Dama del río

Miguel Rubio Artiaga

Dama del lago

En la orilla del río
tengo mi propia sillar de piedra,
el balcón donde mirar
mi harén amigo de lunas.
El río es un arroyo
frente a un cañaveral
lleno de nidos de ruiseñores,
que encelados, pierden la vergüenza
y cantan murmullos de estrellas
con sus trinos buscadores de amores.

La piedra es mi trono de paz,
el palco donde oír el concierto
con el fluir sereno del agua.
Se suman los búhos,
lechuzas y mochuelos
con sus notas rítmicas
y acordes agudos
como atalayas de ecos.
Las cañas se contonean
siguiendo una danza
que va cambiando
según la batuta del viento.
Los graves los ponen las ranas
sentadas en el escenario,
hecho de un rojo mecano
por solidarios cangrejos.

En la orilla de mi río,
que es un tranquilo arroyo,
los barbos y las truchas
en los breves intermedios,
abren sus bocas de manera
que planean lunares reflejos
en una erupción de burbujas.

Una noche, con los ojos cerrados,
sentí en mis labios la calidez de un beso,
me lo daba la Dama del río
y la abracé hechizado a su imagen
para comprobar que no era un sueño.
De esto hace ya diez años
y todavía enlazados
seguimos viviendo en el mismo beso.

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