Miguel Rubio Artiaga

Las brisas serán vientos
y los vientos, huracanes,
mientras los volcanes
como inmensos
manantiales
rompen la capa de la tierra
escupiendo el fuego
suicida del mismo núcleo.
Los Hielos se harán agua
ríos furiosos los glaciares
y los antiguos acantilados
perderán su trabajo de murallas
bajo la rabia loca de los mares.
Desiertos como lagos
montes convertidos en islas
y al quedar libres las raíces
bosques milenarios flotantes.
El cielo perderá su tapiz azul
cambiado por uno negro
Luna de alquitrán por la noche
estrellas de negra pizarra
un mundo de horas oscuras
y temblores siniestros.
La llovizna se hará lluvia
y la lluvia tormenta
los rayos llamarán al fuego
entre un eco permanente
de uno al siguiente trueno.
Tamborada infernal
de ángeles con arpas macabras
y belcebús tamborileros.
Y nada será, ni estará,
un planeta cementerio
donde nadie soñará
no habrá bien ni mal
sólo estelas de esqueletos
sobre panteones
deslizantes de magma.
¿Qué será de los dioses,
cuando muera
el último humano?
No quedará nada.
