Hit Parade: ¨El cuervo y otros poemas¨ de Edgar Allan Poe

Fernando Veglia

 

El cuervo y otros poemas fue un regalo de Navidad. La persona que me lo obsequió me dijo: “Este libro te gustará. Poe es para ti”. Tan convencido lo afirmó que evité decirle, quizá para no machacarle la ilusión, que había leído otros libros del autor.

Leí la obra ávidamente, internándome, palabra a palabra, en ese universo de melancolía (“El día más feliz”), locura (“El cuervo”), amor (“Para Annie”), desesperación (“Al silencio”) y muerte (“Los espíritus de la muerte).

La primera lectura me dejó la sensación de haber estado amparado en las penumbras, en esa antigua disputa entre luz y oscuridad. Una segunda lectura, quizá más minuciosa o detallista, me colocó al borde de un precipicio; tuve ganas de cerrar las ventanas, temiendo que una diabólica melancolía acabase con mi razón.

Los poemas de Poe eran intensos, estaban cargados de profundos sentimientos. No pasaban inadvertidos a mi espíritu; podían arrastrarme al fondo de un oscuro abismo, mantenerme cautivo y liberarme, en el instante preciso, para que pudiese ascender a la superficie.

Perturbado, abandoné el libro en la biblioteca y, por algún indescifrable artilugio, no podía evitar escuchar su llamado, una especie de graznido moribundo. Supuse que estaba enloqueciendo y que debía hacer algo para impedirlo.

Inusualmente y sin que me lo solicitasen, presté la obra a un amigo, haciendo excelentes recomendaciones y suponiendo que eso bastaría para librarme del terrorífico y persistente sonido.

Olvidé el asunto hasta que, seis años después, necesité hacer esta reseña. Telefoneé a mi amigo y afirmó que no poseía el libro, que lo había prestado y no recordaba a quién. Añadió que los poemas le habían fascinado.

No lo podía creer; era claro que, cuando lo leí, había sido víctima de la sugestión. Maldije hasta cansarme, hasta caer derrotado en un sillón. Entonces, volví a escucharlo. Era el graznido, guiando mi vista al último estante de la biblioteca, al fino lomo de un libro usado. Era ese maldito y rítmico graznido, diciendo que nunca se había marchado y que nunca se marcharía. Retornaba a las penumbras, al borde del precipicio, al universo de Poe.

El cuervo y otros poemas (1845) Edgard Allan Poe, escritor estadounidense (1809-1849)

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