba disfrazada de beduina ni de andaluza; llevaba un clavel rojo en el pelo y medias y zapatos también rojos. Vestía una blusa de cuello alto, de seda natural, de color miel, y una falda de tweed del mismo tono. Puede parecer indiferente que Katharina llegara en coche o en tranvía a la fiesta, pero es preciso mencionarlo, porque en el transcurso de las investigaciones este detalle tuvo considerable importancia.

 

9

A partir del momento en que entró en el piso de la señora Woltersheim, las investigaciones resultaron más fáciles, porque Katharina, desde las 19.25, se encontraba, sin saberlo, bajo vigilancia de la policía. Durante toda la noche, de 19.30 a 22.00, antes de abandonar la fiesta en su compañía, bailó «exclusiva y entrañablemente» —así lo declaró ella misma más tarde— con un tal Ludwig Götten.

 

10

Debe hacerse constar el agradecimiento al fiscal Peter Hach, pues a él se debe la información, que linda con el chisme jurídico, de que el comisario de la policía criminal Erwin Beizmenne, desde el momento en que la Blum abandonó con Götten el piso de la Woltersheim ordenó intervenir los teléfonos de ésta y de la Blum, extremo que merece un comentario. Beizmenne llamaba en estos casos a su superior y le decía:

—Otra vez necesito un espía. Ahora para dos teléfonos.

 

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Evidentemente, Götten no llamó desde la vivienda de Katharina. Por lo menos, a Hach no le constaba. Es seguro que el piso de Katharina estaba bien vigilado, y cuando, a las 10.30 de la mañana del jueves, no se había llamado por teléfono ni Götten había abandonado el piso, Beizmenne empezó a perder la paciencia y los nervios, y penetró con ocho funcionarios armados hasta los dientes. Puede afirmarse que lo asaltaron, observando las máximas medidas de prudencia, y que lo registraron. Pero ya no se encontraron a Götten, sino tan sólo a Katharina, que daba la impresión dé «estar completamente relajada y casi feliz». En aquel momento, se encontraba en la cocina bebiendo una gran taza de café y comiendo una rebanada de pan con mantequilla y miel. Resultó sospechosa porque no parecía sorprendida, sino tranquila, «si no triunfante». Vestía un albornoz de color verde bordado de margaritas, encima de su piel desnuda, y cuando el comisario Beizmenne le preguntó («con brusquedad» como explicó ella más tarde) dónde estaba Götten, la interrogada respondió que ignoraba cuándo se había marchado. Se despertó alrededor de las 9.30 y él ya no estaba.

—¿Se fue sin despedirse?

—Sí.

 

12

En este punto deberíamos considerar cierta pregunta muy discutida de Beizmenne, que, en una ocasión, fue comentada por Hach. Este la desmintió luego, la repitió y la desmintió de nuevo. Blorna entiende que la pregunta es importante, pues si realmente se formuló, en este punto y sólo en él debió de empezar la amargura, confusión y cólera de Katharina. Dado que Blorna y su esposa describen a Katharina como extremadamente sensible, casi mojigata en cuestiones sexuales, hay que considerar la posibilidad de que Beizmenne —furioso hasta el paroxismo por la desaparición de Götten, a quien estaba seguro de encontrar— formulara la discutida pregunta. Parece, pues, que Beizmenne inquirió a Katharina, que se apoyaba con provocativa indiferencia en el armario de la cocina:

—Pero habéis hecho el amor, ¿eh?

Después de esto, Katharina se sonrojó, pero contestó en un tono entre triunfal y orgulloso:

—No, yo no lo llamaría así.

Desde luego, se puede suponer que si Beizmenne realmente formuló la pregunta, a partir de aquel momento no pudo existir ninguna confianza entre él y Katharina. El hecho de que no se llegara a esta relación de confianza entre ambos —a pesar de que Beizmenne, de quien se dice «que no es de los peores», lo intentó, según se ha podido comprobar—, no se debe tomar, sin embargo, como muestra definitiva de que realmente formuló la ominosa pregunta. Por ejemplo, Hach, que presenció el registro domiciliario, tiene entre sus amigos y conocidos fama de padecer «complejos sexuales», y cabría la posibilidad de que a él se le ocurriera la grosera idea cuando vio a la Blum, en extremo atractiva, apoyada de manera tan indiferente en el armario, y le hubiera gustado hacer la pregunta o acaso efectuar el mismo acto objeto de tan grosera interrogación.

 

13

Luego registraron el piso a fondo, y confiscaron algunos objetos, sobre todo escritos. Katharina se podía vestir en el cuarto de baño en presencia de la funcionaria Pletzer. Pero no podía cerrar del todo la puerta, que dos agentes armados no dejaron de vigilar. Permitieron a Katharina llevarse su bolso con lo necesario para pasar la noche —objetos de aseo y lectura—, ya que no cabía excluir la posibilidad de una detención. Su biblioteca se componía de cuatro novelas de amor, tres policíacas, una biografía de Napoleón y otra de la reina Cristina de Suecia. Todos estos libros procedían de un club de lectores. Katharina preguntaba constantemente:

—Pero ¿por qué, por qué todo esto, qué he hecho?

La funcionaria Pletzer le informó al fin, cortésmente, de que Ludwig Götten era un bandido a punto de ser declarado culpable del atraco de un banco, y sospechoso de asesinato y de otros crímenes más.

 

14

Cuando, finalmente, alrededor de las 10.15, condujeron a Katharina Blum desde su piso a la comisaría, con objeto de proceder al interrogatorio, en el último momento renunciaron a ponerle las esposas. Beizmenne quiso insistir para que se las colocaran, pero, después de un breve diálogo con la funcionaria Pletzer y su asistente Moeding, se dejó convencer. Debido al carnaval, que comenzaba aquel día, numerosos vecinos de la casa no habían acudido al trabajo y aún no habían salido para presenciar las cabalgatas y fiestas que, a semejanza de las saturnales, se celebran todos los años. De modo que, aproximadamente, tres docenas de habitantes del edificio de apartamentos de diez pisos, se congregaban en el vestíbulo, vistiendo abrigos, batas y albornoces. El fotógrafo de prensa Schönner se encontraba a pocos pasos del ascensor cuando salía de éste Katharina Blum, entre Beizmenne y Moeding, y escoltada por funcionarios armados. La fotografiaron varias veces por todos los lados, y al final la retrataron despeinada y con una expresión poco amable. Ella intentó repetidas veces esconder la cara, que reflejaba vergüenza y confusión, y así se hizo un lío con el bolso, el neceser y una bolsa de plástico en la que llevaba los libros y los utensilios para escribir.

 

15

Media hora después de que le dieran a conocer cuáles eran sus derechos y le permitieran arreglarse un poco, empezó el interrogatorio en presencia de Beizmenne, Moeding, la señora Pletzer y los fiscales doctores Korten y Hach. El atestado decía: «Mi nombre es Katharina Blum de Brettloh. Nací el 2 de marzo de 1947 en Gemmelsbroich, en la provincia de Kuir. Mi padre era el minero Peter Blum. Murió a la edad de treinta y siete años, cuando yo tenía seis, de una lesión pulmonar contraída en la guerra. Finalizada ésta, mi padre volvió a trabajar en una mina de pizarra, y es probable que padeciera, además, de silicosis. Después de su muerte, mi madre tuvo dificultades con la viudedad, pues la caja de previsión y la cooperativa de mineros no llegaron a un acuerdo. Ya de muy joven tuve que hacer el trabajo de la casa porque mi padre estaba a menudo enfermo, y por eso ganaba menos. Mi madre era asistenta en varios domicilios. En la escuela no tuve dificultades, a pesar de que no sólo trabajaba en mi casa, sino también en las de unos vecinos y de otros habitantes del pueblo. Les ayudaba en las faenas de hornear, guisar y hacer conservas, así como en la matanza. Además, efectuaba otras labores domésticas y ayudaba en la cosecha. Gracias a mi madrina, la señora Else Woltersheim, de Kuir, después de acabar mis estudios, en el año 1961, logré una colocación como sirvienta en la carnicería Gerbers de aquella ciudad. En ocasiones, ayudaba a despachar a los clientes. Desde 1962 hasta 1965, estudié (gracias al apoyo económico de mi madrina, la citada señora Woltersheim) en la escuela de economía doméstica de Kuir, donde ella trabajaba de instructora. Aprobé los estudios con sobresaliente. Entre 1966 y 1967 estuve empleada en el parvulario de la empresa Koeschler, en el pueblo vecino de Oftersbroich. A continuación, entré a servir en casa del médico doctor Kluthen, también en Oftersbroich. Allí sólo permanecí un año porque el doctor me molestaba cada vez con más frecuencia, y eso no gustaba a su esposa. Tampoco a mí me agradaba; lo encontraba repugnante. En 1968, permanecí en paro durante unas semanas, y me dediqué a ayudar a mi madre. Solía asistir a las reuniones y tertulias del cuerpo de tamborileros de Gemmelsbroich, y así conocí, a través de mi hermano mayor Kurt Blum, al obrero textil Wilhelm Brettloh, con el cual me casé al cabo de pocos meses. Vivimos en Gemmelsbroich, donde oficiaba de camarera en el restaurante Kloog los fines de semana, cuando acudían muchos excursionistas. Transcurrido medio año, comencé a sentir una invencible aversión hacia mi marido. No quiero entrar en detalles sobre este punto. Le abandoné y me fui a vivir a la ciudad. Nos divorciamos. Yo me declaré culpable de abandono voluntario, y volví a utilizar mi apellido de soltera. Al principio, me alojé en casa de la señora Woltersheim, hasta que, al cabo de unas semanas, encontré una colocación como ama de llaves del agente financiero doctor Fehnern, en cuyo domicilio me instalé. El doctor Fehnern me dio la oportunidad de asistir a unos cursos nocturnos y de presentarme a los exámenes oficiales de economía doméstica. Era muy gentil y generoso, y yo me quedé en su casa después de haber aprobado. A finales del año 1969 detuvieron al doctor Fehnern en relación con grandes fraudes tributarios en empresas importantes para las cuales había trabajado. Antes de que se lo llevaran, me entregó un sobre con el sueldo de tres meses, y me rogó que siguiera ocupándome de sus cosas, ya que él regresaría pronto. Me quedé todavía un mes, durante el cual atendí a los empleados que trabajaban en su despacho, me encargué de la limpieza de la casa y del jardín, y también del lavado de la ropa. Regularmente, yo llevaba una muda limpia a mi jefe a la prisión preventiva, y asimismo comida, en especial un pâté que había aprendido a hacer en casa del carnicero Gerbers. Más tarde, clausuraron el despacho y confiscaron la casa, y yo tuve que dejar mi habitación. Por lo que parece, al doctor Fehnern consiguieron probarle delitos de fraude y falsificación, y le internaron en la cárcel, donde seguí visitándole. También le quise devolver los dos sueldos que le debía, pero no los quiso aceptar bajo ningún concepto. Encontré muy pronto un empleo en casa del doctor Blorna. A él y a su esposa los conocí a través del señor Fehnern.

»Los Blorna viven en un bungalow, en una zona residencial al sur de la ciudad. A pesar de que me ofrecieron alojarme con ellos, no acepté, porque deseaba ser al fin independiente y ejercer mi profesión con más libertad. El matrimonio Blorna se mostraba muy amable conmigo. La señora, que dirigía un gran despacho de arquitectos, me facilitó un piso de compra en la ciudad satélite situada al sur de nuestra población, que se anunciaba con el lema “Viva elegantemente junto al río”. El doctor Blorna conocía este proyecto como abogado de la empresa constructora, y su esposa por su trabajo de arquitecto. Con el doctor Blorna calculé la financiación, los intereses y la amortización de un apartamento de dos habitaciones, cocina y baño, en el octavo piso. Como, mientras tanto, había logrado ahorrar unos 7000 marcos, y el matrimonio Blorna me avalaba un crédito de 30 000 más, pude ocupar mi vivienda a principios de 1970. Mis gastos mínimos mensuales ascendían, al principio, a unos 1100 marcos, pero como el matrimonio Blorna no contaba mi comida, sino que incluso la señora me daba cada día algo para mi cena, conseguí ahorrar bastante y amortizar mi crédito antes de lo que al principio había calculado. Desde hace cuatro años administro la casa de los señores Blorna por iniciativa propia. Empiezo a las siete de la mañana y termino por la tarde, alrededor de las cuatro y media, una vez concluidos los trabajos domésticos: limpieza, compra y preparativos para la cena. También repaso toda la ropa. Entre las cuatro y media y las cinco y media me ocupo de mi piso, y luego suelo dedicar hora y media o dos horas a la vivienda del matrimonio de rentistas Hiepertz. Unos y otros señores me pagan el trabajo de los sábados y domingos aparte. En mi tiempo libre, colaboro de forma ocasional en la empresa Kloft, o ayudo en recepciones, fiestas, bodas, reuniones de sociedad y bailes, generalmente por propia cuenta y riesgo, pero a veces, también, por encargo de la empresa Kloft. Me ocupo del cálculo y la organización y, a veces, actúo de cocinera o camarera. Mis ingresos brutos ascienden a 1800-2300 marcos mensuales como promedio. A efectos de Hacienda, consta que ejerzo una profesión liberal. Yo misma pago mis impuestos y seguros. Todas estas cuestiones…, como declaración de impuestos, etc., me las resuelven en la oficina de Blorna gratuitamente. Desde la primavera de 1972 poseo un Volkswagen, modelo 1968, que compré al cocinero de la casa Kloft, Werner Klormer, a buen precio. Acabó por resultarme demasiado difícil desplazarme a mis diferentes ocupaciones utilizando los transportes públicos. El coche me permite trabajar también en recepciones y fiestas que se celebran fuera de la ciudad».

 

16

Esta parte del interrogatorio se desarrolló desde las 10.45 hasta las 12.30 y, tras una pausa de una hora, de 13.30 a 17.45. En el descanso del mediodía, la Blum se negó a aceptar el café y los bocadillos de la administración de policía, pese a la insistencia de Moeding y de la señora Pletzer que, evidentemente, le había tomado afecto. Según los comentarios de Hach, estaba claro que a Katharina Blum le resultaba imposible separar lo oficial de lo privado, y comprender la necesidad del interrogatorio. Beizmenne saboreaba sus bocadillos y el café y, con el cuello abierto y la corbata aflojada, no sólo parecía sino que se tornaba realmente paternal. Pero la Blum exigió que la acompañaran a su celda. Los dos funcionarios que tenían orden de vigilarla se esforzaron —esto se puede comprobar— en ofrecerle de nuevo café y bocadillos. Sin embargo, ella negaba obstinadamente con la cabeza, sentábase en su catre, fumaba un cigarrillo y expresaba, torciendo la nariz, su repugnancia ante el WC de su celda, que estaba salpicado de restos de vómitos. Más tarde, permitió a la señora Pletzer que le tomara el pulso, después que ésta y los dos funcionarios jóvenes insistieron. El ritmo de los latidos resultó normal. Entonces, aceptó un trozo de pastel y una taza de té, pero insistió en pagar de su bolsillo, pese a que uno de los funcionarios jóvenes que por la mañana había vigilado la puerta de su cuarto de baño, estaba dispuesto a «invitarla». El juicio de los dos funcionarios de policía y de la señora Pletzer sobre Katharina Blum a raíz de este episodio fue el siguiente: no tiene sentido del humor.

 

17

Entre las 13.30 y las 17.45 se reanudó el interrogatorio, que a Beizmenne le hubiera gustado abreviar, pero Katharina insistía en los detalles, y los policías accedieron a escucharla. Finalmente, incluso Beizmenne —primero contra su voluntad, y más tarde porque comprendió la trascendencia del «fondo» del asunto—, admitió la importancia de dichos detalles.

Alrededor de las 17.45 surgió la pregunta de si se debía continuar el interrogatorio o interrumpirlo, y si convendría dejar libre a la Blum o llevarla a su celda. A las 17.00 ella había aceptado otra taza de té y un bocadillo (de jamón), y estaba dispuesta a proseguir, ya que Beizmenne le prometió la libertad al término del interrogatorio. Se habló entonces de su relación con la señora Woltersheim. Katharina Blum dijo que dicha señora era su madrina, que siempre se había preocupado por su persona, y que era prima segunda de su madre. Por todo lo cual se puso en contacto con ella en cuanto llegó a la ciudad.

—El 20 de febrero estaba yo invitada a ese baile particular, que realmente debía haberse celebrado el 21 de febrero, pero se adelantó porque la señora Woltersheim tenía compromisos profesionales para esa fecha. Era el primer baile al que asistía desde hacía cuatro años. Corrijo mi declaración en el sentido de que, a veces, tal vez dos, tres o máximo cuatro veces, he bailado en casa de los Blorna, cuando ayudaba allí en una fiesta de sociedad. Después de medianoche, cuando todo estaba recogido y limpio, el café servido y el doctor Blorna se encargaba del bar, me llamaban al salón y yo bailaba allí con el doctor y también con otros caballeros de círculos académicos y políticos. Más tarde, acabé por no aceptar estas invitaciones, ya que los caballeros en cuestión, que a menudo estaban bebidos, se permitían impertinencias. Para ser más exacta: dejé de aceptar esas invitaciones desde que tengo coche propio. Antes dependía de que uno de los caballeros me acompañara a casa. Por cierto, que con este señor —señalaba a Hach, que se ruborizó— he bailado a veces.

Nadie preguntó si también Hach se había permitido impertinencias.

 

18

La duración del interrogatorio se explica por el hecho de que Katharina Blum controlaba con sorprendente aplomo cada frase transcrita, y exigía que se la leyeran tal como iba a figurar en el atestado. Por ejemplo, las impertinencias a las que se aludía en la última parte de la declaración constaban como «caricias»: «los caballeros se permitían caricias». Contra esta versión se defendía Katharina Blum de la manera más enérgica. Ella y sus interrogadores se enzarzaron en una verdadera controversia. Frente a Beizmenne, Katharina sostenía la opinión de que una caricia implica consentimiento, mientras que una impertinencia es siempre un acto unilateral, y de esto último se había tratado en todos los casos. Cuando los caballeros opinaron que este detalle carecía de importancia y que Katharina tendría la culpa si el interrogatorio duraba más de lo corriente, ella dijo que no firmaría ninguna declaración en la que figurase la palabra «caricia» en lugar de «impertinencia». La distinción entre uno y otro concepto la consideraba en extremo importante y hasta decisiva, pues uno de los motivos que la indujeron a separarse de su marido estaba relacionado con la circunstancia de que él nunca se había mostrado cariñoso, y siempre, en cambio, impertinente.

Controversias parecidas ocasionó la palabra «bondadoso» aplicada al matrimonio Blorna. En el atestado se leía «amable», pero la Blum insistía en el adjetivo bondadoso, y cuando le sugirieron la palabra gentil, la interrogada se ofendió y aseguró que la amabilidad y la gentileza nada tenían que ver con la bondad, y que esta última caracterizó siempre la actitud de los Blorna hacia su persona.

 

19

Mientras tanto, se había interrogado a los vecinos de la casa, la mayor parte de los cuales poco o nada sabía de Katharina Blum. La encontraban ocasionalmente en el ascensor, la saludaban y sabían que era suyo el Volkswagen rojo. Unos creían que era secretaria de dirección, y otros, encargada de unos grandes almacenes. La consideraban aseada y amable, aunque algo reservada. De los inquilinos de los cinco apartamentos del octavo piso, donde se encontraba el de Katharina, sólo dos sabían dar más detalles: la dueña de un salón de peluquería, la señora Schmill; y un funcionario retirado de la compañía de electricidad, llamado Ruhwiedel. Resultaba desconcertante la afirmación común a ambas declaraciones de que, a veces, Katharina recibía o acompañaba a visitantes masculinos. La señora Schmill aseguraba que una visita se había presentado con regularidad cada dos o tres semanas: se trataba de un caballero de unos cuarenta años, de aspecto muy ágil, «evidentemente de la buena sociedad». En cambio, el señor Ruhwiedel calificó al visitante como un tipo alto y bastante joven, que, unas veces solo y otras en compañía de la señorita Blum, entraba en el piso de ella. Todo esto, en el transcurso de los últimos dos años, unas ocho o nueve veces.

—Al menos, es lo que yo he observado. Naturalmente, no puedo decir nada de las visitas que me han pasado inadvertidas.

Cuando, a última hora de la tarde, leyeron a Katharina estas declaraciones y le pidieron su opinión, fue Hach quien, antes de formular la pregunta, intentó ayudarle y le insinuó si aquellos visitantes masculinos eran los mismos caballeros que, a veces, la habían acompañado a su casa. Katharina, muy ruborizada a causa de la vergüenza y la indignación, replicó en tono molesto que no estaba prohibido recibir visitas de caballeros. Ella no quiso aceptar la ayuda que él le había ofrecido por amabilidad, o tal vez ni captó el gesto. Así, pues, también el tono de Hach reflejó enfado cuando recordó que se estaba investigando un caso muy serio: el caso Ludwig Götten, que, ciertamente, era muy amplio y ocupaba a la policía y al fiscal desde más de un año antes. Hach preguntaba si aquellas visitas, que ella no negaba, correspondían al mismo caballero. En aquel momento, Beizmenne atacó brutalmente:

—O sea, que usted conoce a Götten hace ya más de dos años.

Con esto desconcertó a Katharina de tal modo, que ella no encontró respuesta, y se limitó a mirar a Beizmenne negando con la cabeza. Por último, dijo con voz sorprendentemente suave:

—Pues no, no; le vi ayer por vez primera.

El tono era poco convincente. Cuando le pidieron que identificara las visitas masculinas, agitó la cabeza «casi horrorizada» y se negó a declarar sobre ese extremo. Entonces Beizmenne volvió a su tono paternal y trató de convencerla, argumentando que no era nada malo tener un amigo, que —aquí cometió un decisivo error psicológico— él mismo no se había mostrado impertinente con ella, sino, antes bien, considerado. Al fin y al cabo, estaba divorciada y nada la obligaba ya a la fidelidad. Ni siquiera se le podría reprochar —¡nuevo error decisivo!— que de estas relaciones hubiera obtenido ciertas ventajas materiales. Y con esto logró la obstinación definitiva de Katharina Blum, quien se negó a declarar más e insistió en volver a una celda o a su casa. Ante la sorpresa de todos los presentes, Beizmenne decidió, con voz suave y fatigada —ya eran las 20.45—, que un funcionario la acompañaría a su domicilio. Pero entonces, cuando ella ya se había levantado y recogía el neceser monedero y la bolsa de plástico, le preguntó de repente y en tono muy severo:

—¿Cómo salió de la casa anoche su querido Ludwig? Todas las entradas y salidas estaban vigiladas. Usted, usted debe de conocer alguna otra salida, y sin duda se la enseñó. Ya lo averiguaré. Hasta la vista.

 

20

Moeding, el ayudante de Beizmenne, que condujo a Katharina a su casa, explicó más tarde que el estado de la joven le inquietaba mucho y que temía que fuera capaz de atentar contra su propia vida, pues se hallaba totalmente deshecha. Le sorprendió que, en semejante estado, hubiese sido capaz de ejercitar su sentido del humor. Mientras recorrían la ciudad, Moeding gastó una broma a Katharina preguntándole si le parecía una buena idea ir a tomar una copa y a bailar en alguna parte. Ella afirmó con la cabeza y opinó que no sería mala idea y que tal vez resultaría divertido. Más tarde, delante de su casa, cuando le había ofrecido acompañarla hasta la puerta de su piso, ella le respondió irónicamente:

—No, será mejor que no; ya tengo bastantes visitas de caballeros, como usted sabe. De todos modos, muchas gracias.

Moeding empleó media noche en convencer a Beizmenne de que se debía detener a Katharina Blum para su protección, y cuando Beizmenne le preguntó si estaba enamorado contestó que no; que, simplemente, le era simpática, tenían la misma edad y él no aceptaba la teoría de Beizmenne de una gran conjuración en la cual estuviera complicada Katharina.

Lo que no explicó, pero, a pesar de todo, llegó a conocimiento de Blorna a través de la señora Woltersheim, eran los dos consejos que el policía dio a Katharina, a la que acompañó a través del vestíbulo hasta el ascensor; unos consejos bastante delicados, que le hubieran podido costar un disgusto y que, además, representaban un grave peligro para él y sus colegas. Le dijo a Katharina, en efecto, cuando se encontraban delante del ascensor:

—No toque el teléfono y mañana no abra el periódico —no aclaró si se refería al PERIÓDICO o a los periódicos en general.

 

21

Eran las 15.30 del mismo día (jueves, 21 de febrero de 1974) cuando Blorna, en el pueblo donde pasaba las vacaciones, se puso por vez primera aquel año sus esquís, con la idea de emprender una larga excursión. Desde aquel momento, sus vacaciones, que tanto había esperado, quedaron estropeadas. Había sido bonito el paseo de dos horas de la noche anterior, poco después de su llegada, en compañía de True. Anduvieron por la nieve, y luego tomaron una botella de vino junto a la chimenea encendida. Por último, durmieron profundamente con las ventanas abiertas. El primer desayuno de las vacaciones fue prolongado y tranquilo. A continuación, Blorna pasó un par de horas envuelto en mantas, en el sillón de la terraza. En el preciso momento en que pensaba salir, apareció aquel tipo del PERIÓDICO y, sin más preámbulos, le empezó a hablar de Katharina.

—¿La cree capaz de cometer un crimen?

—¿Por qué? Yo soy abogado y sé la clase de gente que es capaz de cometer un crimen. ¿Qué tipo de crimen, además? ¿Katharina? ¡Imposible! ¿Cómo se le puede ocurrir? ¿Qué sabe usted?

Cuando, finalmente, se enteró de que un bandido buscado desde hacía tiempo pernoctó en el piso de Katharina, y que ella se encontraba desde las 11.00 en prisión preventiva, se dispuso a regresar de inmediato a la ciudad para tratar de ayudar a su empleada, pero el tipo del PERIÓDICO —¿tenía realmente un aspecto tan puerco o se lo imaginó luego?— aseguró que la situación no era tan grave, y le pidió detalles sobre el carácter de Katharina. Cuando el abogado se negó a responder, el tipo opinó que aquello era una mala señal, y que podría interpretarse negativamente. En efecto, no hablar de su carácter sería en aquel caso, y se trataba de una front-page-story, un indicio inequívoco de mal carácter. A esto último replicó Blorna muy furioso e irritado:

—Katharina es una persona muy inteligente y reservada.

Le molestaba que este juicio tampoco fuera acertado y no expresara ni remotamente lo que él quería decir y debía haber dicho. Nunca trató con los periódicos y menos con el PERIÓDICO, y cuando el visitante se hubo marchado en su Porsche, Blorna se quitó los esquís y comprendió que sus vacaciones habían concluido. Subió a la terraza, donde Trude, medio dormida, tomaba el sol envuelta en mantas, y le explicó lo que sucedía.

—Intenta hablar con ella por teléfono —sugirió Trude.

En efecto, lo intentó tres, cuatro, cinco veces, pero siempre recibía la misma respuesta: «El abonado no contesta». Hacia las once de la noche insistió de nuevo, pero tampoco tuvo suerte. Bebió mucho y durmió mal.

 

22

Cuando el viernes por la mañana, a las nueve y media, se presentó malhumorado para el desayuno, Trude ya le ofreció el PERIÓDICO. Katharina en primera página. Una foto de tamaño exagerado y letras de tamaño no menos exagerado: KATHARINA BLUM, LA AMANTE DEL BANDIDO, SE NIEGA A DECLARAR SOBRE SUS VISITANTES MASCULINOS. El bandido y asesino Ludwig Götten, buscado desde hace año y medio, hubiera podido ser detenido ayer si su amante, la empleada de hogar Katharina Blum, no hubiera borrado sus huellas y cubierto su fuga. La policía supone que la Blum está complicada hace tiempo en la conspiración. (Sigue en la última página bajo el título: VISITAS DE CABALLEROS).

En la última página leyó Blorna que el PERIÓDICO había convertido su opinión de que Katharina era inteligente y reservada, en que era «fría y calculadora», y que su comentario sobre la criminalidad en general lo había interpretado como que ella «era, desde luego, capaz de cometer un crimen».

El cura de Gemmelsbroich declara: «De ella lo creo todo. Su padre fue un criptocomunista, y su madre, a quien empleé por misericordia durante un tiempo como asistenta, robaba el vino de celebrar y se entregaba, en la sacristía, a orgías con sus amantes».

La Blum recibía desde hace dos años, con regularidad, visitas de caballeros. ¿Fue su piso un centro de conspiración, un punto de reunión de bandidos o un depósito de armas? ¿Cómo puede tener una muchacha que sólo cuenta veintisiete años un piso de propiedad por un valor aproximado de 110 000 marcos?

¿Participaba en los botines de los atracos de bancos? La policía sigue investigando. El fiscal trabaja a pleno rendimiento. Mañana facilitaremos más información. ¡EL PERIÓDICO, COMO SIEMPRE, NO PIERDE EL HILO! Todas las informaciones sobre el fondo de la historia en nuestro número de fin de semana, que se publica mañana.

Por la tarde, en el aeropuerto, Blorna reconstruyó en poco tiempo lo que había ocurrido. A las 10.25 llamó Lüding muy excitado, y suplicó que regresara inmediatamente y se pusiera en contacto con Alois, que se hallaba no menos excitado. Alois, que según él mismo estaba deshecho —yo jamás le había visto en tal estado, por lo que ni siquiera lo imaginaba así—, se encontraba en aquellos momentos en un congreso para empresarios cristianos en Bad Bedelig, donde debía presentar el informe más importante y dirigir el debate de principios.

A las 10.40, llamada de Katharina, que me preguntó si realmente había dicho lo que ponía el PERIÓDICO. Yo estaba contento de poderle dar una explicación y ella dijo (si no recuerdo mal) aproximadamente lo que sigue:

—Lo creo, lo creo; ahora ya sé cómo trabajan estos cerdos. Esta mañana hasta han molestado a mi madre, que está muy enferma, a Brettloh y a otras personas.

Cuando le pregunté dónde estaba, me respondió:

—En casa de Else, y ahora he de acudir a otro interrogatorio.

A las 11.00, llamada de Alois, al cual, por primera vez en mi vida —y le conozco desde hace veinte años—, noté excitado e inquieto. Dijo que yo debía regresar en seguida para defenderle en un asunto muy delicado. Él debía redactar su informe en seguida, luego comer con los empresarios, más tarde dirigir el debate y, por la noche, participar en una reunión íntima. Sin embargo, entre siete y media y nueve y media podía estar en nuestra casa y más tarde acudir a la reunión.

A las 11.30, Trude también opinó que debíamos volver inmediatamente para socorrer a Katharina. Interpreto por su sonrisa irónica que ella tiene una explicación acertada (probablemente como siempre) para las dificultades de Alois.

A las 12.15 encargué los billetes, hice las maletas y pagué las facturas. Después de cuarenta horas exactas de vacaciones me dirigí en taxi hacia I. Allí, en el aeropuerto, esperamos desde las 13.00 hasta las 15.00 a causa de la niebla. Trude y yo sostuvimos una larga conversación sobre Katharina, por la cual siento mucho afecto; ya lo sabe Trude. También hablamos de cómo la habíamos animado a no mostrarse tan melindrosa, y a olvidar su infeliz infancia y su malogrado matrimonio; y cómo intentamos vencer su orgullo cuando se trataba de dinero y de facilitarle un crédito por nuestra propia cuenta en condiciones más ventajosas que el banco. Ni siquiera logré convencerla de que si nos abonaba un 9% en vez del 14% que percibía el banco por el crédito, nosotros no perdíamos nada y ella ahorraría mucho dinero. Le debemos mucho a Katharina: desde que ella, tranquila, amable y metódicamente lleva nuestra casa, no sólo nuestros gastos han disminuido de forma considerable, sino que nos sobra a los dos tanto tiempo para dedicarlo a nuestras profesiones, que eso no se puede pagar en dinero. Ella nos ha liberado del caos que durante cinco años pesó sobre nuestro matrimonio y nuestro trabajo.

A las 16.30 decidimos irnos en tren, ya que la niebla no parecía levantarse. Por consejo de Trude no llamé a Alois Sträubleder. Fuimos en taxi a la estación, donde todavía alcanzamos el tren de las 17.45 para Frankfurt. Un viaje desdichado con mareos y nervios. Incluso Trude se mostraba seria y excitada. Ella prevé grandes desgracias. Totalmente agotados, cambiamos de tren en Munich, donde logramos un coche cama. Ambos esperábamos tener preocupaciones a causa de Katharina, y disgustos con Lüding y Sträubleder.

 

23

El sábado por la mañana, en la estación de la ciudad, todavía alegre por las fechas en que nos encontrábamos, nosotros, deshechos y en un lamentable estado, ya en el andén, vimos expuesto el PERIÓDICO, que publicaba de nuevo la foto de Katharina en primera página, esta vez bajando las escaleras del juzgado en compañía de un funcionario de la policía criminal vestido de paisano. ¡LA AMANTE DEL ASESINO SE OBSTINA EN NO CONFESAR! ¡NINGÚN INDICIO SOBRE EL ESCONDITE DE GÖTTEN! LA POLICÍA EN ESTADO DE ALERTA.

Trude compró un ejemplar y se fueron silenciosamente en taxi hasta su casa. Cuando Blorna pagó al taxista, mientras Trude abría la portezuela, el chófer indicó el PERIÓDICO y dijo:

—Usted también sale; le he conocido en seguida. ¿No es usted el abogado y jefe de esa putilla?

Le dio una propina excesiva, y el chófer, cuya sonrisa no era tan maliciosa como el tono de su voz, subió la maleta, los bolsos y los esquís hasta el recibidor, y luego se despidió con amabilidad.

Trude ya había enchufado la cafetera y se lavaba en el cuarto de baño. El PERIÓDICO estaba en el salón, encima de la mesa, donde, además, se veían dos telegramas. Uno era de Lüding: «Estamos francamente defraudados por no lograr contacto. Lüding». El otro era de Straübleder: «No puedo comprender que me abandones de esta forma. Espero tu llamada inmediata. Alois».

Eran las ocho y quince minutos en punto, casi la misma hora en que normalmente les servía el desayuno Katharina. Resultaba agradable ver como arreglaba siempre la mesa, con flores y manteles y servilletas recién lavados, con diferentes clases de pan y miel, huevos y café, y, para Trude, tostadas y mermelada de naranja.

Incluso Trude se volvía casi sentimental cuando Katharina disponía el café, un poco de pan, miel y mantequilla.

—Nunca, nunca jamás volverá a ser como antes. Destrozarán a la chica. Si no lo hace la policía lo conseguirá el PERIÓDICO, y cuando el PERIÓDICO pierda el interés por ella, ya se encargará la gente de continuar. Por favor, lee primero esto y luego lo de los visitantes masculinos.

El doctor Blorna leyó:

El PERIÓDICO, siempre preocupado por informarles ampliamente, ha logrado reunir más declaraciones que arrojan luz sobre el carácter de la Blum y su turbio pasado. Los reporteros del PERIÓDICO han logrado localizar a la madre, que se encuentra gravemente enferma. Primero se quejó de que su hija hacía mucho tiempo que no iba a verla. Luego, enfrentada con la evidencia de los hechos, declaró: «Tenía que acabar así, tenía que acabar así». Aún con más prontitud, informó al PERIÓDICO el marido, el honrado obrero textil Wilhelm Brettloh, cuyo divorcio con la Blum fue fallado en contra de ésta declarándola culpable de abandono de hogar. «Ahora —dijo, esforzándose por ahogar las lágrimas— sé por fin qué razón la impulsó a marcharse, a dejarme solo.

»Fue ESTO, ahora me lo explico todo. No le bastaba nuestra modesta felicidad. ¡Ella quería llegar a más! Y ¿cómo logra un trabajador honrado tener un Porsche? Permítame (añadió prudentemente) sugerir a los lectores del PERIÓDICO mi consejo: en esto desembocan las ideas erróneas sobre el socialismo. Le pregunto a usted y a sus lectores: ¿cómo alcanza una criada semejante posición? Desde luego que no honradamente. Ahora sé por qué siempre temí su radicalismo, su aversión a la Iglesia, y bendigo la decisión de Nuestro Señor de no habernos dado hijos. ¡Sólo me faltaba enterarme de que prefiere las caricias de un asesino y atracador a mis sentimientos sencillos! A pesar de todo, me gustaría decirle: “Mi pequeña Katharina, ¡ojalá te hubieras quedado conmigo! En el transcurso de los años también nosotros hubiésemos llegado a tener una propiedad y un coche utilitario, aunque seguramente no te hubiera podido ofrecer nunca un Porsche; sólo una felicidad modesta, como la que puede ofrecer un trabajador honrado que desconfía de los sindicatos. ¡Ay, Katharina!”».

Bajo el título «Matrimonio de rentistas horrorizado, pero no sorprendido», encontró Blorna todavía en la última página un artículo con un recuadro en rojo: El director jubilado de instituto doctor Berthold Hiepertz y su señora, Erna Hiepertz, se mostraron horrorizados por las actividades de la Blum, pero no «demasiado sorprendidos». En Lemgo, donde una colaboradora del PERIÓDICO los encontró en el hogar de su hija casada, que dirige allí un sanatorio, el especialista en filología clásica e historiador Hiepertz, en cuya casa trabaja la Blum desde hace tres años, comentó: «Una extremista en todos los aspectos, que nos ha engañado con habilidad».

Hiepertz, con el cual Blorna habló más tarde por teléfono, juró haber dicho lo siguiente: «El único extremismo que atribuyo a Katharina consiste en que es en extremo altruista, metódica e inteligente. Mucho debería haberme equivocado con ella, y en mis cuarenta años de experiencia como pedagogo me he engañado pocas veces».

Al ex marido de la Blum, ahora totalmente destrozado, le localizó el PERIÓDICO en un ensayo del cuerpo de tamborileros y pífanos de Gemmelsbroich. Cuando supo la noticia, se apartó de sus compañeros para ocultar las lágrimas. También los demás socios del club, como lo expresó el anciano campesino Meffels, abominaron de Katharina, que siempre se mostró muy extraña y mojigata. Desde luego, se habrán malogrado las inofensivas alegrías de carnaval de un honrado trabajador.

Y, finalmente, una foto de Blorna y Trude en su jardín, al lado de la piscina, con el siguiente pie: «¿Qué papel desempeñaron la mujer que, en otro tiempo, fue conocida como Trude la Roja, y su marido, quien en ocasiones ha declarado ser de izquierdas? El bien remunerado jurisconsulto e industrial doctor Blorna, con su esposa Trude, junto a la piscina de su lujosa villa».

 

24

Aquí debemos volver atrás. Este recurso se llama en cinematografía y en literatura flashback. Retrocedamos desde la mañana del sábado, en que el matrimonio Blorna regresó agotado y bastante desesperado de sus vacaciones, hasta la mañana del viernes anterior, en que Katharina debió someterse a un nuevo interrogatorio en la jefatura de policía. Fueron en su busca la señora Pletzer y un funcionario mayor provisto de arma ligera. No acudieron a su piso, sino al de la señora Woltersheim, adonde había ido Katharina a las cinco de la madrugada, esta vez en su propio coche. La funcionaria no disimuló que sabía que iba a encontrar a Katharina en casa de la Woltersheim y no en la suya propia. (Para ser justos, convendría no olvidar los sacrificios y fatigas del matrimonio Blorna: interrupción de sus vacaciones, viaje en taxi hasta el aeropuerto de I, espera en medio de la niebla, nuevo viaje en taxi hasta la estación, tren para Frankfurt, con cambio en Munich y un viaje desagradable en coche cama. De madrugada, al llegar a casa, se produjo el descubrimiento del PERIÓDICO. Más tarde —demasiado tarde, naturalmente— se arrepintió Blorna de no haber llamado a Hach en vez de telefonear a Katharina. A través del tipo del PERIÓDICO sabía que ella ya había sido interrogada).

Los asistentes al segundo interrogatorio de Katharina, que se desarrolló el viernes, fueron de nuevo Moeding, la Pletzer, los fiscales doctores Korten y Hach, y la secretaria Anna Lockster, que se molestó por el afán de precisión de la Blum en las transcripciones, hasta el punto de calificarla de pedante. A todos les llamó la atención el brillante humor de Beizmenne, quien penetró en la sala frotándose las manos, trató a Katharina con mucha cortesía, se disculpó por «ciertas groserías» antes atribuibles a su persona que a su profesión, y se calificó a sí mismo como un tipo algo tosco. Luego, repasó la lista de objetos confiscados. Estos eran:

1. Una pequeña agenda verde, bastante gastada, que contenía exclusivamente números de teléfono. Una vez comprobados, no pusieron de manifiesto nada sospechoso. Estaba claro que Katharina utilizaba la agenda desde hacía más de diez años. Un grafólogo que se dedicó a buscar huellas escritas de Götten (el cual, entre otras cosas, era desertor de la Bundeswehr y había trabajado en una oficina, razón por la que se conservaban muchas muestras de su escritura), calificó el desarrollo de la letra de Katharina como ejemplar: la joven de dieciséis años que apuntó el número del carnicero Gerbers, la de diecisiete que anotó el teléfono del médico doctor Kluthen, la de veinte que servía al doctor Fehnern, y, más tarde, los números y direcciones de propietarios de restaurantes, de colegas, etc.

2. Estados de cuenta de la caja de ahorros, en los que todos los movimientos estaban exactamente identificados gracias a apuntes de la Blum al margen de cada hoja. Todas las imposiciones y reintegros eran correctos y ninguno resultaba sospechoso. Lo mismo se podía decir de la contabilidad y de las notas e informes que clasificaba en un pequeño archivador. Por los datos que en él constaban, pudo deducirse cuánto adeudaba Katharina a la firma Haftex, a la cual había comprado su piso de propiedad en «Viva elegantemente junto al río». También las declaraciones de renta, la notificación de impuestos y los recibos fueron examinados a fondo por un inspector de cuentas, que no encontró ningún fraude importante. Beizmenne consideraba del mayor interés el examen de sus transacciones financieras, sobre todo en el lapso de los dos últimos años, que llamaba en broma «el período de las visitas de los caballeros». Nada. Se averiguó, de todos modos, que Katharina enviaba a su madre mensualmente 150 marcos, y que se encargaba del cuidado de la tumba de su padre a través de una suscripción concertada con la casa Kolter, de Kuir. Se examinaron las facturas de compra de sus muebles y enseres domésticos, vestidos y ropa interior, y los comprobantes de adquisición de gasolina, y en ninguna parte se descubrieron irregularidades. El perito contable, al devolver los documentos a Beizmenne, manifestó:

—Oye, cuando la dejen libre, tal vez busque una colocación. ¡Avísame! Una persona así es de las que siempre se buscan y nunca se encuentran.

Tampoco de las facturas del teléfono pudo deducirse nada sospechoso. Evidentemente, apenas había celebrado; conferencias.

También se averiguó que Katharina Blum, de vez en cuando, envió pequeñas sumas, entre 15 y 30 marcos, a su hermano Kurt, que, en aquellos momentos, cumplía una condena por robo con fractura. La Blum no pagaba contribución parroquial. De sus documentos se desprendía que se había separado de la Iglesia católica en el año 1966.

3. Otra pequeña agenda con apuntes, especialmente cuentas, contenía cuatro columnas: una para la casa de los Blorna con sumas y liquidaciones de compras de alimentos, gastos de limpieza, tintorería y lavandería. Se supo que Katharina planchaba la ropa personalmente.

La segunda columna correspondía a la casa de los Hipertz, y reflejaba los datos y cálculos correspondientes.

En otra columna, la Blum llevaba la contabilidad de su propia casa. Estaba claro que la adquisición del piso la realizó con escasos medios. Algunos meses gastó en alimentación apenas 30-50 marcos. No tenía televisión, y al parecer iba con frecuencia al cine, y a veces se compraba chocolate o bombones.

La cuarta columna comprendía entradas y salidas relacionadas con los trabajos extras de la Blum, adquisición y limpieza del vestuario profesional, y parte de los gastos ocasionados por el Volkswagen. En este último capítulo intervino Beizmenne con una amabilidad que sorprendió a todos: preguntó a Katharina a qué se debían los gastos de gasolina, relativamente elevados. Además, el cuentakilómetros del vehículo registraba una cifra muy alta. Se determinó que la distancia hasta la casa de los Blorna era de seis kilómetros entre ida y vuelta; el recorrido hasta el domicilio de los Hipertz, de ocho kilómetros ida y vuelta; y hasta donde vivía la señora Woltersheim, unos cuatro kilómetros. Si se calculaba generosamente un trabajo extra por semana y se añadían veinte kilómetros, cifra no menos exagerada, que, repartida entre los días de la semana, sumaba tres kilómetros diarios, el resultado eran unos veintiuno o veintidós kilómetros por jornada. Y eso habida cuenta que no visitaba a la Woltersheim cada día. Lo cual significaba un total próximo a los 8000 kilómetros anuales. Katharina Blum adquirió su Volkswagen al cocinero Klormer seis años antes, cuando el vehículo llevaba ya recorridos 56 000 kilómetros, según constaba en el documento de cesión. Si se multiplicaban los seis años por 8000, el cuentakilómetros debería señalar 104 000 o 105 000, pero, en realidad, indicaba casi 165 000. De vez en cuando, Katharina visitaba a su madre en Gemmelsbroich primero y, más tarde, en el sanatorio de Kuir-Hochsackel, y en ocasiones también a su hermano en la cárcel. Pero la distancia hasta Gemmelsbroich y Kuir-Hochsackel era, aproximadamente, de cincuenta kilómetros, y hasta la cárcel, de unos sesenta. Si se calculaban dos visitas al mes como mucho —teniendo en cuenta que el hermano se encontraba sólo hacía año y medio en la cárcel, y antes vivía en casa de su madre, en Gemmelsbroich—, la suma arrojaría otros 7000-8000 kilómetros en seis años. Quedaban, pues, 45 000-50 000 kilómetros sin explicación. Beizmenne no quería incurrir de nuevo en groserías, pero era preciso que Katharina comprendiera la intención de su pregunta:

—¿Se ha reunido alguna vez con una o varias personas? ¿Y dónde?

Fascinados y horrorizados, Katharina y los demás presentes escucharon la relación de los cálculos de Beizmenne, que leyó con voz suave. Mientras Beizmenne citaba cifras, la interrogada ni siquiera experimentaba disgusto; tan sólo se sentía intrigada, asustada y fascinada, porque al tiempo que oía hablar, no buscaba una explicación a los 50 000 kilómetros, sino que intentaba, recordar dónde, en qué circunstancias y por qué había viajado. Cuando se sentó para ser interrogada, pareció sorprendentemente suave e incluso temerosa, y aceptó el té sin insistir en pagarlo. Ahora, una vez Beizmenne hubo terminado con sus preguntas y cálculos, reinaba, según varios testimonios —los de casi todos los presentes— un silencio mortal, como si se presintiera que alguien, basándose en una conclusión que fácilmente se hubiera podido pasar por alto de no haber mediado los gastos de gasolina, había logrado penetrar en un secreto íntimo de la Blum, cuya vida, hasta aquel momento, pareció tan clara.

—Sí —admitió Katharina Blum, y desde aquel momento levantaron acta de su declaración, que quedó archivada—; eso es cierto. Representan, según un cálculo aproximado que he hecho, casi veinticinco kilómetros diarios. Nunca lo he pensado ni tampoco he reparado en el gasto. A veces, me sentaba al volante y corría sin rumbo fijo; quiero decir, que yo viajaba en cualquier dirección sin haber previsto nada: al sur, hacia Coblenza, o al oeste, hacia Aquisgrán o el Bajo Rin. No todos los días; me resulta imposible precisar cuántas veces y con qué intervalos. Por regla general, cuando llovía, después de terminar el trabajo y cuando me sentía sola. No, rectifico mi declaración: única y exclusivamente cuando llovía. No sé bien por qué. A veces, cuando no me correspondía acudir a casa de los Hiepertz y no tenía ningún trabajo especial, a las cinco ya estaba en casa sin nada que hacer. No siempre me apetecía ir a ver a Else, sobre todo desde que ella mantiene amistad con Konrad, e ir al cine tiene sus riesgos para una mujer sola. En ocasiones, me he sentado en una iglesia, no por motivos religiosos, sino porque allí hay tranquilidad, pero, en los últimos tiempos, también en las iglesias se meten con una, y no solamente los seglares. Desde luego, cuento con algunos amigos: por ejemplo, Werner Klormer, a quien compré el Volkswagen, y su señora, y también otros empleados de la empresa Kloft, pero es bastante difícil, y por lo general penoso, presentarse en casa de esas personas así, por las buenas. De modo que yo prefería sentarme al volante, poner la radio y el motor en marcha y correr siempre bajo la lluvia, y preferentemente por carreteras arboladas. A veces, me llegaba hasta Holanda o Bélgica, bebía un café o una cerveza y luego regresaba. Sí. Ahora que usted me pregunta lo veo claro. Si debo precisar cuántas veces, yo diría que dos o tres al mes; a veces más o acaso menos. Las salidas duraban horas. Por último, yo regresaba a casa cansadísima, alrededor de las nueve o las diez, e incluso cerca de las once. Es posible que la causa de mi conducta fuera el miedo; ¡conozco a tantas mujeres solteras que se emborrachan cada noche solas ante el televisor!

La benévola sonrisa con la cual Beizmenne tomó nota de esta explicación, sin hacer ningún comentario, no permitía juzgar sus pensamientos. Se limitó a afirmar con la cabeza, y si se frotó de nuevo las manos, probablemente era sólo porque la declaración de Katharina Blum le había confirmado una de sus teorías. Durante un momento se hizo un silencio, como si los presentes estuvieran sorprendidos o bajo los efectos de una penosa impresión; al parecer, por vez primera la Blum había revelado algo de su esfera íntima. Los comentarios sobre los demás objetos que habían sido confiscados ocuparon poco tiempo.

4. Un álbum fotográfico contenía exclusivamente fotos de personas fáciles de identificar. El padre de Katharina Blum, de aspecto enfermizo y amargado, y mucho mayor de lo que pudo haber sido. La madre, de quien se supo que padecía cáncer y se estaba muriendo. El hermano. Ella misma, Katharina, a los cuatro y a los seis años, el día de su primera comunión, a los diez años, y de recién casada, a los veinte. También aparecían el marido, el cura de Gemmelsbroich, vecinos y familiares. Figuraban varias fotos de Else Woltersheim y de un caballero mayor de aspecto vivaracho, identificado más tarde como el doctor Fehnern, el agente financiero que había sido condenado. No había fotos de ninguna persona susceptible de ser relacionada con las teorías de Beizmenne.

5. Un pasaporte a nombre de Katharina Blum de Brettloh. En relación con dicho documento, se habló de viajes, y resultó que Katharina nunca había hecho un «verdadero viaje» y que, aparte de algunos días en que estuvo enferma, siempre había trabajado. En casa de Fehnern y los Blorna le pagaron las vacaciones, pero ella siguió trabajando o aceptó empleos eventuales.

6. Una vieja caja de bombones. Su contenido: algunas cartas, apenas una docena, de su madre, su hermano, su marido y la señora Woltersheim. Ninguna ofrecía indicios relativos a la sospecha que pesaba sobre Katharina. Además, en la caja de bombones aún se conservaban algunas fotos sueltas de su padre vestido de cabo del ejército alemán, de su marido luciendo el uniforme del cuerpo de tamborileros, unas hojas de calendario con proverbios, una colección bastante extensa de recetas de cocina escritas a mano, y un librito titulado El jerez en las salsas.

7. Un archivador con certificados, diplomas, documentos, las actas completas de su divorcio y la escritura de su piso de propiedad.

8. Tres manojos de llaves que, mientras tanto, ya habían sido examinados. Se trataba de llaves de puertas y armarios de su piso y de las viviendas de los Blorna y los Hiepertz.

Se llegó a la conclusión, y así figuraría en el sumario, de que entre los objetos citados no se había encontrado nada sospechoso. La explicación de Katharina Blum sobre su gasto de gasolina y los kilómetros recorridos se aceptó sin objeciones.

En aquel momento, Beizmenne sacó un anillo de rubíes adornado con brillantes, que, evidentemente, había guardado aparte. Antes de mostrárselo a Katharina, lo abrillantó frotándolo en la manga de su chaqueta.

—¿Conoce usted este anillo?

—Sí —admitió la interrogada sin la menor vacilación ni timidez.

—¿Le pertenece?

—Sí.

—¿Conoce usted su valor?

—No exactamente. No puede ser mucho.

—Bueno —dijo Beizmenne en tono amable—… lo hemos hecho tasar y, como medida de precaución, no sólo por nuestro perito aquí presente, sino, además, para no cometer ninguna injusticia, por un joyero de la ciudad. Este anillo tiene un valor de ocho mil o diez mil marcos. ¿No lo sabía usted? Estoy dispuesto a creerla, pero debería usted explicarme su procedencia. En relación con ciertas pesquisas sobre un criminal convicto de robo a mano armada y sospechoso de asesinato, este anillo no es una insignificancia ni tampoco algo privado e íntimo como, por ejemplo, centenares de kilómetros y horas de viaje en coche bajo la lluvia. ¿De quién procede, entonces, este anillo? ¿De Götten o de alguno de los caballeros que la visitan? ¿O tal vez Götten y el caballero son una misma persona? ¿A dónde iba usted bajo la lluvia y recorriendo miles de kilómetros? A nosotros nos será fácil determinar de qué joyero procede el anillo, y si ha sido comprado o robado, pero le quisiera dar a usted una oportunidad, ya que no la considero en este momento una criminal, sino, simplemente, una ingenua y una romántica. Usted tiene fama de melindrosa, casi de mojigata, hasta el punto de que sus amigos la llaman «la Monja»; evita usted las discotecas porque en ellas hay demasiado tumulto, se divorcia porque su marido se ha vuelto «impertinente»… Usted manifiesta no haber conocido a ese Götten hasta anteayer, y que el mismo día —en seguida, como quien dice— se lo lleva a su casa y allí, muy rápidamente, llega, digamos, a intimar con él. ¿Cómo llama usted a esto? ¿Flechazo? ¿Enamoramiento? ¿Cariño? ¿Se resiste usted a admitir que ciertas incongruencias es lógico que despierten sospechas? Y algo más. —Sacó del bolsillo de su americana un sobre blanco de tamaño grande, del cual extrajo otro sobre de tamaño normal, de un violeta bastante extravagante, forrado de color arena—. En este sobre vacío, que hemos encontrado junto al anillo en el cajón de su mesita de noche, figura el matasellos de fecha 21 de febrero de 1974 a las 18.00, corresponde al coche correo de Dusseldorf, y está dirigido a usted. ¡Dios mío! —exclamó al fin Beizmenne—. ¡Si usted ha tenido un amigo que la ha visitado de vez en cuando y al que ha visitado usted a veces; que le escribió cartas y que, a veces, le hacía algún regalo, díganoslo, que eso no es un crimen! Solamente la compromete a usted una relación con Götten.

Todos los presentes estaban seguros de que Katharina no ignoraba el valor del anillo y que aquí se replanteaba el delicado tema de las visitas de caballeros. ¿Se avergonzaba ella sólo porque veía peligrar su fama, o consideraba que otra persona corría un riesgo y no quería mezclarla en el asunto? Esta vez la interrogada se ruborizó sólo ligeramente. ¿No declaraba haber recibido el anillo de Götten porque sabía que hubiera resultado bastante inverosímil hacerle pasar por un caballero capaz de tales delicadezas? El tono de su voz era tranquilo, casi «manso», cuando declaró:

—Es cierto que en la fiesta privada de la señora Woltersheim bailé exclusivamente y en actitud amorosa con Ludwig Götten, a quien vi aquel día por vez primera en mi vida, y cuyo apellido no supe hasta el jueves durante el interrogatorio de la policía. Götten me inspiró una gran ternura. Alrededor de las diez salí de casa de la señora Woltersheim y fui con Ludwig Götten a mi piso.

»No puedo —o, mejor dicho, no quiero— dar una explicación sobre la procedencia de la joya. Puesto que no ha llegado a mis manos ilegalmente, no me siento obligada a explicar cómo la conseguí. Desconozco al remitente del sobre que me han presentado. Debe de tratarse de uno de esos envíos corrientes de propaganda. Soy bastante conocida en los círculos gastronómicos, pero no puedo explicar por qué se me envía publicidad sin remitente en un sobre bastante costoso y lujosamente forrado. Sólo quisiera que tuvieran en cuenta que a ciertas firmas gastronómicas les gusta parecer distinguidas.

Le preguntaron por qué precisamente aquel día, puesto que tanto le gustaba viajar en coche, como ella misma había reconocido, se dirigió en tranvía a casa de la señora Woltersheim. Respondió Katharina Blum que no sabía si iba a beber mucho o poco alcohol, y le había parecido más seguro no acudir en su coche. Al preguntarle si solía beber mucho o si a veces se emborrachaba, manifestó que no, que solía beber poco y que nunca se había emborrachado. Sólo una vez —y, por cierto, en presencia y por iniciativa de su marido en una fiesta del cuerpo de tamborileros— la habían emborrachado con un licor de anís que sabía a limonada. Más tarde, le explicaron que esta bebida, bastante cara, era un medio casi seguro para emborrachar a la gente. Cuando le dijeron que su explicación —que temía la eventualidad de beber demasiado— no era admisible ya que no acostumbraba a cometer abusos en este sentido, y cuando le preguntaron si no comprendía que parecía estar citada con Götten, y que le constaba de antemano que no iba a necesitar su coche porque él la acompañaría en el suyo, Katharina negó con la cabeza y manifestó que todo había ocurrido tal como acababa de explicarlo. Que por su estado de ánimo, cabía la posibilidad de que bebiera más de la cuenta, pero que luego no lo hizo así.

Era preciso aclarar otro punto antes de la pausa del mediodía: ¿por qué no tenía un talonario de cheques de banco o caja de ahorros? ¿Existía o no alguna cuenta a nombre de Katharina Blum? La interesada explicó que no tenía más cuentas bancarias que su libreta de ahorros. Destinaba todo el dinero de que podía disponer a abonar su crédito, cuyos intereses ascendían a casi el doble de los intereses que le proporcionaban los ahorros. La libreta a la vista, por lo demás, en la práctica no devengaba intereses. Los talones le resultaban demasiado engorrosos. Atendía los gastos corrientes que le ocasionaban la casa y el coche pagándolos en metálico.

 

25

Ciertos estancamientos —léase tensiones— son inevitables porque no se pueden desviar los caudales de todas las fuentes a la vez para dejar cuanto antes el terreno seco. Queremos evitar, sin embargo, las tensiones innecesarias, y nos proponemos explicar por qué, aquel viernes por la mañana, las maneras de Beizmenne y de Katharina revelaban tanta suavidad, blandura o, incluso, mansedumbre. Katharina llegó a mostrarse temerosa y tímida. El PERIÓDICO, que una amable vecina había deslizado por debajo de la puerta de la señora Woltersheim, provocó en esta última y en su ahijada sentimientos de ira, disgusto, indignación, vergüenza y miedo. Pero la conversación telefónica con Blorna las tranquilizó. Poco después de que las dos mujeres, horrorizadas, repasaran el PERIÓDICO y Katharina hubiera hablado con Blorna, se presentó la señora Pletzer, la cual reconoció que, naturalmente, se vigilaba el piso de Katharina, y por eso sabía que ella se encontraba allí y se disponía a interrogar a la señora Woltersheim, lo que la señora Pletzer lamentaba. Gracias a la intervención abierta y gentil de la señora Pletzer, el susto por lo del PERIÓDICO se mitigó de momento, y para Katharina volvió a ocupar el lugar principal un episodio que, la noche anterior, la hizo feliz. ¡Ludwig la había llamado! Se mostró tan cariñoso, que no le contó nada del disgusto para que no tuviera la impresión de ser causa de algún contratiempo. Tampoco hablaron del amor. Esto ya se lo prohibió expresamente Katharina cuando se dirigían en el coche de Ludwig al piso de ella. No, no, se encontraba bien; naturalmente, preferiría estar con él siempre o, por lo menos, una larga temporada, pero mejor sería eternamente. Descansaría durante las fiestas de carnaval y nunca jamás bailaría con otro hombre que no fuera él, y nunca con otra música más que con aquella sudamericana. Katharina quería saber cómo se encontraba él. Estaba bien instalado y muy bien cuidado, y ya que ella le había prohibido hablar de amor, deseaba decirle que sentía mucho cariño por ella y que, algún día —aún no sabía cuándo; podrían ser meses pero también un año o dos—, iría en su busca para llevarla consigo, si bien aún ignoraba a dónde. Habían hablado, pues, como dos personas a las que les une un gran cariño. No se refirieron a cuestiones íntimas, y menos a aquel proceso que Beizmenne (o, lo que cada vez parece más probable, Hach) había definido de forma tan grosera. Hablaron durante bastante tiempo; unos diez minutos. Tal vez más, precisó Katharina a Else. Acaso en lo que se refiere al vocabulario concreto de los dos enamorados podamos remitirnos a las películas modernas en las que se dicen cosas aparentemente insignificantes por teléfono, a veces en conferencia.

Esta conversación telefónica entre Katharina y Ludwig fue uno de los motivos del relajamiento, la amabilidad y la benevolencia de Beizmenne. A pesar de que imaginaba por qué Katharina había desistido de su obstinación, ella, naturalmente, no podía suponer que su interrogador se mostraba tan contento por la misma causa, aunque no en idéntico sentido. (El ejemplo de este curioso y memorable proceso debería inducirnos a telefonear más a menudo, aunque sin susurros cariñosos, pues nunca se sabe a quién se da una alegría con ello). Pero Beizmenne también conocía la causa de la inquietud de Katharina, ya que estaba enterado de otra llamada anónima.

Se ruega abstenerse de examinar, en busca de fuentes, los informes confidenciales que contiene este capítulo. Se trata de una simple perforación en el dique de un charco secundario, cuyo muro de contención, construido por un aficionado, permite la salida y el flujo antes de que se derrumbe el débil muro en cuestión, y se aflojen todas las tensiones.

 

26

Para evitar equívocos, es preciso determinar que tanto Else Woltersheim como Blorna sabían, en realidad, que Katharina había incurrido en delito al ayudar a Götten a salir de su piso sin ser visto. Y si había facilitado su fuga, ella también debía de ser cómplice de ciertos actos criminales. Else Woltersheim se lo echó en cara poco antes de que la señora Pletzer fuera en su busca para acudir al interrogatorio. Blorna aprovechó la primera ocasión que se le presentó para advertir a Katharina sobre las consecuencias que podría acarrearle su conducta. Tampoco queremos ocultar a nadie lo que Katharina dijo a la señora Woltersheim acerca de Götten:

—¡Dios mío! Él ha sido, simplemente, el hombre que debía llegar, y con el que yo me hubiera casado y con quien hubiera tenido hijos… aunque hubiera tenido que esperar años hasta que saliera de la cárcel.

 

27

Con esto, el interrogatorio de Katharina Blum se podía dar por concluido. Sólo tenía que estar disponible para enfrentarse, llegado el caso, con las declaraciones de los demás asistentes al baile en casa de la señora Woltersheim. Por el momento, se quería aclarar un extremo muy importante en relación con las teorías de Beizmenne sobre citas y conspiraciones: ¿cómo había llegado Götten a la fiesta de la señora Woltersheim?

Se dejó a Katharina Blum libre para regresar a su casa o esperar en otro sitio si lo prefería, pero ella decidió no volver a su piso, argumentando que, definitivamente, ya no le gustaba; que creía mejor aguardar en una celda hasta después del interrogatorio de la señora Woltersheim, para acompañar a ésta a su casa y quedarse allí. En aquel momento, Katharina sacó los dos números del PERIÓDICO de su bolsillo y preguntó si el Estado —tal es el término que empleó— no podía hacer nada para protegerla contra semejante inmundicia y para devolverle su buen nombre.

Admitía que su interrogatorio estaba justificado, aunque no comprendía «por qué debía entrar en tantos detalles». Sin embargo, no acertaba a explicarse cómo algunos de esos detalles —por ejemplo, las visitas de caballeros— podían haber llegado a conocimiento del PERIÓDICO, y de dónde procedían aquellas declaraciones inventadas. En este punto intervino el fiscal Hach, quien manifestó que, naturalmente, a causa del enorme interés público del caso Götten, se había tenido que dar una explicación a los reporteros, aunque estaba aún por celebrarse una conferencia de prensa. Esta, por otra parte, sería ya difícil de evitar, dada la excitación y el temor que había causado la fuga de Götten, que Katharina facilitara. Por lo demás, ahora, en virtud de su vinculación a Götten, se había convertido en un «personaje de actualidad» y, con ello, en objeto de un justificado interés público. Los detalles ofensivos y posiblemente difamatorios de la información podría convertirlos ella en materia de demanda judicial si llegaba a demostrarse que se habían producido «filtraciones» en la investigación. Sus responsables podían tener la seguridad de que presentarían una denuncia contra quien procediera, y de que defenderían los derechos de Katharina. A continuación, internaron a ésta en una celda. Renunciaron a la vigilancia excesiva. Sólo la acompañaba una joven asistente de policía, Renate Zündach, sin armas, quien más tarde declaró que, durante todo el tiempo — aproximadamente dos horas y media—, Katharina Blum no había hecho otra cosa que leer repetidas veces los números del PERIÓDICO. Rechazó el té y los bocadillos, no de forma brusca, sino «casi en tono amable y apático». También rechazó todas las conversaciones sobre moda, cine, baile, etc., que Renate Zündach intentó iniciar. Entonces, para ayudar a la Blum, que se había enfrascado en la lectura del PERIÓDICO, la dejó por un momento al cuidado de su colega Hürteo, y fue a buscar en el archivo las informaciones de otros periódicos, que trataban de forma absolutamente objetiva las implicaciones del caso, el interrogatorio de la Blum y el posible papel de ésta en el asunto. Se trataba de noticias breves en la tercera o cuarta página, en las cuales ni siquiera figuraba el nombre de la Blum, a la que simplemente mencionaban como una tal Katharina B., empleada de hogar. Por ejemplo, el periódico Umschau se limitaba a consignar una información de diez líneas, desde luego sin foto, en la cual se leía que una persona probadamente íntegra se había visto complicada en el asunto, lo que resultaba lamentable. Todo esto —la celadora le había mostrado un total de quince recortes de periódicos— no la consoló en absoluto. Katharina tan sólo manifestó:

—¿Y quién lee esto? Todos mis conocidos leen el PERIÓDICO.

 

28

Para aclarar cómo había sido invitado Götten a la fiesta en casa de la señora Woltersheim, se interrogó, ante todo, a ésta, y desde el primer momento quedó claro que su postura frente a sus interrogadores era, si no expresamente hostil, desde luego más hostil que la de la propia Blum. Declaró haber nacido en 1930, o sea que tenía 44 años, era soltera, y de profesión, ama de llaves sin diploma.

Antes de declarar en el caso, expresó su protesta, con «voz firme y áspera, que prestaba más fuerza a su indignación y sonaba como si hubiese estado gritando o injuriando», por el tratamiento de que había hecho objeto a Katharina Blum el PERIÓDICO, y por la evidente circunstancia de que se proporcionaban detalles de los interrogatorios a cierta clase de prensa. Para ella estaba clara la necesidad de determinar el papel de Katharina en el asunto, pero se preguntaba si era justificable «destruir una vida joven», como estaba ocurriendo. Ella conocía a Katharina desde su nacimiento, y observaba ya ese proceso de destrucción, y también la alteración que desde el día anterior se había producido en la Blum. No era psicólogo, pero consideraba alarmante el hecho de que Katharina ya no se interesara por su piso, que había constituido toda su ilusión, y que tanto trabajo le costó conseguirlo.

Era difícil interrumpir la protesta de la Woltersheim; ni siquiera Beizmenne lo logró del todo. Cuando le reprochó haber recibido a Götten, ella adujo que ni siquiera se había enterado de su nombre: ni él se presentó ni nadie lo hizo en su lugar. Sólo podía precisar que aquel miércoles, a las 19.30, llegó en compañía de Hertha Scheumel y de la amiga de ésta, Claudia Sterm, que a su vez iba acompañada por un hombre disfrazado de jeque, de quien nada sabía salvo que se llamaba Karl, y que más tarde se comportó de una manera muy especial. No se podía hablar de una invitación a Götten, ya que antes nunca había oído su nombre, y ella estaba informada sobre la vida de Katharina hasta el último detalle. Cuando le presentaron la declaración de Katharina sobre sus «extraños viajes en coche» tuvo que reconocer su ignorancia acerca de ellos, con lo que su aserto de que conocía todos los detalles de la vida de Katharina recibió un golpe decisivo. Preguntada por las visitas de caballeros, se turbó y manifestó que si Katharina no había dicho nada, ella, por su parte, se negaba a hacer declaraciones sobre este punto. Lo único que podía decir era que se trataba de un «asunto de bastante mal gusto», y «si digo de mal gusto no me refiero a Katharina, sino al visitante». Si Katharina le autorizaba, explicaría cuanto sabía sobre el particular, pero consideraba imposible que la finalidad de los viajes de Katharina fuera reunirse con aquel señor que, por otra parte, existía. Sin embargo, ella vacilaba en dar más detalles sobre él porque no quería exponerle a semejante ridículo. El papel de Katharina en ambos casos —en el asunto Götten y en el de la visita masculina—estaba por encima de cualquier sospecha. Katharina siempre había sido una chica trabajadora, ordenada y un poco tímida o, mejor dicho, intimidada. En su niñez se mostraba incluso devota y fiel a la Iglesia. Pero, por entonces, a su madre, que cuidaba de la limpieza de la iglesia de Gemmelsbroich, se le habían podido comprobar irregularidades en repetidas ocasiones, y una vez incluso la sorprendieron bebiéndose una botella de vino de celebrar con el sacristán. Convirtieron aquel episodio en una «orgía» y un escándalo, y el cura trató mal a Katharina en el colegio. Sí, la señora Blum, madre de Katharina, se había mostrado muy inestable, y en determinadas épocas buscaba consuelo en el alcohol. Pero era preciso imaginar al marido enfermizo —el padre de Katharina—, quejándose a cada momento, pues había regresado de la guerra hecho un cadáver viviente, y al hermano —si puede considerársele tal—, un auténtico descastado. Era, en verdad, una situación como para amargar a cualquiera… La señora Woltersheim se refirió a continuación al fracaso matrimonial. Desde el principio, había aconsejado a Katharina que no se casara, pues Brettloh era —con perdón— el típico lameculos, que se portaba de un modo tan rastrero con las autoridades civiles como con las eclesiásticas; además, era un repugnante fanfarrón. Consideraba el prematuro matrimonio de Katharina como una fuga del terrible ambiente de su casa, y resultaba claro que en cuanto la muchacha se hubo liberado de dicho ambiente y del vínculo contraído de manera tan irreflexiva, su vida transcurrió del modo más ejemplar. Su capacidad profesional estaba por encima de toda duda: este extremo lo podía confirmar ella misma —la Woltersheim— no sólo verbalmente sino, en caso necesario, también por escrito, ya que pertenecía al tribunal de exámenes del gremio. Con la nueva tendencia a disponer un buffet frío en las fiestas privadas y públicas, aumentaban las posibilidades de una mujer como Katharina Blum, que en materia de organización, cálculo y estética, reunía las mejores condiciones. Pero si en aquel momento no se lograba una rectificación por parte del PERIÓDICO, Katharina perdería el interés por su profesión, como lo había perdido ya por su casa. En este punto de la declaración, también a la señora Woltersheim le hicieron saber que no era asunto de la policía o del fiscal «perseguir ciertas formas desde luego condenables del periodismo».

No se debía atentar contra la libertad de prensa, pero podía estar segura de que una denuncia privada se resolvería con justicia, y que se presentaría una acusación contra quien fuera responsable de obtener informaciones ilegales. Fue el joven fiscal doctor Korten quien pronunció aquí un discurso apasionado en defensa de la libertad de prensa y en favor de los secretos de la información, subrayando expresamente que quien no frecuentaba malas compañías tampoco daba a la prensa motivo para que tergiversara los hechos.

Todo el asunto —por ejemplo, la aparición de Götten y del ominoso Karl, disfrazado de jeque— permitía llegar a conclusiones acerca de cierta despreocupación en el trato social. Este punto no le parecía lo bastante claro, y esperaba encontrar unas explicaciones convincentes en el interrogatorio de las dos jóvenes que asistieron a la fiesta. A la señora Woltersheim no se le podía ahorrar el reproche de mostrarse poco delicada en la elección de invitados. La interesada protestó contra esta intromisión de un hombre considerablemente más joven que ella, recordó haber invitado a las dos muchachas para que acudieran a la fiesta en compañía de sus amigos, y manifestó que, desde luego, no tenía por costumbre pedir a los amigos de sus invitados el documento de identidad y el certificado de antecedentes penales. Recibió una reprimenda y le llamaron la atención sobre el hecho de que la edad no contaba para nada en aquel asunto, pero que, en cambio, sí desempeñaba un papel considerable la posición del fiscal doctor Korten. Al fin y al cabo, se estaba investigando un caso serio y grave, si no el caso más grave de violencia al que Götten estaba notoriamente vinculado. Ella debía dejar a la consideración del ministerio fiscal los detalles que importaban y las diligencias del caso. Preguntada de nuevo sobre si Götten y el visitante de Katharina podían ser una misma persona, la Woltersheim declaró que esta posibilidad se podía excluir del todo. Pero cuando inquirieron si conocía a dicho «visitante» personalmente, si lo había visto o encontrado alguna vez, se vio obligada a negarlo. Tampoco estaba enterada de un detalle íntimo tan importante como los extraños viajes en coche. Así pues, sus declaraciones fueron calificadas de no satisfactorias, y se la despidió provisionalmente «con una amonestación». Antes de abandonar la sala, la señora Woltersheim, a todas luces disgustada, declaró todavía que el tal Karl disfrazado de jeque le había parecido por lo menos tan sospechoso como Götten. Se pasó todo el tiempo hablando solo en el lavabo, y luego desapareció sin despedirse.

 

29

Habiéndose comprobado que la vendedora Hertha Scheumel, de diecisiete años, había llevado a Götten a la fiesta, se procedió a su interrogatorio. Estaba asustada; eso saltaba a la vista. Manifestó no haber tenido que ver nunca con la policía, y dio acto seguido una explicación bastante verosímil de sus relaciones con Götten:

—Vivo con mi amiga Claudia Sterm, que trabaja en una fábrica de chocolates, en un apartamento de una habitación, cocina y ducha —declaró—. Las dos somos de Kuir-Oftersbroich, y somos parientes lejanas de la señora Woltersheim y de Katharina Blum (a pesar de que la Scheumel quiso explicar su parentesco con más detalle, hablando de abuelos que habían sido primos y de primas de otros abuelos, se renunció a tales pormenores y se aceptó como satisfactoria la expresión «parientes lejanos»). Nosotros llamamos a la señora Woltersheim tía y consideramos a Katharina como prima. La tarde del miércoles, 20 de febrero de 1974, las dos, Claudia y yo, estábamos en apuros. Le habíamos prometido a tía Else llevar a nuestros amigos a su fiestecita, ya que faltaban parejas para bailar. Pero a mi amigo, que cumple su servicio militar en el cuerpo de exploradores de la Bundeswehr, le llamaron una vez más, repentinamente, para una patrulla. A pesar de que yo le aconsejé que no se presentara, no logré convencerle, porque ya se había despistado varias veces, y temía que le largaran un paquete. El amigo de Claudia estaba tan borracho a primeras horas de la mañana, que le tuvimos que llevar a la cama. Por eso decidimos ir al café Polkt, a ver si nos ligábamos allí a un par de tipos simpáticos, porque no queríamos quedar mal con tía Else. En el café Polkt siempre hay animación durante el carnaval. La gente se cita allí antes y después de las sesiones de baile, y una puede estar segura de encontrar a muchos jóvenes. El ambiente del café Polkt era muy agradable ya a primeras horas de aquella tarde. El joven de quien ahora sé que se llama Ludwig Götten, y que es un criminal buscado por la policía, me invitó a bailar, y durante el segundo baile le pregunté si le apetecía ir conmigo a una fiesta. Él aceptó en seguida. Dijo que acudiría muy gustoso, pues se encontraba de paso, no tenía alojamiento e ignoraba aún dónde iba a pasar la noche. En el momento en que me citaba con el tal Götten, Claudia bailaba a mi lado con un hombre disfrazado de jeque, y debieron de oír nuestra conversación, pues el jeque —más tarde supe que se llamaba Karl— preguntó a Claudia, dándoselas de tímido, pero al mismo tiempo haciéndose el gracioso, si en la fiesta había un sitio para él. También estaba solo y no sabía dónde ir. Así nos salimos con la nuestra, y poco después nos fuimos en el coche de Ludwig —quiero decir del señor Götten— a casa de mi tía Else. Se trataba de un Porsche, no muy cómodo para cuatro personas, pero el camino tampoco era largo. A la pregunta de si Katharina sabía que iríamos al café Polkt para pescar a alguien, contesto que sí. Por la mañana llamé a Katharina a casa del abogado Blorna, donde trabaja, y le conté que Claudia y yo tendríamos que acudir solas si no encontrábamos a alguien. También le informé de que iríamos al café Polkt. A ella no le gustaba la idea, y dijo que nosotras éramos demasiado confiadas e imprudentes. Katharina es muy especial para ciertas cosas. Así que me sorprendió que se «apropiara» casi en seguida de Götten y bailara durante toda la noche con él como si se conocieran desde siempre.

 

30

Claudia Sterm confirmó la declaración de su amiga Hertha Scheumel casi palabra por palabra. Tan sólo se contradijeron en un punto insignificante: Hertha bailó tres veces —no dos— con el jeque Karl, porque éste la había invitado antes que Götten. Y también Claudia Sterm se mostró sorprendida de que Katharina, que tenía fama de brusca, se hubiera confiado hasta el punto de intimar con Götten.

 

31

Aún se tuvo que interrogar a tres asistentes más a la fiesta: el comerciante textil Konrad Beiters, de 56 años, amigo de la señora Woltersheim, y el matrimonio Hedwig y Georg Plotten, de 36 y 42 años respectivamente, ambos administrativos. Los tres relataron los hechos de forma análoga desde la llegada de Katharina Blum, de Hertha Scheumel en compañía de Ludwig Götten, y de Claudia Sterm con el jeque Karl. En general, fue una fiesta agradable. Se bailó y se charló, y Karl resultó un tipo especialmente chistoso. Lo único molesto, por así decirlo, fue, según Georg Plotten, «el total acaparamiento de Katharina Blum por Ludwig Götten». Esta circunstancia confirió a la noche una atmósfera casi solemne, que no concordaba bien con una fiesta de carnaval. Después de que Katharina se hubo marchado con Ludwig, la señora Hedwig Plotten se fue a la cocina a buscar hielo, y le llamó la atención que el jeque Karl hablara a solas en el lavabo. Poco después, Karl había desaparecido sin despedirse.

 

32

Katharina Blum, a la que requirieron para un nuevo interrogatorio, confirmó la llamada telefónica de Hertha Scheumel, pero siguió negando haberse citado con Götten. No fue Beizmenne, sino el más joven de los dos fiscales, el doctor Korten, quien la invitó a reconocer que después de la llamada de Hertha Scheumel había telefoneado a Götten para enviarle al café Polkt, indicándole que se dirigiera a la Scheumel. Así podrían encontrarse en casa de la Woltersheim sin llamar la atención. El reconocimiento resultaba fácil, dado que la Scheumel era una rubia bastante llamativa. Mientras, Katharina Blum, casi indiferente, se limitó a negar con la cabeza, en tanto permanecía sentada estrechando entre sus manos los dos números del PERIÓDICO. Luego la despidieron, y ella abandonó la jefatura en compañía de la señora Woltersheim y del amigo de ésta, Konrad Beiters.

 

(Continuará…)

 

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